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El reloj silenciado

Old_Pendulum_clockDon José Luis había heredado un reloj de finales del siglo XIX o de principios del XX. Era uno de esos relojes de pared que dejan ver a través del vidrio biselado el vaivén del péndulo de bronce.

El péndulo marcaba el ritmo de una interminable danza del tiempo transcurrido. Con sonoras campanadas anunciaba cada hora. Era tan fuerte el sonido que retumbaba por toda la casa y a Don José Luis le alteraba los nervios. Por respeto a la tradición familiar nunca se había atrevido a silenciarlo.

La blanca carátula de números romanos se asemajaba a un reloj convencional, como los cientos de relojes heredados por familias de larga tradición y que se encuentran frecuentemente en las tiendas de los anticuarios.

Lo insólito de este reloj –que lo hacía verdaderamente único-, era que desde los antepasados de Don José Luis se acostumbraba anotar en las superficies vacías de la carátula, el nombre y fecha del fallecimiento de los parientes más cercanos.

La tradición familiar la había continuado puntualmente este hombre  de carnes enjutas y edad indefinida. Desde muy joven dio la impresión de ser viejo. Su calvicie acentuaba aún más la vejez prematura y su piel blanca se había tornado con el tiempo en un amarillento pergamino.

Avaro a más no poder, acostumbraba trabajar todo el día en el despacho de su casa. Era un cubículo  lleno de lejajos, estantes y papeles. Entrar ahí daba la sensación de asfixia. Sobre su escritorio tenía una máquina de escribir “Smith Corona” también de aspecto antiguo. Escribía con  los dos índices pero era sorprendente su agilidad, con gran elegancia daba  pase a los renglones, sacaba la hoja con destreza y con una avidez inusual re-enrollaba la cinta de seda bicolor para continuar mecanografiando otro de los recibos de sus múltiples edificios de departamentos que administraba con precisión.

Utilizaba un dedal de caucho color naranja para pasar las páginas de los libros de contabilidad y em rl comedor mientras desayunaba, a falta del instrumento digital, pasaba las hojas del periódico ensalivándose el índice.

Se ufanaba que todo lo que él hacía lo dejaba por escrito. Por ejemplo, para reprender a sus hijos lo hacía a base de memorándums. Si los chicos sacaban buenas calificaciones les enviaba una carta felicitación por correo certificado.

La mesada se las entregaba con cheque nominativo y les hacía firmar otro recibo. Eso mismo hacía con su mujer cuando le entregaba el gasto para la casa. La mujer ya ni refunfuñaba al firmar el recibo acompañado de un listado que enumeraba el destino de cada partida presupuestal.¡Pobre de ella si no se ajustaba al presupuesto indicado!

Esa mañana, cuando todavía la casa permanecía a oscuras, Don José Luis salió de su habitación enfundado en su eterna bata de satín color vino y con sus pantuflas grises aborregadas. Dio los silenciosos pasos cortos necesarios para llegar al despacho. Encendió una lámpara de mesa. Hurgó en los cajones para sacar una botellita de tinta china negra, manguillo y su respectiva plumilla. Luego colocó el taburete que usaba para alcanzar el reloj y darle cuerda. En esta ocasión no le dio cuerda, solo escribió la fecha y el nombre de uno de sus hijos. Su rostro no reflejaba sentimiento alguno.

Cerró el vidrio de la carátula, colocó en su lugar el taburete y regresó a la rutina diaria: se bañó, vistió y fue a desayunarse leyendo el periódico como de costumbre. Su mujer atenta y diligentemente fue supervisando que la sirvienta le sirviera sus alimentos: fruta del día, jugo, café bien cargado, un pan tostado y los huevos revueltos que tanto saboreaba cuidando de que fueran sin aceite. Ya para terminar el desayuno, la esposa se atrevió a preguntarle:

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–¿Qué has decidido con el problema de Chatito?

Don José Luis apenas si balbuceó: “Nada”

La mujer se veía angustiada.

–Sabes, se fue a la casa de Cuernavaca pero me he quedado con mucho pendiente—continúo la esposa diciendo, –Ya ves que el médico dice que necesitamos internarlo en una clínica psiquiátrica.

–¡Eso cuesta mucho!—gritó el hombre enfurecido a la vez que dio un manotazo en la mesa, –Además, ¿quién puede asegurarnos de que Chatito realmente está loco? ¿o es simplemente porque lo dejaste que se volviera un marihuano?

En eso, sonó el teléfono. La mujer se puso de pie dirigiéndose al aparato. Contestó a base de monosílabos y volteó a ver a Don José Luis extendiéndole el auricular.

–Es para ti, es el velador de la casa de Cuernavaca.

Gruñendo, cerró el diario, se puso de pie acercándose al teléfono y contestó.

–Dígame, cuándo, cómo, en dónde está, sí, ahorita le llamo al abogado y mandamos por él. No se preocupe, gracias por todo.

La mujer intrigada le preguntó: “¿Qué quería?¿No le preguntaste por Chatito?

Don José Luis respondió a regañadientes mientras le marcaba por teléfono al abogado.

–Nada, era para avisarme que tu hijo se metió un balazo en la cabeza.

Después de una pausa continúo diciendo: Ahorita le doy instrucciones al licenciado Hoyos para que arregle todo y mande recoger el cadáver.

La mujer con el rostro desencajado le miraba estupefacta.

Don José Luis dio las instrucciones como solía hacerlo con su secretaria, colgó el teléfono y sin expresar sentimiento alguno se limitó a decirle a la esposa:

–Tú vete a cambiar, vístete de luto y arregla lo de las misas en el templo. Yo, mientras voy a silenciar ése reloj. ¡Ya me tiene harto con sus campanadas cada hora!

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