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Pasiones mullidas

Nunca he dejado de mecerme. Es el sino de mi existencia. Ahora que me siento viejo y destartalado, que he perdido mi mullida apariencia, no dejo de menearme, sujetado por unos lazos, en este desvencijado carromato. ¿A dónde me llevarán ahora? ¿Por qué toda mi vida ha sido trajinar de un lado a otro? ¿Acaso así ha sido la existencia de los otros congéneres míos?

El sol de mediodía abrasaba el pavimento, mientras que los cascos del viejo jamelgo chocaban produciendo un metálico chasquido. El caballo se sabía de memoria la ruta, mientras que su amo, igual de viejo y achacoso que él, dormitaba con el rítmico movimiento. El remolque iba pletórico de desechos. Era una extraña mezcla de basura, objetos inservibles y tesoros solamente apreciados por el ropavejero y los pepenadores. En el horizonte se veía el tiradero de basura, sin embargo por efecto óptico, el negro asfalto parecía que despedía una especie de niebla candente que lo hacía borroso.

Iba colgando de la parte trasera, un mugriento colchón que lucía lamparones de todos colores. Hacía mucho tiempo que su tela debió haberse visto limpia y reluciente pero con el paso de los años resumía todas las excrecencias humanas que en su superficie pudieron permear.
Dicen que en la antigua Grecia, en cuanto nacía una persona, sus progenitores acudían a la brevedad a consultar al Oráculo de Delfos para conocer el destino que deparaba al hijo recién nacido.*

*Las personas que acuden a adivinos y pitonisas para saber qué sorpresas les esperan en el futuro, si hubieran nacido en el siglo V antes de Cristo y hubieran vivido en Grecia, habrían ido, sin duda, al oráculo de Delfos. Porque en este lugar es donde iba todo el mundo a descubrir qué le deparaba la fortuna. Dentro del templo, una sacerdotisa llamada Pitia (de donde se deriva la palabra pitonisa) intercedía entre el consultante y el dios Apolo. ¿Qué solían preguntar? Pues un poco de todo: asuntos políticos, religiosos, morales…

Este no fue el caso del personaje que nos ocupa. No se le conocen progenitores y fue el último en nacer ése día en la fábrica. Cobró vida apenas terminaron de cortarle los hilos de la costura que unía a la tela de jacquard con los mullidos rellenos, que como si fueran intestinos, cubrían sus resortes. El colchón percibía con asombro lo que le rodeaba. Era una sensación extraña, única. Como nadie le puso nombre, pero todos se referían a él con el apelativo de King Size modelo confort, decidió autonombrarse King o su equivalente en castellano: “Rey”.

El personal que laboraba en la planta fue saliendo poco a poco. Apagaban las máquinas, los hornos donde se moldeaba el hule espuma y finalmente las luces de la línea de producción. Los potentes reflectores de cuarzo se fueron desvaneciendo para dejar que iluminaran sólo las mortecinas luces de seguridad. Estás débiles luminarias permanecían encendidas durante toda la noche y normalmente guiaban al vigilante en sus rondines. Laboraban en la fábrica tanto hombres como mujeres. Entre las obreras llamaba la atención Irene, una joven muchacha de agradables formas que escasamente tendría veintitantos años; morena, con unos bellos ojos almendrados que a veces se veían color café claro y en otras ocasiones, dependiendo de la luz, parecieran verdosos. Sus labios carnosos adquirían una extraña sensualidad especialmente cuando apenas si los mordía con sus blancos dientes. Proyectaba un gesto ambivalente: ingenuo y provocador. Al llegar a los vestidores, Irene se desató su cabello café obscuro, sacudiéndolo a la vez que se quitaba el uniforme de obrera. Se puso una playera color rosa muy ajustada, ciñéndose una falda floreada y se calzó con unas zapatillas rojas sin tacón. El conjunto armonizaba con su piel canela, resaltando sus hermosos y redondeados senos.

