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Romper la rutina

Uno de los aspectos más dañinos para nuestra plasticidad neuronal es la rutina.

La mayoría de los seres humanos solemos habituarnos a seguir los mismos patrones o hábitos de conducta día con día. En la medida en que creamos esas rutinas caemos en un proceso de deterioro de nuestra plasticidad neuronal.

Las neuronas son las células más sustentables de nuestro organismo y eso se debe a que consumen un alto porcentaje de nuestra energía (se calcula que es más del 60%).

Para economizar la enorme demanda, existen las llamadas “neuronas asesinas” cuya función básica es eliminar a las neuronas inservibles. Es decir, que si dejas de hacer ciertas cosas por tu vida rutinaria, las áreas especializadas desaprovechadas van a ser eliminadas. Con ello se elimina la plasticidad neuronal de esas actividades y finalmente vamos perdiendo nuestras capacidades.

Por ejemplo, no escuchas música, el área dedicada a las conexiones musicales se va deteriorando. Dejas de bailar y te vuelves torpe. No practicas los idiomas que estudiaste de adolescente terminarás perdiendo esa conectividad, si usas una pobreza de lenguaje, tu vocabulario se acorta, o si dejas de sumar, restar, multiplicar con la cabeza y para todo recurres a la calculadora tu capacidad matemática se desvanecerá, etc.

Si todos tus días son iguales, vas matando a tus neuronas y terminarás con un encéfalo muy limitado, conservador, temeroso de cambiar los hábitos y te acercarás más rápido a la demencia senil.

La edad no debe ser limitante para tu creatividad y por olvidar el estímulo del apetito por adquirir conocimientos y gozar de la vida.

Se dice que existen dos tipos de personas: las que tienen el síndrome de la rutina y gustan de ella y los otros que tienen síndrome del explorador.

El síndrome de la rutina es el de la típica persona que escuchamos decir: “A mi me gusta mi coca-cola en la comida y tomo siempre sopa seca, sopa aguada y mi infaltable plato fuerte o es pollito o es bistec”. Son los que el mismo fin de semana se repite las 52 semanas o sus lugares de consumo, los días que van al mercado y en donde compran sus cosas siempre son los mismos. Te argumentan “¿Para qué me arriesgo a cambiar? Así soy y así me gusta”, Y claro, así nos gustará viéndolos sentados en su sillón con más de cuarenta años, acompañados con la frazada de siempre y la mente divagando por alguna nube porque ya no recuerdan nada ni hacen nada al final de sus vidas.

Por el contrario los que tienen síndrome de explorador, ahora estudian, ahora leen, toman clase de danza a pesar de que les dicen viejos, tienen fines de semana diferentes y se atreven a siempre estar innovando. Son exploradores natos y te dirán: “Encontré un nuevo lugar para comer, decidimos que éste fin de semana fuera para pueblear, ahora las fiestas las vamos a pasar en otro lugar, etc.” Siempre están descubriendo y aprendiendo algo nuevo.

Existen estudios científicos que demuestran que los que tienen síndorme del explorador, viven más años con mejor calidad de vida. Generalmente son personas que cambian sus rutinas de 5 a 7 años (eso explica la cinematográfica creencia de la comezón del séptimo año).

No forzosamente cambian de empleo, pareja o de quehaceres, pero añaden nuevas ocupaciones a las existentes o se reinventan en todo. Redecoran sus casas, cambian de auto o medio de transporte, tienen nuevos “hobbies”, generan nuevos círculos de amigos, etc.

Hay una historia que lo ejemplifica:

Cuando una persona anunció que iba a estudiar una Maestría, su amigo cercano le dijo: “¿Para qué vas a estudiar? Ya no estás en edad. Además tu has dado muchos años clases, ni modo que vayas a aprender algo nuevo”.

Su respuesta fue sencilla: “Estudiaré para aprender a ser humilde. Seré alumno y haré tareas, estudiaré para los exámenes, tendré que aceptar mi propia ignorancia y admiraré a mis nuevos maestros”. Y le terminó diciendo: Recuerdo la frase que decía mi abuela: “Siempre es más duro ser rico y volverse pobre, que ser pobre y volverse rico”.

El incrédulo amigo se rió.

Después de dos años, se volvieron a reunir. Uno con su Maestría se sentía revitalizado y el otro amigo había envejecido a una velocidad insospechada. A pesar de ser más joven desgraciadamente el amigo rutinario murió al poco tiempo. Y el amigo estudioso –con síndrome de explorador—vivió muchos años más.

Por eso siempre debemos tener presente:

Las rutinas matan a las neuronas en cambio eE apetito por explorar, cambiar y aprender –todos los días–, te fortalece.

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