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La Jaula de los Osos blancos

polar-bear_560x400-jpgUna de las más gratificantes experiencias que podemos experimentar los seres humanos es precisamente el “enamoramiento”. La figura descriptiva de uso común es la expresión de “¡Siento como mariposas en el estómago!”.

Y en cierta forma el alboroto hormonal que producen las emociones de atracción y establecimiento de un vínculo amoroso tiene mucho que ver con nuestro cerebro.

Quizás es más intenso cuando somos adolescentes porque nuestro cerebro está en un momento de reacciones emocionales o sea: “reacciones reptilianas agudas”. En esas etapas estamos sufriendo los cambios hormonales propios de la edad y nuestra sensibilidad está a flor de piel.

Cabría preguntarte ¿Recuerdas tus primeras emociones cuando alguna vez te enamoraste? O preguntarnos ¿Acaso conforme he tenido más edad he perdido la magia de las mariposas en el estómago?

Posiblemente encontremos, entre algunos de nosotros, que después de una vida de compartir con una pareja aún mantienes viva la flama del amor inicial. Muchas personas en cambio nos responderían que ahora sus emociones han cambiado y son diferentes. Yo lo explico a veces como un árbol cuyas ramas crecen juntas y se van alejando una de la otra en búsqueda de el sol y evitando que el follaje de una de ellas le haga sombra a la otra y hay otros árboles como los cipreses, araucarias o los pinos cuyas ramas crecen en armonía perfecta.

Lo realmente maravilloso del enamoramiento es la capacidad de crear pequeños rituales que marcan la diferencia y hacen que la huella de ésa persona permanezca indeleble en la memoria de uno. Rituales que van desde las palabras de cariño, la forma de acariciarnos, la tendencia de obsequiarnos cosas que llamamos “detalles” como pueden ser el mismo tipo de chocolate con licor a cerezas, las cartitas, tarjetas o recados amorosos o el lugar del encuentro para las citas de amor.

Recuerdo con gratitud a la jaula de los osos blancos en el zoológico. En la temprana adolescencia, cuando nuestras escapadas eran fortuitas y dependían en ocasiones en saber construir una buena excusa para con nuestros padres y decir: “Tengo que hacer trabajo en equipo con mis compañeros por lo que estaré ausente ésta tarde de viernes”. Y al obtener el perrmiso, nos acicalábamos con mayor esmero despertando sospechas en nuestra madre que reaccionaba con cierta complicidad:

–“Nunca te arreglas tanto para hacer trabajos en equipo”.

Pues bien, la cita me la estableció en el zoológico. Nos veríamos frente a la jaula de los osos blancos, A las 15 horas. Después de haber comido y sin dinero en los bolsillos para invitarle por lo menos un café. Empecé a sentir la emoción desde temprano. El ritmo cardiaco iba en aumento a medida que se acerca la hora de la cita y merodeaba cercano a la jaula de los osos blancos, fingiendo no tener prisa por el encuentro. Observé a los leones retozar, los venados saltar y al águila mirarte con cierta curiosidad rapaz.

Me sudaban terriblemente las manos. ¿A quién no le sudan las manos cuando estás más que nervioso?  Me las restregué en el pantalón. Acomodé nuevamente el cabello despejando el lacio copete que caía sobre mi frente . Inspiré profundamente y me encaminé hacia la jaula de los osos blancos.

¿Llegará la persona que anhelo ver? ¿Me dará el sí final al cortejo? ¿Es la persona con los atributos con la que mi mente me ha estado emocionando?

Todo eso lo descubres en unos cuántos minutos a lo mejor. Pero el grato placer de la cita, el ritual de elegir un lugar por lo demás original y la ilusión de amar es lo que a todos en alguna forma nos deja la huella de las mariposas en el estómago y la sana alegría de amar y quizás, de ser amado.

 

¿Y tú, has tenido alguna cita –como la mía–, en la jaula de los oso blancos?

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