-¿Te esperamos compañera? inquirió con desgano Mariana, Irene le respondió con su voz suave y armoniosa: -No manita, adelántense, tengo que recoger mis trastes del almuerzo, y fingió dirigirse hacia la cocineta. Las compañeras musitaron algo que Irene no alcanzó a entender, no importa, de todos modos ni querían que me fuera con ustedes, remató Irene, mientras que las compañeras se alejaban riéndose.

Junto al reloj chocador estaba Leonardo, el joven vigilante, bien plantado sobre sus botas lustrosamente negras. El pantalón azul reglamentario le quedaba un poco apretado, develando su musculatura de muslos y nalgas. La camisola estaba abierta del cuello y se le veía la camiseta blanca. Su piel era más clara que el promedio de los obreros. Indudablemente era apuesto: de barba partida, quijada ovalada, nariz recta rematada por un bigote finamente recortado, cabello quebrado de color negro profundo y unos ojos vivaces que reforzaban su galanura.
Conforme desfilaba el personal y sellaban su tarjeta de asistencia, Leonardo se despedía de ellos por su nombre, ya que a él no le gustaba llamarlos por sus apodos ya que perdía autoridad. Al cerciorarse que todos habían ya salido, a excepción de Irene, atrancó el zaguán de acero y se dirigió hacia la línea de producción.

Irene lo aguardaba junto al colchón recién nacido. La tenue luz le bañaba su cuerpo cenitalmente, remarcando la belleza de sus curvas. A medida que Leonardo se dirigía hacia ella, él se iba desabrochando la camisola hasta quedar en camiseta. La tomó de su delgada cintura y la atrajo hacia él mientras se zafaba las botas. Con la otra mano le acarició suavemente sus muslos y lentamente fue metiendo su viril mano entre la ropa íntima hasta sujetarla con firmeza. En ese momento besó sus labios carnosos, mientras ella fingía resistirse.

Apenas habían pasado unos cuantos minutos desde que percibí por primera vez la luz cuando de pronto sentí que algo caía sobre mi acolchado cuerpo. Descubrí lo que después habría yo de identificar como hombre y mujer. La sensación fue muy extraña. Se retorcían y juntaban, un cuerpo con el otro, se entrelazaban en una especie de lucha por sujetarse pero a la vez escaparse, era una danza de atracción y rechazo. Se despojaron de las telas que los cubrían y una vez desnudos, empezaron a producir un rítmico movimiento hasta que de pronto, el hombre se centró entre las piernas de la mujer y ella produjo un ligero sonido. A partir de ése momento ella dejó de rechazarlo y él dominó su cuerpo. Con un violento movimiento pero a la vez acompasado. Así duraron por varios minutos. Gemían, musitaban palabras, se besaban y parecía que disfrutaban de todo esto que culmina con una erupción de energía, eso que los humanos denominan “orgasmo”.Yo también, empecé a descubrir el gozo de sentirlos a lo largo de mi cuerpo. Entonces comprendí –sin necesidad de un oráculo – mi misión en esta vida: Yo debía provocar placer, emoción…gozo, a quien reposara sobre mi superficie.

No todos descubrimos a temprana edad nuestra vocación, por ello, “Rey” aventajaba en mucho a sus congéneres. Irene y Leonardo reposaron abrazados unos momentos y luego se vistieron nuevamente. Leonardo la acompañó hasta el portón y se despidió de ella con un apasionado beso.

Al día siguiente en la fábrica, el bullicio comenzó desde temprano. Dos obreros colocaron a “Rey” sobre una plataforma, lo trasladaron a donde lo embalaron, apilándolo con otros colchones de su tipo. Luego vino el montacargas y al poco rato “Rey” iba ya bailoteando en el camión que lo fue a depositar en una lujosa tienda de camas y colchones.

Me sentí muy especial cuando me colocaron en el aparador, era un ventanal bien iluminado que adicionalmente tenía reflectores que destacaban – aún más – mi atractivo diseño. Las personas que pasaban por la calle, se detenían a verme como si me conocieran. No sabía lo que hablaban pero luego de un instante se alejaban. Yo estaba inquieto porque deseaba que alguien se recostara sobre mi cuerpo. Algunos de las personas entraban a la tienda, acariciaban mi superficie, se sentaban rápidamente, me tocaban o pellizcaban, pero antes de que pudiera empezar a provocarles algún deseo se ponían de pie, preguntaban sobre mi precio e iban repitiendo la rutina con mis demás compañeros.

