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El piloto de la mercadotecnia creativa

 

 

 

 

 

 

Sólo una vez había escuchado su voz. Fue durante una exposición donde nosotros –como proveedores—, habíamos diseñado un display para su empresa. Al hacer el recorrido de todas la exhibición, se detuvo y lo observó.

Preguntó: ¿Quién diseñó esto? Y le indicaron que nosotros, me volteó a ver con sus ojos azules y me dijo: –Le voy a recomendar a mi agencia de publicidad “global” que aprenda de ustedes. Acto seguido se fue.

Era el hombre más importante del área de mercadotecnia en la subsidiaria de México.

Un buen día, una colega de él y con la que teníamos más trato directo me comentó: “Ted se va a jubilar y está muy deprimido”.

Sentí simpatía por él. Sabía que le fascinaban los aviones porque en sus años mozos había sido piloto. Tomé un papel y le escribí una breve carta acompañándola con un avioncito a escala para obsequiáreslo. Era un avión de esos metálicos… de juguete.

Mi mensaje decía más o menos esto: “La vida es como los viajes en aeroplano. Se fija una ruta y destino, se carga combustible y se emprende el viaje. Al aterrizar en la pista aérea del destino se le da mantenimiento a la aeronave, se recarga combustible y se planea el próximo viaje.”

Apenas 15 minutos después de que el mensajero entregó mi misiva con el avioncito. Recibí su llamada. Fue directo al punto:

–¿Podemos ir a almorzar?—Quiero ser su amigo.

Así fue como se inició mi amistad con Ted. Siempre le gustó que le dijéramos Ted y no como su nombre: Edward Prescott Williams, oriundo de Nueva Inglaterra, avecindado en su niñez en Boston e hijo de una brillante mujer que en la década de los 30 decidió estudiar español e irse a España durante la República. Mujer bella, liberal para su época, confraternizó con los talentos literarios más destacados de esos años en Europa. Ella le inculcó el amor por el español y después de egresar de Harvard entró al mundo de la mercadotecnia en las grandes corporaciones como Procter, SC Johnson y finalmente Colgate.

Le apasionaba el mundo latino y llegó a querer a México pero especialmente, a su comida.

Pasaba a nuestra oficina, hacíamos proyectos creativos, nos compartía su sabiduría y decía que formábamos una “dupla creativa”. Hombre bueno, contaba sus anécdotas, año con año, me obsequiaba un calendario con fotos de Vermont donde por muchos años tuvo una casa en el campo que venía de la herencia de varias generaciones.

Me narraba un episodio muy curioso de cómo la historia de Estados Unidos de Norteamérica tenía imprecisiones ya que supuestamente Paul Revere, un platero de Boston, se le conocía como el jinete que había galopado para avisar a los sublevados de que el ejército inglés se aproximaba para atacarlos. Eso fue previamente a las batallas de Lexington y Concord.

Muy circunspecto me decía: “En realidad el que fue a caballo y alertó a los ejercitos independentistas fue mi tatarabuelo, el Dr. Prescott, que era amigo de Paul Revere. Lo que pasó es que Paul tenía una cita con una de sus amantes y le pidió de favor al Dr. Prescott que fuera a avisar. Así que mientras uno hacía el amor, el otro le hizo el favor de llevarlo hasta los libros de la historia”.

Un día nos reunió a todo el equipo para darnos una conferencia y mostrarnos varios artículos que coleccionaba. Los guardaba como recuerdo de su linaje y de sus aventuras como piloto. Nos mostró la bandera que bordó su tatarabuela para recibir en Boston al ejército triunfante después de la revolución de independencia, objetos de plata que había heredado de la familia Prescott, cartas de su madre sobre los grandes escritores españoles, franceses y americanos que ella iba conociendo en su estancia antes de la Guerra Civil Española, sus gogles y gorra de piloto aviador, una bandera y casco del ejército nazi recuperada durante la guerra, etc.

Escribió un curso sobre mercadotecnia global y se convirtió en uno de nuestros maestros de mercadotecnia fuera de la Universidad.

Hace unas semanas vino a la oficina, se le notaba nervioso y me dijo que iba a hacerse una endoscopía porque el médico sospechaba que tenía cáncer.

Le envié un correo electrónico en donde le dije: “De vez en cuando los aviones necesitan mantenimiento mayor. Hago votos para que después de tu cirugía puedas seguir volando en libertad.” Me lo agradeció en otra de sus visitas en donde se puso a organizar sus papeles y nos informó que los médicos le insistieron en una cirugía y que estaría en recuperación un par de semanas.

Al despedirlo en el estacionamiento, me abrazó. Sentí ése abrazo distinto. Pensé es nuestra despedida final. En la comisura de sus ojos se asomaba una ligera lágrima. A mi se me humedecieron mis ojos. Sin más se retiró.

Yo confieso que la idea me preocupaba ya que Ted contaba con ochenta y tres años.

El lunes pasado (3 de abril) fue intervenido. A las 15 horas me informaron que ya estaba en la habitación del hospital recuperándose de la anestesia. Acordé en visitarlo la mañana siguiente. A las 3 y 22 de la madrugada del día cuatro, sonó mi celular y escuché los ruidos de una habitación, la voz desesperada de su esposa y de las enfermeras. El teléfono se había quizás marcado en el nerviosismo de la circunstancia en que Ted agonizaba. Me fui al hospital y el ya se había ido a volar, zurcando las nubes hacia un vuelo destinado al infinito.

Cuando uno pierde a un amigo, gana un ángel protector.

 

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