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En estos días de encierro por razones de salud pública, muchas personas comienzan a fastidiarse después de tres o más semanas. Se quejan de que todos los días son iguales y que no hay diferencias de los días entre semana y los de fin de semana. Hasta hay personas que ya han perdido la cuenta de en qué día viven.

Es natural. Nuestro encéfalo (también conocido como cerebro) posee un complejo sistema de redes neuronales y lo hemos acostumbrado a lo largo de nuestras vidas a ciertas rutinas, horarios y patrones de comportamiento. Eso explica nuestro disgusto con los cambios de horario de verano. El cuerpo no obedece a los intereses financieros o bancarios que en un país como el nuestro, no se hace necesario estar cambiando los horarios por la posición geográfica que nos encontramos. El fastidio es dañino.

Cuando nuestras conexiones neuronales en ciertas áreas del cerebro están sin usarse y por motivos de ahorro de energía, existe un proceso de destrucción de ellas para que no se desperdicien los nutrientes necesarios para las otras actividades. Se les conoce como neuronas asesinas. La creatividad neuronal se va extinguiendo si uno se convierte en un ser rutinario y desperdicia el uso de ciertas secciones neuronales. Eso explica el por qué hay personas que envejecen su cerebro más rápido que otras.

En el aislamiento en que nos encontramos debemos reorganizar nuestras actividades y darle variedad a nuestra vida interior. La realidad es que no estamos acostumbrados –la mayoría de las personas–, a vivir con nosotros mismos y menos a vivir realmente con las personas con las que convivimos en nuestro hogar.

Nuestra vida interior se ha deteriorado por el bullicioso trajín de la vida moderna y frenarnos hasta detenernos, limitar nuestra movilidad y pasar semanas en casa nos causa ansiedad, angustia y hasta miedo.

Pero hay solución. Lo podemos explicar con una poetisa norteamericana del siglo XIX, Emily Dickinson (Amherst, 1830 – 1886) que durante sus 56 años de vida nunca salió de su hogar paterno y en la intimidad de su recámara se dedicó a escribir casi 2,000 poemas y cartas que nunca fueron publicados con su nombre mientras ella vivió. Los poemas estaban escritos en pedazos de papel, cartones y atesorados en una maleta vieja. A partir de cuatro años de fallecida se descubren y se inicia su publicación. Fue hasta 1924 cuando se le empezó a reconocer como una de las más importantes poetas de los Estados Unidos.

¿Qué hizo esta mujer educada con una rigurosa disciplina calvinista?

Construyó su universo interior y descubrió su vocación literaria llegando a ser magistral su producción. En lenguaje de las neurociencias podemos decir que estimuló sus conexiones neuronales haciendo fértil su creatividad e imaginación hasta lograr la excelsitud poética. Su obra se destaca por especial sensibilidad y misteriosa profundidad. Algo muy similar se podría encontrar en Teresa de Ávila. Feminista, llega a crear poesía metafísica y amorosa, volcando ese amor hacia la figura de D-os. Se nutrió de grandes escritores como Ralph Waldo Emerson, Harriet Beecher Stowe, Henry David Thoreau y Nathaniel Hawthorne.

Su aislamiento fue la clave de su intensa obra poética y pródiga complejidad intelectual. Podemos dividir su obra en temas claramente definidos: Vida, Naturaleza, Amor, Tiempo, Eternidad y Muerte. Su poema “Muerte y vida” aborda la angustiosa discusión que hoy en día nos ocupa a todos nosotros con la sana distancia y el quédate en casa.

De Emily Dickinson podemos aprender que nuestra reclusión voluntaria por cuestiones de salud, no forzosamente debe llevarnos a estados de desesperación, depresión y angustia o violencia doméstica.

Debemos crear una nueva disciplina de vida estos días. Imponernos el horario para levantarnos. Los que tenemos trabajo en casa de la oficina, seguir nuestro horario de lunes a viernes. Arreglar un espacio en nuestro entorno doméstico donde sea nuestra área de trabajo. Eso mismo lo debemos hacer para nuestros hijos. Asignarnos una hora para leer, la hora de gimnasia o ejercicio, una hora para jugar, un tiempo dedicado para un “hobbie” o mantenimiento de la casa, o convivir con los demás que habitan la casa, tener nuestros horarios plenamente marcados de desayuno-comida-cena, establecer nuestros planes de fines de semana que sean diferentes a los días laborales, etc. cada persona es diferente y nuestras necesidades y actividades deben ser a modo de nosotros mismos. Pero nunca dejarnos sumergir en la depresión, la abulia o el fatalismo.

Tenemos que renacer, como renació nuestra humanidad después de la peste en la edad media. Llegó el maravilloso renacimiento con una explosión de creatividad. Ocupemos estos días para encontrarnos con nosotros mismos, para recuperar el amor y la ternura de nuestros seres amados, descubramos la profusa herencia de cultura, conocimientos y talentos que han enriquecido a la humanidad, como lo hizo Emily Dickinson en su aislamiento voluntario.

Los dejo con un fragmento de la poesía de Emily Dickinson:

En mi flor me he escondido

En mi flor me he escondido
para que, si en el pecho me llevases,
sin sospecharlo tú también allí estuviera…
Y sabrán lo demás sólo los ángeles.
En mi flor me he escondido
para que, al deslizarme de tu vaso,
tú, sin saberlo, sientas
casi la soledad que te he dejado.

Ensueño

Para fugarnos de la tierra
un libro es el mejor bajel;
y se viaja mejor en el poema
que en el más brioso y rápido corcel

Aun el más pobre puede hacerlo,
nada por ello ha de pagar:
el alma en el transporte de su sueño
se nutre sólo de silencio y paz.

 

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