¿Ustedes muchachos sienten lo mismo que yo? Preguntaba con interés a los otros colchones alineados a mi alrededor. Para nada, contestó uno de ellos. ¿Sentir? -dijo otro- ni que fuésemos humanos. Y remató otro con voz somnolienta, estamos hechos para descansar, para dormir.

Al llegar la noche empezaron a apagar los reflectores. Matilde, una de las vendedoras, se sentó sobre “Rey” y subió las piernas para recostarse.
Estoy cansada de tantas horas de estar de pie, además estos tacones me fastidian, me acuerdo de lo que siempre decía mi abuela: “Hay dos tipos de zapatos, los que te aprietan y los que te ayudan a caminar. En la vida uno debe buscar facilitarse las cosas y deshacerse de aquello que te molesta.”
Dicho esto, procedió a descalzarse, botando los tacones por el aire.
Apenas Matilde se hubo acostado sobre “Rey”, una extraña sensación empezó a recorrer su cuerpo. No eran bochornos pues ella apenas tendría unos treinta años. Sin embargo empezó a sentir un deseo irrefrenable, una especie de pujo. Especialmente sentía un húmedo calorcito en la entrepierna. Son de esas cosas que nadie se lo explica, el joven dependiente que cerraba las cortinas sin querer pasó junto a ella y le rozó ligeramente el muslo. Esa fue la provocación suficiente para que Matilde, fuera de sí, lo tomara del cuerpo y lo jalara sobre el colchón. Todo fue tan rápido, tan impetuoso, que logró excitar al mozalbete y en un abrir y cerrar de ojos ya estaban haciendo el amor sobre “Rey”.

Yo confirmaba mi vocación pero aún más, estaba descubriendo el poder sobrenatural que tenía. Estaba seguro de que quien descansara sobre mi mullida superficie, obtendría de inmediato una excitación que culminaba en el mejor orgasmo que jamás hubieran imaginado.

“Rey” no duró mucho tiempo en el aparador. Llegó un pedido grande y pronto fueron embarcados más de veinticinco de sus compañeros, incluyéndolo a él, con destino a un “Motel de paso”, según refería el chofer. Era el viejo motel “Palo Alto” en la carretera libre a Toluca, recientemente remodelado y acondicionado con jacuzzis en cada habitación.
La suite 17 se había convertido en la más solicitada. Se llegaron a dar días en que una fila de autos aguardaba su turno para que sus ocupantes pudieran entrar y hacer el amor.

El vigilante-administrador-cajero, Raúl, era un hombre de unos cincuenta años, canoso, algo regordete, parsimonioso para hablar y cuyo rostro arrugado aparentaba una mayor edad. En cambio Manuel, el mozo-camarista-chalán era un joven de escasos veinte años, moreno casi tirándole a mulato, atlético y con un corte de peinado a la moda, de los llamados raperos. Vestía una playera deslavada y unos pantalones de mezclilla muy amplios que apenas se colgaban de sus caderas dejando ver sus calzones decorados con máscaras de “lucha libre”. Tenía un arete de poco valor y el brazo mostraba una profusión desordenada de tatuajes.
Te fijas Manuel cómo solicitan la “suit” 17, ¿qué le encontrarán de diferente?, porqué se la pelean tanto, comentó Raúl, mientras Manuel apilaba las toallas y sábanas sucias para envolverlas en un paquete destinado a la lavandería, no sé Don Raúl, es el mismísimo diseño de todas las otras habitaciones, a menos que, porque le da más el sol en las tardes, sea muy calientita, y en eso de los calores, pues es el negocio, ¿o no?, respondió Manuel dejando entrever una idea morbosa, puede que tengas razón, la calentura se aviva más con el calorcito del cuarto, repuso Don Raúl, rieron ambos y continuaron con sus quehaceres.

