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Señales ocultas

En el camino de la vida, a veces, recibimos discretas señales, críticas…ocultas. Como son casi imperceptibles generalmente no les hacemos caso.  El episodio que les narro es un hecho doloroso que yo viví y presencié y que refleja claramente lo que son las señales ocultas.

Mi hermana emigraba a los Estados Unidos pero el contrato de renta de una casa en un conjunto duplex expiraba hasta un año. Me pidió que me hiciera cargo del arrendamiento. Soltero en ése momento y con la posibilidad de rentarla, me mudé.  Era espaciosa, tenía dos recámaras, una sala para TV , la cocina conectaba a un jardín de verde césped que se compartía con la casa gemela.  Mi hermana dejó en la sala principal, un piano de cola y la pianola de nuestra infancia. Mandaría por ella después.

Yo salía temprano a trabajar y regresaba a eso de las diecinueve horas, justo cuando oscurecía el día. Decidí comprarme un perrito Yorkshire. Un cachorrito hermoso, pequeño. AL llevarlo a casa, lo primero que se me ocurrió es abrir la puerta del jardín para que retozara en el césped. Apenas abrí la puerta , el travieso perrito corrió y en un santiamén se metió a la casa de junto cuya puerta de su respectiva cocina estaba abierta.  No conocía a los vecinos y me sentí apenado.

Se escuchó la algarabía dentro de esa casa y al poco rato salieron cargando el perito una niña de escasos once o doce años y su hermanito de menor edad, quizás nueve años. Estaban fascinados y me hicieron plática.

Pronto se hicieron de confianza y conocieron micasa con escasas pertenencias. Les llamó la atención –evidentemente–, piano y pianola, pero también les interesó mi estéreo modular y el que tuviera suscripción a la televisión por cable.

Me pidieron permiso de poder jugar con el perrito en las tardes, ver tele, tocar la pianola o escuchar discos a lo cual accedí. Generalmente al llegar a casa me los encontraba instalados. En ocasiones nos íbamos a merender en una taquería que había al final de la calle. Era la notoria la ausencia de su madre divorciada y comentaban que su padre vivía en otra ciudad.  El pequeño era ligeramente obeso y se quejaba de que su mamá lo obligaba a ir a las clases de Karate para que adelgazara.

Un día les compré el nuevo CD de “Timbiriche” y entusiasmados lo estrenaron bailando en la sala de estar. En una de esos giros, el chico perdió el equilibrio y para detener su caída me abrazó. En ése momento me dijo: “¿Por qué no fuiste mejor mi Papá?”  El comentario me preocupó pero jamás pensé que fuese una señal oculta.

Eran las vacaciones escolares y me pidieron que si les regalaba unas nuevas mochilas tipo back-pack. El niño quería la de color amarillo que había visto en la tienda . Les sugerí que el próximo miércoles pasaría por ellos después de la oficina e iríamos a comprarlas.  Ese fin de semana mi hermana me habló para pedirme que me deshiciera de ciertas cosas que había dejado en unas cajas almacenadas en la otra habitación.

El lunes les pedí a los chicos que eligieran lo que quisieran y el resto se lo daríamos a la sirvienta. Así lo hicieron.

El martes en la tarde, al estar a punto de sacar a mi perrito al jardín escuché gritos en la casa de junto. La madre los reprendía por haber aceptado las cosas que habían tomado de mi casa. Exclamaba con vehemencia: “Van a pensar que soy una pordiosera!” Me abstuve de sacar al perro y mantuve ya la puerta cerrada.

El miércoles en la tarde llegué a cas realmente preocupado pues si los chicos me pedían que fuésemos a comprar sus mochilas me vería en la necesidad de conocer a la vecina y pedirle permiso de hacerlo.

Todo permanecía muy silencioso. Disponiéndome a prepara mi merienda, encendí la luz de la cocina.  A los cuantos segundos alguien tocó a mi puerta que danba al jardín compartido. Abrí pensando que eran los niños pero me sorprendió ver a un señor desconocido.

–Buenas noches, soy el tío de los niños–, me dijo visiblemente apenado.

–¿Me permitiría usar su teléfono? El de la casa está averiado y debo hacer una llamada urgente…es de larga distancia.  Accedí y le indique que usara la extensión que tenía ahí en la misma cocina.  Marcó, esperó el tono, luego le respondieron e inquirió sobre el papá de los niños. Le indicaron que no se encontraba y entonces pidió dejar un recado:

“Es urgente que se comunique a la ciudad de México—y me pidió el número–, es sumamente urgente—repitió—su hijito se suicidó”

La cocina me dio de vueltas y sentñi un mpactante vértigo. Al colgar, mirándome me dijo: “Primero intentó con el cable del teléfono y lo logró con el cinturón de Karate”.

Las señales ocultas son avisos que nunca debemos de ignorar.

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