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La cuna vacía

El médico se detuvo ante el cadáver. A unos pasos, la enfermera lo observaba.
—No hay historia más terrible que la realidad —dijo el médico mientras leía la historia clínica; entre dientes pronunció: Paulina N.—; dudo que exista el destino, aunque al ver a esta mujer, pareciera que sí, y que hizo sus jugarretas con ella.
La enfermera cubrió con una sábana sucia el enjuto cuerpo de N. Dos mozos lo retiraron. La cama quedó solitaria, como si fuera una enorme cuna de barrotes descascarados. La humedad privaba en el ambiente.
II.
Más de veinte años años habían pasado desde el suceso de la cuna vacía. Fue en una habitación que no podía ser más lóbrega: escasos rayos de sol teñían los trapos que pretendían ser cortinas, raídos por el tiempo y el abandono.
Era una más de las viviendas pertenecientes a la fábrica de quesos El Buen Pastor. Un caserío formado por cuartuchos dispuestos irregularmente.
Entre charcos de agua y orines, habitaban los obreros con sus familias. Pagaban una módica renta que don Fidel, el propietario, les descontaba de la raya, ejerciendo un férreo control de sus vidas.
—¿Pues quién creen que les enseñó a ser mujeres?—se jactaba don Fidel con sus amigos—; las hago mujeres de a deveras. ¿Que cuántos hijos tengo? ¡Uy, ya hasta perdí la cuenta!
Sus amigos lo festejaban. Para ellos ejercer el derecho de pernada era una obligación, se honraba a los peones al no despreciar a sus hijas. Algunas de ellas concluían su juventud después de haber sido fugaces concubinas. Era como un “amasiato ocasional”. Si quedaban preñadas, con gran habilidad él se deshacía de ellas y de los hijos registrados en la parroquia como cupula ilícita est de progenitor desconocido.
La vida de don Fidel transcurría sin sobresaltos. A los ojos de la sociedad, su familia era ejemplar, muy piadosa, especialmente por los espléndidos diezmos que ofrecía a la iglesia.
Un grito aterrador retumbó en el vecindario. Los perros no cesaban de ladrar. Rápidamente, salieron los vecinos más curiosos, en su mayoría mujeres. Una de ellas, la más corpulenta, de mirada torva, entró en la habitación y observó a la mujer que escandalizaba. En el suelo, una joven de piel muy blanca y grandes ojos verdes se encontraba asida con fuerza a los barrotes de una cuna vacía. Gritaba: “¡Mi niña!… ¡Se llevaron a mi niña!”. Ahogaba su voz por momentos entre el sorber de las lágrimas, la saliva y el moco.
—¿Cuál niña? —preguntó la mujer, suavizando la mirada mientras se acercaba a la cuna.
—¡Mi hija, Paulina! ¡Mi angelito! —la madre se veía desconsolada.
En ese momento, entraron otras vecinas. Buscando que se confirmara la inexistencia de una bebé, reparó la corpulenta:
—Dice que aquí tenía una niña y que se la han robado… ¿Han visto que tuviera una hija?
Las vecinas negaron al unísono mientras se retiraban, tratándola como si estuviera loca. Paulina permaneció llorando al pie de la cuna.
Se respiraba una pesada atmósfera mientras transcurrieron los días. El ambiente se magnificaba ante la amnesia colectiva. Nadie había escuchado el llanto de la niña, ni visto a ningún sospechoso. Para los vecinos, la loca arrimada estaba fuera de sus cabales. Tanta era su locura que hasta metió la cuna vacía a sus habitaciones sin estar embarazada. Algunos aseguraban que en las noches de luna se oían sus cantos arrullando al bebé.
Un día, la mujer se fue de El Buen Pastor.
III.
Al orfanato llegó una niña bautizada como Paulina. Le agregaron por apellido la letra N. La colocaron en un frío galerón de muros encalados que hacía las veces de dormitorio. Ahí, en una cuna con barrotes, la pequeña se arrullaba con rítmicos movimientos mientras su mirada fija se perdía en el infinito.
Previamente a la visita de los miembros del patronato, las monjas bañaban a los niños prodigándoles afeites de lavanda o flores de azahar. Cuando N. dejó la cuna a los nueve años, era una hermosa niña de cabellos negros, ojos verdes y piel blanca. Le dieron por cama una esterilla de petate con una pesada cobija de lana que olía a humedad.
