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Las horas perdidas

La puntualidad es un hábito que se debe procurar inculcar desde niño.

Mi socia y mentora: Juanita Guerra Rangel (+) solía ser muy puntual y decía que era tan malo llegar tarde como llegar antes de tiempo. Las horas perdidas le incomodaban. Quizás su prurito por la puntualidad venía de familia ya que ella había pasado sus primeros años en compañía de su padre que era ferrocarrilero en Chicago, Illinois. Esa época era un cargo de mucha respetabilidad ser el jefe de maquinistas y solían usar un reloj de leontina de oro con una precisión extraordinaria. Tanta era la exigencia que los trenes eran un referente de las horas en las poblaciones por las que atravesaban.

Después Juanita vino –a sus escasos quince años–, a trabajar en la incipiente compañía Nestlé. Era un pequeño negocio que tenía sus bodegas de productos de importación en la calle del Buen Tono. La dirigía un suizo: el Sr. Sommerhalder.  Así que, con el ejemplo de su riguroso jefe, Juanita reforzó su estricta puntualidad.

Si contabilizáramos las horas perdidas que tenemos a lo largo de un día, semana o mes, de seguro nos iríamos de espaldas.

Por ejemplo, una cita con el médico a veces llega a consumir más de dos horas en la sala de espera. El conflictivo tránsito te puede hacer perder horas, o el abordar un vuelo pasando por los boletos, filtros, revisiones, etc. No se diga cuando alguien con quien quedaste en una cita y llega con casi una hora de retraso.

Cuando ya Juanita era directora de publicidad en la Compañía Nestlé y se encontraba entre los principales productores de programas de radio y televisión, la puntualidad era una obsesión ya que se transmitían en vivo sus emisiones. (Noticiero Nescafé con un joven periodista llamado Jacobo Zabludovsky, Revista Musical Nescafé con los de 100 artistas más destacados de México, así como el programa de Cri-Cri, entre muchos otros). Era sumamente estricta y no permitía que hubiese horas perdidas ni en el ensayo ni en sus transmisiones.

Del anecdotario de Juanita tengo tres imborrables ejemplos:

Ya en su tercera edad, con su entrañable amiga Amalia fueron a una boda en la Iglesia de San Agustín en Polanco. Amalia era desesperadamente apresurada e impositiva por lo que la obligó a que se sentaran en las bancas una hora antes de la boda. Juanita refunfuñaba diciéndole que se perdían del precioso tiempo. Cuando finalmente inició la boda, Amalia le apresuró a salir para irse al salón de Banquetes con la excusa de llegar a tiempo a la cena. Al ir saliendo por el portón de la iglesia unos señores maleducados entraban al mismo tiempo y a empujones salieron a la calle. Iban muy molestas por el trato tan rudo de esos individuos.

Llegaron al salón de banquetes donde estaban aún los meseros montando las mesas. Se sentaron a esperar y así pasaron varias horas. Juanita le repetía hasta el cansancio sobre la pérdida del valioso tiempo.

Finalmente entró un señor para pedir disculpas y anunciar que se había cancelado el banquete. La razón: Un grupo de asaltantes había irrumpido de forma violenta en el templo, amagaron a todos los asistentes, les hicieron que se quitaran la ropa quedando en ropa interior y les robaron todas sus joyas y carteras, así como un par de autos. Aparentemente Amalia había hecho algo acertado al apresurar la salida de la iglesia.

Amalia celebraba con regocijo el que hubieran salvado el pellejo y haberse evitado la pena de tener que desnudarse. ¡Ya ves que por salirnos a tiempo no nos pasó nada!

En otra ocasión tuvieron una boda en un templo judío y nuevamente, Amalia insistió en llegar muy temprano, después de una hora de espera y que supuestamente debería de empezar la ceremonia, el encargado del templo se acercó y les dijo que si pensaban asistir a la boda les informaba que la tradición en la comunidad era poner una hora en la invitación pero con el sobre-entendido de que todos llegarían una hora más tarde.

Así que perdieron dos horas en la espera.

Ya para entonces habían llegado al clímax las discusiones sobre la puntualidad y Juanita le decía a su amiga: “Algún día, voy a llegar tarde adrede, sólo para fastidiarte. No es posible que siempre estemos perdiendo de dos a tres horas en cada evento”.

Juanita siempre cumplía sus compromisos y promesas.

El día que murió Juanita, Amalia citó a los más cercanos amigos de Juanita a que estuviésemos puntualmente a las 14 horas en los sótanos de catedral para tener una misa con las cenizas. Era el 21 de junio –en plena temporada de lluvias—y obvio,  se desató una tremenda tormenta.

Las criptas retumbaban con los truenos y se iluminaban las escalinatas con los relámpagos. Parecía una escena de película de terror.

Todos esperábamos a que llegaran las cenizas del crematorio. El sacerdote fastidiado de la espera, ofició la misa sin la urna presente y se retiró. Amalia desencajada, furiosa y prepotente hablaba a la funeraria desde un teléfono que estaba en la entrada de las criptas. Reclamaba con su vozarrón el cual también rebotaba con el eco por las criptas.

A las 17:30 horas llegó el encargado de catedral para pedir que desalojáramos pues se cerraban las criptas. Subimos las escalinatas dirigiéndonos al portón lateral de catedral justo cuando llegó el joven de la funeraria completamente mojado, escurriendo agua por todos lados y con la urna en manos. Excuso decirles la lluvia de improperios que recibió el pobre muchacho por parte de ella.

Yo sonreí viendo la escena y recordé lo que siempre había argumentado Juanita: “Nadie tiene derecho a hacerte perder el tiempo. Las horas perdidas jamás se recuperan. Es tan malo llegar tarde como llegar demasiado temprano”.

El día de su muerte fue el único día en que Juanita llegó tarde y cumplió su promesa de que por lo menos una vez en su vida llegaría tarde para que Amalia escarmentara.

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