Esa tarde el motel andaba flojo de visitantes pero finalmente llegó un muchacho, solo, sin pareja, pidió la suite 17, pagó como se acostumbraba por adelantado, se bajó del auto con su computadora lap-top y entró en el cuarto. Manuel ni siquiera recorrió la cortina para ocultar a los huéspedes de alguna mirada indiscreta.

Era un día bastante aburrido, sin acción alguna y me encontraba adormilado cuando escuché que alguien entraba a la suite. Contrario a lo de costumbre no escuché que los amantes se dirigieran palabra alguna. Al poco rato descubrí que era un visitante solitario y en lugar de acostarse sobre mi superficie, se sentó en la silla junto a una mesa, colocando su computadora. Estaba yo muy intrigado.

Al entrar a la suite 17 lo primero que hizo el joven inquilino fue conectar su lap-top y encenderla, después empezó a teclear comandos hasta que se enlazó vía web-cam. En la pantalla apareció una hermosa joven de cabellos dorados y ojos azul profundo. A lo mucho tendría unos dieciséis años. Se saludaron efusivamente y el joven le dijo: “Qué mala onda de tu jefe que no te dejó salir… ya estoy en el Motel, sólo y mi alma. Pensar que ya lo teníamos todo planeado para estar juntos”, la chica le respondió lamentándose el estar prisionera de sus padres, sin embargo, le dijo al muchacho, te escribí un pensamiento, ¿Te lo leo?, a lo que el joven repuso, entusiasmado, que la escuchaba con interés.

Amado mío, cuánto quisiera estar entre tus brazos, esperando la oscuridad de la noche, acariciándonos la piel y deseándonos fundir en un solo cuerpo. La rabia de la impotencia me consume sabiéndote mío y teniendo por obstáculo la distancia. Mi habitación se ha convertido en prisión y mi deseo de amarte, se consume en la desesperanza de saberme enjaulada por el mísero celo de mis padres. Me siento Julieta sin mi Romeo, ven a mí en cuanto se pueda, sujétame entre tus brazos hasta que el aliento de los dos, sea uno solo, hasta que nuestros labios se tornen mudos de tanto besarse.

El joven tomó la computadora y se enfiló a recostarse en la cama. Al mismo tiempo, le decía cuánto le había gustado su pensamiento, que por favor guardara el escrito hasta que se lo diera en persona.
Lo sentí cómo se trepaba a mi acolchada superficie. Despejé mi confusión, recordando mi misión en la vida y empecé a emanar los efluvios magnéticos que caracterizaban a mi don. No tardé mucho en empezar a lograr mi objetivo. El muchacho se despojó de sus vestimentas y empezó a tener una erección.

Frente a la pantalla de la computadora el joven desnudo, empezó a mostrar su miembro erecto por la web-cam. Su bella amada, abrió su blusa, comenzó a acariciarse sus pechos y luego descendió su mano hasta anidarse en la región púbica. Los dos, vía Internet, comenzaron a excitarse, diciéndose palabras dulces y emanando ternura en cada movimiento. Así continuaron hasta lograr sincronizar el orgasmo virtual.

Descendió el conductor al llegar el carromato al tiradero de basura y empezó a soltar las cuerdas que sujetaban al viejo colchón. El mismo peso fue venciendo la tirantez de las cuerdas y de golpe cayó sobre los montones de basura, desprendiéndose una ligera polvareda.

Lo que me faltaba, que me dejaran caer sin ningún comedimento. Percibo el ambiente muy cargado de olores y me siento en contacto con el suelo húmedo.s del suelo. Este lugar es para mi completamente desconocido, ni fábrica, tienda, motel, comisaría, ni hogar de menesterosos. ¿Cuántas cosas más me faltan por vivir? Parece haber transcurrido una eternidad desde el día en que por primera vez percibí mi existencia. No cabe duda de que la vida es un aprendizaje continuo que lejos de ser infinito, parece más bien una cinta de Moebius.

