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Plática con mi otro yo.

Este es un escrito muy viejo. tendría yo cerca de 17 años.

Estabas cansado y querías poder estar un momento en paz.
Era una tarde de domingo con mucho sol, con demasiado sol.
Durante el mes de febrero sopla un viento fuerte que ahuyenta a las nubes.
Aunque había sol, para ti fue gris.

Era monótono el sonido rasposo que producía todo el cortejo, pies arrastrándose por el camino asfaltado. Conservas ése sonido en tu memoria.

Y cuando lo recuerdo, me vuelve a punzar el cerebro.
Se mezclan los llantos, tañer de campanas, risas histéricas, el sermón del cura y… el sonido rasposo de los pies que se arrastraban por la avenida.

Cuando llegó el momento, te alejaste un poco de la tumba. Soportaste el momento en que desciende el féretro. Silencio. Luego el raspar de las palas echando la tierra.

¡Qué bueno que te alejaste! No habrías soportado el momento en que ves cómo la tierra devora de un solo bocado, lo engulle, repleto de recuerdos, el atardecer de una vida.

Esa tarde de domingo me sentía con un gran vacío. Se me hizo eterna, las horas se desmenuzaban lentamente y me sentía cansado.

Fue cuando comenzaste a recordar todo lo que habías vivido.

Fue necesario que muriera mi abuela para que yo aprendiera a recordar. Cuando se tiene a la muerte cerca, uno empieza a recordar a la vida.

Y eso, que tú no habías vivido mucho.

A mi Abue.

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