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Las aves callaron

Por unos instantes, las aves callaron en el valle de Tehuacán, Puebla.

Han de haber sido como cuarenta millones de aves ponedoras que diariamente ponen un huevo y seguramente otro tanto de pollitas en espera de reemplazarlas.

Fue en el amanecer del pasado 22 de abril (2021). Hacía unos diez días que había cumplido 81 años.

Su frase favorita era una del famoso médico y científico español, premio Nobel y padre de la neurociencia moderna,  Santiago Ramón y Cajal:

“Señores, no permitamos que todos los ríos se pierden en el mar y todos los talentos se pierden en la ignorancia”

Fuimos Vicky Nava, Carlos Muñoz y yo a entrevistarlo a Tehuacán. Habíamos quedado en verlo en el restaurante del hotel para explicarle nuestro interés en entrevistarlo sobre el desempeño de una nueva vacuna vectorizada para luchar contra la influenza aviar.

Puntual llegó, enjuto de carnes, solemne, con unos ojos grandes verdiazules, escaso cabello otrora rubio. No quiso cenar, se excusó diciendo que él tenía su dieta y horarios que seguir. Todo pronosticaba que iba a ser imposible lograr una entrevista.

He de confesar que tengo dos pasiones de las que generalmente no platico: Tomar fotografías de personas en forma de retrato y con el consentimiento del modelo y entrevistar a las personas.  Mis entrevistas las hago por gusto y rara vez por encargo. En esta ocasión era lo segundo.

Sorpresivamente cambié el tema. Dije que estaba escribiendo un libro que yo no escribí y cuya autora nunca supo que se escribiría.

Se desconcertó. Expliqué el extraño concepto. Mi madre me había mecanografiado su libro de recetas, lo engargoló y me lo obsequió. En casa nunca dejaron que los menores de edad estuviéramos en la cocina. Mi padre, médico, decía que los accidentes más graves de quemaduras en niños se dan por un descuido. Así que nunca aprendimos a cocinar. Había intitulado al libro “Me casé sin saber cocinar.” Frase que mi madre contaba como anécdota cada vez que la felicitaban por obsequiar una espléndida comida o cena.

 

De pronto, nuestro personaje, se soltó a contarnos la historia culinaria de su familia. Las tías de Veracruz que eran celosas guardianas de recetas nunca compartidas,  su abuela y madre que en Puebla refinaron platillos mexicanos, así como su pasión por cocinar en sus ratos libres,  elogiando su receta de  los chiles en no

El hielo se rompió. Logramos al día siguiente una espléndida entrevista y nació una admiración por este hombre sabio, de prestigio internacional , que estudió medicina veterinaria obligado por su padre que era gente de campo oriundo de Jalisco. Al terminar la licenciatura y entregar el certificado  universitario a su padre, decidió estudiar como segunda profesión la medicina humana.

Era el director médico del Grupo Romero, un conglomerado de granjas avícolas y porcinas entre las que destaca “El Calvario”. Recorrimos diversas instalaciones guiados por su excelso conocimiento en virus, patología aviar y vacunas. Pero durante ese día nos mostró también lo que hacía en su tiempo libre: Con sus propios recursos montó  –en una amplia casa antigua  de Tehuacán–, el dispensario médico San Francisco donde atiende en consulta médica y quirúrgica  a las personas más pobres de la región.

En sus instalaciones cuenta con un galerón repleto de literas en donde daba hospedaje a los que venían de lejos. “Mientras dura el tratamiento, tienen techo, donde asearse y dormir”, nos dijo muy circunspecto.

Nos causó asombro ver una mesa pletórica de perfumes de las marcas más caras y sofisticadas. A nuestra pregunta respondió: “Después de la consulta, a todas mis pacientes les pido permiso de poderles dar un poco de las fragancias que elijan… son personas tan humildes que quizás nunca antes en sus vidas habían tenido la oportunidad de perfumarse”.

 

 

 

 

 

 

En su casa de Tehuacán tenía una parvada de pavorreales tan dóciles como una mascota. Le recibían con sus cantos y desplegando su colorido plumaje.

En diversas ocasiones lo volví a encontrar en los simposios y convenciones avícolas. Siempre generoso, me saludaba, conversábamos y me asesoraba cuando necesitaba información científica veraz.

Un día nos invitó a comer en su departamento de la ciudad de México. Había preparado sus famosos chiles en nogada. Una exquisitez de guisado que desbordaba de granadas envueltas en la cremosa nogada y sutilmente rellenos de una combinación pocas veces degustada.

Al término, un joven pianista se sentó en el piano de cola que estaba en la sala y ofrecieron un concierto de música clásica. Contó que él nunca faltaba a los conciertos dominicales en la sala Nezahualcóyotl del centro cultural de la UNAM. Era apasionado de la música culta. Catedrático de larga trayectoria, contaba con muchas generaciones de alumnos de veterinaria. En algún tiempo trabajó en la fundación Rockefeller como Investigador especializado en aves.

Al finalizar su primer entrevista conmigo dijo: “Cuando uno cumple cierta edad, más allá de los 50 o 60 años, lo único que te queda es mantener tu status, conservar tu dignidad y contribuir enormemente para con todas las generaciones que te rodean –y con las que estás involucrado –, compartir conocimientos y de las cuales tienes que aprender y así sembrar todo lo que sea tu capacidad de conocimiento”.

Fue un gran maestro y extraordinario ser humano. La comunidad científica, veterinaria, los trabajadores avícolas y quienes tangencialmente fuimos sus amigos lamentamos su partida.

Su nombre:  Fernando Galindo Ramírez.

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