La pequeña jugaba con sus amigas imaginarias; atesoraba flores y tréboles prensados entre hojas de papel de estraza.Rara vez hablaba. Se encariñó con una muñeca de trapo y en las tardes le gustaba arrullarla poco antes de acostarla. Poco a poco, como un delicado cisne, N. fue transformándose. Su cuerpo de suaves formas iba cobrando una esbeltez que llamaba la atención. A pesar de su callada presencia, muchos ojos se posaban en ella; algunos, para admirarla; otros, para desearla. Ese fue el caso de uno de los patrones.
Hombre rico, dueño de minas de plata y haciendas, don Diego tenía una devota esposa con siete hijos. Vivían en una casona en la lejana Tacubaya. Era familia de alcurnia con reputación de buenos católicos. Con su extraordinaria grandilocuencia, logró convencer a patrones y monjas que N. merecía una mejor vida que la del orfanato. Se ofreció ser su tutor.
Alistaron a Paulina y la madre superiora condujo a la jovencita hasta la portería. La anciana monja, con el rictus de amargada que le caracterizaba, salió del claustro y la entregó, no sin antes darle la bendición. Paulina N. subió al lujoso coche ayudada por don Diego. A un sonoro ¡arre! del cochero, los caballos iniciaron la marcha por la empedrada calle de Regina Coelli. Los ojos verdes de N. miraban con asombro a su acompañante. No entendía quién era ese hombre ni a dónde la llevaría. Era la primera vez que miraba el exterior del orfanato y que viajaba en un vehículo tirado por caballos. Observaba un mundo nuevo, desconocido: Las casas y edificios, el bullicio de las personas, gritos de pregones y maldiciones, puestos de flores, frutas y perros que ladraban a las ruedas del coche. Era tanta gente, de tan diferentes vestimentas y sombreros de las más diversas formas.
Acostumbrado al vacío, su estómago sintió un deseo de devolver, pero al no haber alimento, sólo pudo asociar el mareo y la basca a sus nuevas experiencias.
El carruaje se detuvo a un costado de la Catedral, cerca del Montepío. Los ocupantes descendieron. Tomándola firmemente del brazo, don Diego condujo a Paulina al elegante hotel. Subieron hasta el último piso, donde un ama de llaves los esperaba, abrió la puerta de la habitación decorada con hermosos tapices, gobelinos y ventanas de hierro forjado. Desde ellas, podía verse el trajín de la ciudad y el bello campanario de la Catedral.
Don Diego contempló a la muchacha mientras el ama de llaves la desnudaba.
Se acarició el bigote. “A esta la estreno y la entreno”, pensó al recorrer con su lasciva mirada el frágil cuerpo. Nada entendía la muchacha. Cuando quedó en paños menores, la servidumbre se retiró.
Ya solos, don Diego se transformó. La sujetó violentamente de la cintura. Instintivamente, la jovencita opuso resistencia.
—¡A qué rejega me saliste!
Empezó el forcejeo. El hombre trataba de restregar su cuerpo en el de ella. N. pateaba, arañaba, se sacudía, pero la fuerza del patrón la fue doblegando hasta que finalmente la condujo a empellones hacia la cama de bronce. Al rechazarlo, ella le golpeaba la espalda intentando zafarse. Fue inútil. De pronto, sintió cómo penetraba el duro apéndice. Gimió. Una confusión de sensaciones desconocidas se agolpó en su mente.
Atónita, la muchacha sentía el cuerpo del hombre acercarse y alejarse en una proximidad que nunca había experimentado. Cuando, sudoroso y jadeante, don Diego se separó, N. sintió un gran alivio. El se dirigió al aguamanil para enjuagarse. Paulina sollozaba mientras veía la sangre escurrir de su entrepierna para manchar el cubrecama.
El hombre llamó a la servidumbre y le dio instrucciones precisas:
—La señorita debe permanecer siempre desnuda dentro de las habitaciones. Por ningún motivo saldrá sin mi permiso. Los domingos iremos a oír misa de doce.
Las mujeres asintieron obedientes mientras recibían unas monedas de oro.
Para N., los días y las noches eran iguales. Pasaba las horas observando la calle a través de las ventanas. En ocasiones, veía fijamente los gobelinos. Sólo el tañer de las campanas de la Catedral la despertaban de su letargo.
Los domingos a las diez de la mañana, sin falta, llegaba puntualmente don Diego acompañado de un mozo. Cargaba la vestimenta que haría lucir la hermosura de Paulina durante la misa dominical. El ama de llaves junto con un par de doncellas se encargaban de alistarla para salir a misa.
