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El niño y el anciano

Un niño salió a pasear por la barranca contigua a su casa. Era una extensión de su propio jardín con bellos pinos, riachuelos y matorrales.

Trepó hasta una loma rocosa de donde se podía ver un majestuoso paisaje.

De forma inusual, estando ahí sentado, llegó un anciano con aspecto de alpinista.

–Buenos días–, le saludó afable.

A lo que el niño respondió con cortesía y una sonrisa, poniéndose rápidamente su cubrebocas.

¿Me puedo sentar un rato aquí para descansar un poco?

Y acto seguido se ajustó su cubrebocas y se sentó en una de las rocas a sana distancia.

–¿No deberías estar guardado en casa por la cuarentena?–  preguntó con curiosidad el anciano.

–Pedí permiso para pasear un poco, vivo muy cerca de aquí y pensé que no habría de encontrarme a nadie. – respondió con seguridad y completó la idea: “Con la pandemia me he sentido muy solo, aburrido, no puedo ver a mis amigos…es como estar encarcelado, nos cambió el mundo y tenemos que adaptarnos”.

El anciano sonrió y le dijo: El mundo es el mismo, no ha cambiado, solo que nos ha sacudido como si fuera un terremoto. Es como un intento de hacernos despertar para que nos demos cuenta de nuestros errores, de que hemos vivido con malos hábitos, dañando a la naturaleza, afectando al clima y hacinándonos en grandes ciudades, viajando de forma acelerada, perdiendo calidad de vida y sin cuidar de nuestra salud. En pocas palabras nos sacudió para darnos cuenta de que somos frágiles y finitos, es decir, que nuestras vidas tienen un límite.

El niño mostrando gran curiosidad y abriendo sus ojos con asombro le preguntó:

–¿Entonces la pandemia es como una llamada de atención?

–Sí, respondió el anciano, ha sido una llamada de atención y estamos en un momento en que nos hemos detenido de nuestro trajín de actividades diarias, nos hemos visto forzados a estar en una prolongada pausa para tener la oportunidad de pensar, analizar y de corregir nuestra forma de vivir.

–Ahora tengo que tomar las clases por computadora… ya no hay festivales ni ceremonias o recreos. Mi mamá tiene que estar pendiente de que estudie y haga mis tareas, mucho más pendiente que antes. Dice que hasta está repasando las materias que estudió cuando fue niña.

–Así es–, dijo el anciano–, se ha acelerado el uso de las tecnologías que nos sirven para comunicarnos y darnos cuenta de lo que hemos perdido.

¡Sí!—respondió el niño–, ahora extrañamos el poder platicar con mis cuates, jugar, abrazar a mis abuelitos… no es lo mismo chatear o estar en zoom con la pantalla de la compu que poder estar acompañado con quienes uno quiere estar y platicar.

“Ya ves, le dijo el buen hombre, cuando perdemos las maravillosas cosas que nos hacen humanos, nos sentimos extraños en nuestro propio mundo, añoramos las caricias de los abuelos, los juegos con los primos o amigos y el poder tener el contacto humano directo”. Completó el anciano.

–¡Mi papá dice que la pandemia se ha prolongado porque hay mucha gente que no se ha cuidado!”–, exclamo el niño.

–No precisamente, la pandemia se ha prolongado porque los humanos necesitamos de más tiempo para aceptar nuestros errores y aprender la necesidad de que debemos transformarnos–, aseguró el anciano poniéndose de pie y estirando sus piernas.

–¿Y cuándo cree ud. que termine todo esto?—inquirió el niño con cierto temor.

El anciano se puso su sombrero, sonrió y mirándolo fijamente le dijo:

“Cuando aprendamos a no ser egoístas, cuando descubramos que lo más valioso que tenemos es gratis, cuando aprendamos que en esta vida no se compra la salud ni se puede privilegiar el bienestar para unos cuantos. Ese día, estaremos volviendo a ser humanos”.

Y despidiéndose se fue alejando cuesta abajo.

El niño se quedó pensando un rato más y regresó a su casa con cierta emoción y esperanza de que si uno cambia la forma de pensar y de hacer, los demás que nos rodean cambiarán junto con nosotros.

Esa noche en la cena sorprendió a sus papás al decir en la mesa:

El mundo no cambió, solo nos dio: “Un estate quieto”.

 

 

 

 

 

 

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