La fama de la suite 17 tendría que ser obligadamente efímera. Un buen día llegaron a ocuparla un Sargento de transmisiones del ejército. Bajo de estatura, complexión marcada, piel morena obscura, bronceada, corte de cabello estilo militar. Vestía de civil pero se veía a leguas su ascendencia militar. Meticulosamente se quitó la ropa acomodándola en la silla, quedño solo con la camiseta y la trusa, ambas negras con un borde rojo. De forma por demás caballerosa tomó de la cintura a su pareja y le condujo hasta la cama. Rehusó ser besado en la boca. Se quitó la ropa interior y rápidamente se montó sobre el cuerpo, iniciando de inmediato el acto sexual.

El ritual se repetía. Los sentí cómo se acomodaban sobre mi. Casi no me dio tiempo de provocarles excitación alguna, puesto que de inmediato empezaron a copular. Había algo extraño en todo esto, algo que no me parecía bien vibrado.

Al terminar, el sargento se retiró hacia el baño, no sin antes tomar su ropa. Su pareja dormitaba boca abajo sobre las sábanas revueltas. El se duchó secándose después con la afelpada toalla y se puso rápidamente su ropa interior. Sacó del pantalón una navaja de resorte y se dirigió hacia la cama. Con una velocidad sorprendente, metió y sacó la navaja infinidad de veces. El cuerpo ni siquiera tuvo tiempo de resistirse.

“Una vez que ya alguien se ha entregado a mi, no puedo permitir que sea de alguien más”. Fue lo único que dijo. Procedió a lavarse, se terminó de vestir y salió sigilosamente de la suite. El auto era de la víctima y ahí permaneció en el abandono como mudo testigo.

Pensé que estaban repitiendo el acto, hasta que percibí cómo la sangre caliente permeaba mi superficie y el cuerpo yacía inerte arriba de mi, al pasar varias horas se fue enfriando.

El revuelo fue mayúsculo cuando Manuel descubrió que los inquilinos del 17 no salían. Abrió con la llave maestra y luego corrió asustado a la oficina para avisarle a Don Raúl, quien llamó a la policía. Los servicios periciales se llevaron las evidencias del crimen, entre ellas, el colchón ensangrentado.
“Rey” fue colocado en una minúscula bodega. Los peritos, fingieron buscar restos de cabello, algo que pudiera dar con la pista; el ADN del asesino. Por meses “Rey” permaneció en completo estado vegetativo. Hasta que un día el judicial en el turno de la noche se puso a beber ron con su asistente.
Ya entrada la madrugada le dijo al muchacho que sacara el colchón y lo pusiera en el despacho para que se recostaran.

“Rey” se encargó del resto.

Lo que más le preocupaba al comandante, era la recurrencia que empezó a tener con esa fatídica combinación de ron-madrugada-colchón y asistente. Por eso decidió regalarle el colchón a la afanadora. Una mujer afable que vivía en un cinturón de miseria. Llevaron el colchón arriba de la patrulla del judicial. La mujer vivía con su marido y su anciana suegra. El colchón sería para la ancianita, así dejaría de dormir al ras del suelo.

Volví a percibir la luz mientras me trepaban en el techo de una patrulla. Llegué a mi nueva morada y me cubrieron de cobijas. Al poco rato trajeron a una anciana que apenas si se bastaba a sí misma. Continuamente me mojaba con sus orines incontinentes. Su nuera la regañaba mientras cambiaba los zarapes. La situación era insufrible para los dos. Sin embargo una noche empezó a temblar todo su cuerpo y volví a sentir mi irrefrenable instinto de complacer.

La respiración de la anciana empezó a acelerarse, una temblorina invadía sus extremidades. Se avecinaba lo peor y la calamidad era que en ése momento no había nadie en la humilde covacha que le hiciera compañía en tan difícil trance.