El patrón sujetaba a N. del brazo mientras ambos subían al carruaje para sólo cruzar la calle. A fin de no manchar el vestido de ella, ni sus polainas, ordenaba al mozo de librea que pusiera un pequeño banco como escalón.
Al entrar a la Catedral, ante la absorta mirada de la feligresía, Paulina N. era objeto de admiración y de deseo. No faltaban quienes se cuestionaran si ella era hija del señor o su esposa o su concubina. Al concluir el oficio de las doce, la pareja regresaba al hotel. En la habitación, se renovaba el ritual de don Diego. Al terminar, se retiraba dejándola con su blanca desnudez.
N. empezó a granjearse la simpatía de la ama de llaves. Así transcurrieron semanas, meses, hasta que un luminoso domingo, después de que don Diego se retirara, el ama de llaves cubrió con un ligero fondo el desnudo cuerpo de Paulina y la animó a escapar.
Deambuló sin rumbo por las calles. Pasó el resto de la tarde sin saber a quién pedir ayuda o protección. Finalmente, llegó al caserío de la fábrica El Buen Pastor. Los perros comenzaron a ladrar. El mayordomo se asomó para ver quién merodeaba y descubrió a N. Notó que era una mujer bella, aparentemente desamparada. La recibió y la condujo a uno de los aposentos para ofrecérsela al jefe.
—¡Está como caída del cielo! —pensó el hombre, ordenando al capataz que le diese cobijo. No dilató mucho en buscar sus íntimos favores.
Ya habitando en una de las viviendas de los trabajadores, N. empezó a sentirse inflamada. Procuró fajarse el vientre para disimular la hinchazón y, previendo lo que ocurriría, se agenció una vieja y destartalada cuna. La metió dentro de la covacha y la puso en el centro de la habitación. Aprendió a cantar canciones de cuna.
IV.
Con el paso del tiempo, había desaparecido el interés del patrón por ella. Notó que se había convertido en la burla de las vecinas y decidió retirarse. Transcurrieron días, semanas. La joven deambulaba por las calles, cada vez más andrajosa. Dormía en un solitario callejón por el rumbo del mercado de Nuestra Señora de las Mercedes. Ahí encontraba con qué alimentarse.
Cuando un día, empezó a gritar y a llorar con desesperación, los parroquianos empezaron a arremolinarse y a mirarla con morbosidad. Llegaron los serenos y comenzaron a interrogarla. Se la llevaron a la comisaría, donde el superintendente tampoco pudo entender lo que le ocurría a esa mujer. Optó por enviarla al manicomio.
Ahí la condujeron por un largo corredor de mosaicos hasta el pabellón de incurables, acostándola en una cama con barrotes que semejaba una gigantesca cuna. La amarraron con unos esparadrapos.
Al percatarse de la llegada de la advenediza, un grupo de dementes rápidamente se acercó y rodeó la cama. Unos vestían batas blancas; otros se cubrían con zarapes. Había quienes llevaban la cabeza rapada; otros, con las cabelleras alborotadas, se rascaban obsesivamente, acaso por estar infestados de piojos o por algún reflejo nervioso. En los rincones del pabellón, los internos defecaban sin mostrar pena. Se oían lamentos, gritos, manotazos y riñas que los enfermeros lograban sofocar a base de baldes de agua fría y golpes.
Con tanto barullo, N. pasaba desapercibida para enfermeros y custodios. Paulina volvió a mecerse en la cuna y fue perdiendo el apetito. Alguna de las afanadoras se acomidió a quitarle las vendas que la mantenían amarrada. Mientras la desataba, se acercó para observarla bien y le pareció reconocerla.
—Me pareces conocida —le susurró al oído—. ¿Qué no eres la tal Paulina que vivía en El Buen Pastor?
La muchacha apenas pudo mover el rostro para fijar su mirada en la afanadora. Le brotó una lágrima como respuesta.
—¡Sí! —exclamó la mujer—; tú eres la que fantaseaba que tenías una hija y cantabas canciones de cuna en las noches. ¡Claro que me acuerdo! No se me olvida el día en que te deschavetaste todita y empezaste a gritar que te habían robado a tu hija! ¿Cuál hija? Si lo único que había en tu casa era una cuna vacía.

N. movió su cuerpo y se acomodó en posición fetal. Dejó en el abandono su hermosa mirada verde, la cuna estaba vacía.

Juan Okie G.

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