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Sala de espera*

Me senté en la sala como era de costumbre los sábados y domingos de esos meses de incertidumbre, aunque en esta ocasión era lunes y había llegado de la oficina, sorteando un tráfico infernal.

Siempre ocurre una sensación extraña cuando te ves confinado a esperar en una sala.

Ya no era la sala de un consultorio, ni la sala de abordar en un aeropuerto. Era la simple sala donde mi madre había vivido los últimos años. Pero da igual, son salas donde se espera una sorpresa, uun análisis de laboratorio, una consulta médica, una operación quirúrgica, una noticia o un traslado.

Puse mi laptop sobre las rodillas disponiéndome a tomar mi curso en línea. Un amigo mío se había burlado de mi porque decía: “ya estás grandecito como para volverte a poner a estudiar”. Sin embargo yo siempre he pensado diferente. Todos venimos a la vida para aprender y seguiremos aprendiendo hasta el último día de nuestra vida.

Recordé los días que de pequeño mi padre me llevaba a su consultorio. Tenía dos enormes salas de espera que generalmente estaban atiborradas de pacientes y sus familiares. Mi Padre se ufanaba de ser médico de pobres. Decía que eran muy agradecidos.

En alguna ocasión estando junto a él — en su escritorio– escuché el eco de una persona tosiendo. Ya era tarde y la consulta había terminado.

Corrí a asomarme para ver si estaba un paciente resagado, pero no, el consultorio ya estaba cerrado y la enfermera se había ya despedido. Le dije a mi padre que no había nadie. Él con mucha tranquilidad me respondió que era común tanto en los consultorios, como en los hospitales, iglesias, prisiones o conventos escuchar sonidos: “Quizás son efectos acústicos producto de las vibraciones del sonido que quedan atrapados y se reciclan… sonidos que producimos los seres humanos ante el dolor o el abandono”. Y terminó guardanado sus cosas del escritorio para luego ir apagando las luces , cerrar el consultorio y disponernos a ir a la casa.

Luego de ése viaje a la memoria, volví a la sala de espera de mi madre. Unos días antes, estando junto a su cama, ella inquirió: “¿Está alguien en la sala?” Le repuse que no. Me dijo que fuera a ver a la sala porque había visto como unas sombras de personas y escuchado un sonido como si alguien estaba en la sala. Comprobé que estábamos solos.

Seguía yo pensando con la computadora esperándome pacientemente sobre mis rodillas. Fue cuando de pronto me vino a la idea de que los seres humanos pasamos la vida sin darnos cuenta de que en realidad todos estamos en una permanente sala de espera:

Nacemos, crecemos, nos ocupamos de miles de cosas, viajamos, inventamos quehaceres, nos ponemos metas, ilusionamos a los otros, compartimos sueños y esperanzas, generamos miles de conflictos o los solucionamos, nos distraemos, nos divertimos o nos aburrimos, amamos o sufrimos, en fin; ¡Nunca nos alcanza el tiempo!

Estamos en la sala de espera.

Me puse de pie para ver si mi madre había despertado. Le puse un dvd con las bellas imágenes que ilustraban la música clásica que tanto la relajaba. Tenía un ligero temblor en una de sus extremidades. Le marqué al doctor para consultarle.

Llegó la enfermera de la noche y le pedí fuera a la farmacia por el medicamento. En eso llegaron mis amigos Arturo y Mauricio. Arturo era muy querido por mi madre y la abrazó recostándose junto a ella.

Yo observaba la escena cuando ella empezó a entrar en un extraño letargo, como si estuviese somnolienta. Empezó a respirar de forma extraña, ligeramente agitada. Le encendimos la máquina de oxigenación. Arturo la iba acompañando con sus palabras buscando estuviese tranquila. De pronto, hizo un extraño ronquido, después supe que era un estertor, exhaló.

Me quedé atónito.

No creía que se hubiese ido. Le puse mis dedos en su cuello y yo creí sentir su pulso. Pero era el pulso de mis propios nervios. Le marqué al médico. Mientras me trataban de convencer que ya no estaba. El médico me indicó que le pusiéramos un espejo frente a su rostro y nada.

Había terminado la sala de espera.

Hace ya nueve años que ella abandonó la sala de espera.

Los demás estamos hoy recordando que nadie de nosotros puede eludir la inevitable visita de una intensa luz que nos acaricie con una paz infinita y nos invite a caminar por un pasillo repleto de imágenes de nuestro tránsito por la vida y que al final del tunel hay unas siluetas difusas, como sombras que nos esperan, rodeados de luz, borrosos, pero cordiales, dispuestos a darnos la bienvenida a otra dimensión.

Otra dimensión –después de nuestra larga o corta estancia— en la sala de espera.

*2

31.08.2019.

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