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Las ventanas

Siempre he pensado que existen tres tipos de ventanas.

La que primero se nos viene a la mente son las ventanas por las que podemos asomarnos hacia fuera, ya sea desde nuestra casa, del transporte, de una oficina e inclusive las ventanas que solo permiten que entre la luz sin mostrarnos el mundo exterior como pueden ser los vitrales o las ventanas cuyos vidrios son traslúcidos pero no transparentes.

Hay otras ventanas.

Las invisibles.

Son las que nos permiten vernos hacia dentro, reflexionar, escudriñar nuestra mente, jugar con nuestros pensamientos, obsesionrnos con nuestras angustias y emocionarnos con nuestra capacidad de amar y ser amado.

Las ventanas interiores son frágiles. No las debes abrir de golpe. Pueden dañar todo lo que tienes adentro. Para abrirlas con delicadeza existe la reflexión, la meditación y la oración. Procesos delicados que te permiten abrir tus ventanas interiores sin que el vendaval de las emociones arrasen con tus pensamientos. Otra forma de entrar a mirar tu interior, suavemente, es la psicoterapia que te lleva de la mano para que paso a paso descubras tu interior.

El tercer tipo de ventana son tus ojos.

Son solo dos, pero son tan maravillosas ventanas que te permiten ver todo lo que es posible ver en una vida.

Las abriste por primera vez para contemplar el rostro de tu madre. Te engolosinaste con ellas al aprender los nombres de los colores. Jugabas a combinar la plastilina, los crayones o los gises de colores gracias a esas curiosas ventanas ávidas por descubrir el mundo.

Coleccionaste estampitas de colores y te quedabas con la mirada absorta viendo las ilustraciones de tus cuentos infantiles. Si ahorita cierras tus ojos y tratas de recordar el cuento infantil que más te fascinó, de seguro recordarás las ilustraciones y sus bellos colores.

Tus ojos son las ventanas que te han permitido ver el mundo. Lo bello y lo feo de tu entorno. Las que registran en la memoria escenas de gran felicidad y también de la tristeza y abandono.

Si no existieran las ventanas, estaríamos ajenos a lo que pasa afuera de tu hogar, desconocerías la enorme riqueza que encierra tu alma y difícilmente gozarías de la belleza que nos rodea en todas su formas, matices y colores.

Cada día, cuando abras las cortinas –que son tus párpados—, y permitas ver a través de tus ojos que aún estás vivo, aprovecha ésos instantes para abrir las ventanas de tu alma y planea todas las cosas buenas que puedes hacer en ése día.

Luego ve y abre las ventanas de tu recámara o casa y observa el horizonte que te rodea y entonces te sentirás emociones indescriptibles al darte cuenta de que por un día más pudiste disfrutar de tu vida acompañada de ventanas.

 

 

 

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