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Mirar a los niños…entender sus lecturas.

Un General del ejército, casado en segundas nupcias y frisando los sesenta años tuvo un hijo de su nuevo matrimonio. Cuando el pequeño empezó a ir al kinder, el General disfrutaba mucho conversar con el niño mientras comían. Un buen día, el niño le dijo a su padre: ¿Sabías Papá que los niños tenemos derechos humanos?

El militar se quedó absorto. Un niño de escasos cinco años hablando en esos términos le parecía incomprensible, por lo que le inquirió: ¿Y eso que significa?

El niño, mientras sorbía la sopa, entre cucharada y cucharada le respondió: Que nadie puede maltratarme, regañarme nada más porque sí y menos pegarme.

Hace menos de cuarenta años hubiera sido impensable una conversación como ésta. La visión que se tiene de los niños ha ido modificándose, de forma muy similar a como se les ha ido revalorando a las mujeres para no irnos más atrás y adentrarnos en la esclavitud. La literatura es una de las formas más precisas de comunicación humana puesto que en las páginas quedan plasmados los textos y no pueden ser distorsionados como sería el caso de las palabras. Por eso observamos que los cuentos infantiles clásicos en realidad provienen de relatos que se dieron entre adultos en tiempos muy remotos. Para ser precisos, lo que hoy en día muchos dicen que es literatura infantil en realidad viene a ser narraciones de fácil asimilación por sus estructuras menos complejas. No se tiene que ser niño para leer un cuento de niños, en realidad es el grado de evolución intelectual la que nos empuja a desdeñar el género narrativo accesible para todos. Esto tiene una clara explicación si nos remontamos a un momento crítico de la civilización europea. Es en la transición entre la Edad media y el surgimiento del Renacimiento. Ahí se dan cambios trascendentes para la humanidad tan cercanos a los cambios que se dieron en los homínidos y el surgimiento del Homo sapiens. Con el renacimiento llegan tres elementos fundamentales: El lápiz y el papel de la China y por otro lado se da la invención de la imprenta. El lápiz y papel facilitan la democratización de la escritura y la lectura. La imprenta viene a formalizar la necesidad de aprender a leer. Esos elementos vienen a ofrecernos una especie de vasos comunicantes donde el conocimiento se libera de los claustros y palacios. Algo muy similar a la horizontalidad que hoy vivimos con el Internet y wikileaks que hemos rebasado a los sistemas autoritarios de dominio de la información. La lectura va permeando en la sociedad y eso permite a su vez el que se compartan ideas que quizás antes hubieran permanecido enclaustradas en el cráneo de quien las pensaba. Esa democratización de las ideas se empieza a notar en una percepción más justa de la redimensión del hombre. En un proceso de decantación se irá revalorando al menor de edad y a la mujer. Eso se ve en los primeros autores como Comenio (1638) que nos habla sobre el respeto a los niños y dará cauce a que se empiece a escribir “pensando en los niños” como lo vemos en El Pentamerón de Basile (SXVII) y Los Cuentos de Antaño de Charles Perrault que sin lugar a dudas abre la compuerta a la narrativa orientada hacia las mentes nada complejas y que desean una historia de fácil asimilación. Es interesante descubrir que en el Siglo XVIII Jean-Jacques Rousseau empieza a construir las bases filosóficas para entender a la infancia y si bien su enfoque de la “Libertad bien aplicada” nos ofrece una luminosa rendija de pensamiento, no dejamos de notar el atavismo positivista donde la razón sobre la imaginación es el canon del momento y la discriminación de la mujer como parte de una herencia del lejano oriente y medio oriente. Con Thomas Day (La historia de Sanford y Merton ), Fénelon (Las aventuras de Telémaco) y Madame Leprince de Beaumont (La bella y la bestia) se empieza a gestar el mercado de consumo de la literatura pensada para los menores. De 1744-1800 se desata un boom en éste segmento y gracias a la valiosa aportación de John Newberry con su iniciativa de crear una librería para niños y adolescentes como JUVENILE que sirviera de trampolín para desarrollar la especialidad de una incipiente industria editorial encaminada a la publicación de libros para menores.

En el recorrido que se hace sobre los Pioneros de la literatura infantil podemos percibir que al igual que las tragedias clásicas o las tragedias Shakespeareanas, la literatura infantil posee el mismo síndrome de que los temas se repiten , pero podemos aseverar que la mirada del autor es lo que las convierte en nuevos textos con potencial de originalidad.

El secreto entonces es poder dar una mirada fresca a cualquier historia, sea una que se haya repetido por infinidad de veces u otra que podamos construir de la nada. Gracias a los aportes de la psicología en los Siglos XIX y XX, así como lo que nos ha dado la sociología, podemos ver que hoy tenemos grandes cambios sobre la concepción de la infancia. Ya Justo Sierra lo enunciaba en uno de sus escritos y hoy lo podemos constatar.

En conclusión, no existe una “literatura infantil” lo que existe es una literatura construida para facilitar su asimilación por parte de lectores que aún no han desarrollado todas sus capacidades cognitivas o bien que por su preparación académica aún no logran seguir narraciones de mayor complejidad. La dimensión humana que se replantea en el renacimiento permite que se revalore la presencia de la infancia y de la mujer dentro de nuestra sociedad. Las historias que manejamos los humanos, en su estructura básica son pocas y elementales, la diferencia de lo que se narra estriba en la óptica y sensibilidad del autor para darle un horizonte de mayor creatividad.

El otro día, el hijo de una amiga mía que tendrá escasamente 10 años se cuestionó mientras disfrutábamos de una malteada y veíamos un fragmento de los juegos Olímpicos: “¿Qué estará haciendo ahorita la Reina de Inglaterra? Y sin esperar a que respondiéramos dijo: “Seguramente ha de estar echadota comiéndose unos malvaviscos”.

Los niños de todas las épocas, están ávidos de conocer, curiosear, imaginar y aprender. Para eso están.

Juan Okie G.

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