Si bien yo ya desde el asesinato en la Suite 17 conocía la energía de la muerte, nunca antes había experimentado la sensación de que alguien agonizara sobre mi superficie. La anciana se debatía en aferrarse a la vida o sucumbir ante la seducción de la muerte. Por ello puse mi mejor esfuerzo logrando que de pronto, la ancianita empezara a sentir los preámbulos de su mejor orgasmo. Como dicen los humanos: “A la vejez, viruelas”. Fue una agonía singular. De pronto la anciana dejó de convulsionarse y se empezó a acariciar el cuerpo, sus ajados senos, sus muslos marchitos y a sobarse la parte más íntima. Abrió desorbitadamente los ojos para luego sonreír complacida mientras entre estertor y estertor, gemía plena de placer. Así murió en medio del más intenso orgasmo.

-Fíjate viejo cómo quedó tu mamá, exclamó con sorpresa la afanadora, sí vieja…se ve que quedó muy tranquila, muy satisfecha, dijo el marido doliente, así yo también quiero morir como mi suegrita, sonriéndole a la vida, satisfecha de todo lo que hizo, reparó la afanadora. Eso sí vieja, el colchón de mi difunta madre no lo quiero ver más en la casa. No quiero estar sufriendo con sus recuerdos, dijo el marido buscando la anuencia en el rostro de su mujer.

Se comentó mucho la expresión de placer que guardaba el rostro de la difunta entre las amistades y los compadres. Pocas veces el rictus de la muerte se refleja también como un orgasmo.

Una vez más “Rey” se mudaría de casa. Pero en esta ocasión parecía que lo llevarían a un lugar definitivo. La afanadora corrió tras el carromato del ropavejero, habló con el conductor y le dio un puñado de monedas para que se encargara del viejo colchón. El hombre sacó de un morral los lazos de mecate con los que sujetaba los objetos grandes y que se pudieran caer en el trayecto. Cinchó al colchón con fuerza, se trepó en el estribo, le dio dos palmadas en las ancas a su famélico caballo e inició el camino hacia el tiradero de basura.

Una vez que descargó todas las inmundicias que llevaba en su carreta, el anciano y su caballo se alejaron, no sin antes despedirse de los pepenadores que vestían harapos mugrientos en gama de tonos sepia, café, negro y variantes. Una pareja de pepenadores se acercó a revisar la mercancía recién llegada. Levantaron un bulto de cajas de cartón y descubrieron el colchón.

Al sonreír, la mujer mostró su boca desdentada. Sus cabellos al igual que sus harapos, estaban enredados y sucios. El hombre no se quedaba atrás, era obeso con unas manos toscas con suciedad de años. Le hizo un gesto provocador, ella se levantó el jubón de harapos y se colocó sobre el colchón con los brazos extendidos. Se sujetó del colchón manteniéndose de rodillas y mostrando su sucio trasero al aire. El se colocó detrás, urgó entre sus raídos pantalones sujetados por un mecate. Se le repegó y empezó la cópula sin preámbulo amoroso.

Nunca he dejado de mecerme. Es el sino de mi existencia. Ahora abandonado en este muladar, con los hedores del desperdicio que los humanos producen y aunque me siento viejo, destartalado, sin mi mullida apariencia, no dejo de menearme, cansado de dar tanto placer.

El atardecer se aproximaba tiñendo de rosa unos alejados nubarrones. Algunos zopilotes revoloteaban entre la basura. En el horizonte de desperdicios había unos cuantos hilos de humo que emanaba la composta. Los dos pepenadores terminaron el acto sexual y al erguirse acomodándose sus sucios ropajes, el hombre sacó una daga, se la dio a la mujer y le dijo: Ábrelo a lo largo, sacas toda la borra y la juntas. Separa bien los resortes, porque esos se venden aparte y para rematar añadió: haces en tiras la tela, la anudas como lazos y con ella sujetas tanto a los resortes como a la borra y el
hulespuma.
Estaba yo muy confundido, la pepenadora parecía que me acariciaba como una especie de despedida. Cayeron sobre mí unas cuantas gotas de eso que llaman “lágrimas”. Sentí cómo me clavaba la navaja e iba abriéndome en canal.

No cabe duda, la pasión, como la energía no muere. Se transforma.

Por Juan Okie G. – Mayo 2011.

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