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Domesticar

La palabra DOMESTICAR viene del latin “domus” que significa techo, casa. Por siglos se ha utilizado para explicar el acto de acostumbrar a una especie, vegetal o animal, a convivir en el habitat humano, es decir, en la casa de los humanos.

De ahí se derivan los animales “domésticos” que son aquellas especies que se han acostumbrado a vivir en nuestros hogares y que han perdido su forma de vivir silvestre y hasta cierto grado han dejado su ferocidad para convivir en forma más empática con nosotros. El caso más cercano lo vemos en nuestras mascotas, sean perros o gatos, que conviven armoniosamente con nosotros y podemos considerar también a ciertas especies de aves como los loros o pericos.

Aunque hoy en día ya no tenemos en nuestro entorno doméstico la posibilidad de tener caballos, asnos, chivos u ovejas, estas especies semovientes también fueron domesticadas para alternar armónicamente con los seres humanos.

La domesticación de las plantas y vegetales cobró gran relevancia en el desarrollo de la humanidad. Esto permitió el suministro en cantidad y calidad de los alimentos. Las mujeres desempeñaron un papel fundamental en la domesticación de las plantas, ya que ellas, con una vida mayor sedentaria al cuidar la crianza tenían menor movilidad, asimismo debían estar alimentando al fuego y comenzaron a asociar los calendarios lunares con sus periodos menstruales y conforme sus procesos de gestación. Esto les permitió ver cómo germinaban ciertas semillas, cultivar esas plantas e iniciar su domesticación. En mesoamérica y específicamente en la región de Tehuacán, Puebla se domesticaron el maíz, frijol, calabaza, jitomate, cacahuate, entre otras plantas. El cultivo del algodón en América se ubica en la región de Veracruz y fue utilizado para confeccionar textiles de uso doméstico.

Una bella alegoría de la domesticación la vemos en el cuento de “El Principito” escrito por Antoine de Saint-Exupéry en donde narra la conversación entre el niño y el zorro que le dice:

—No puedo jugar contigo —dijo el zorro—, no estoy domesticado.

Y el principito le pregunta:

—¿Qué significa “domesticar”?

a lo que después de una conversación el zorro le explica:

—Es una cosa ya olvidada

—dijo el zorro—, significa “crear vínculos… ”

—¿Crear vínculos?

—Efectivamente, verás —dijo el zorro

—. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito

igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros

semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo…

Continuando la conversación, el zorro llega a decirle:

–Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sol. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás.

En su plática, el zorro le suplica:

—Por favor… domestícame —le dijo.

—Bien quisiera —le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.

—Sólo se conocen bien las cosas que se domestican —dijo el zorro

—. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!

—¿Qué debo hacer? —preguntó el principito.

—Debes tener mucha paciencia —respondió el zorro

— Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca…

El principito volvió al día siguiente.

—Hubiera sido mejor —dijo el zorro— que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes

a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.

—¿Qué es un rito? —inquirió el principito.

—Es también algo demasiado olvidado —dijo el zorro

—Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que

puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo

no tendría vacaciones.

De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue

acercando el día de la partida:

—¡Ah! —dijo el zorro—, lloraré.

—Tuya es la culpa —le dijo el principito

—, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique…

—Ciertamente —dijo el zorro.

—¡Y vas a llorar!, —dijo él principito.

—¡Seguro!

—No ganas nada.

—Gano —dijo el zorro

La historia continúa hasta el día en que el zorro domesticado y el Principito se despiden:

—Adiós —le dijo.

—Adiós —dijo el zorro

— He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : sólo con el corazónse puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.

En base a esto, podemos decir que al establecer los vínculos entre nosotros, los seres humanos, debemos establecer ritos que nos permitan “domesticarnos” y generar emociones previas, durante y posteriores a nuestros encuentros. Si cada semana escribo y hay gentiles lectores que cada semana me leen, estaremos creando un vínculo que nos acerca y ritualmente ambas partes sabemos que tendremos un encuentro semanal.

Si por algo, yo no cumplo mi palabra o mi apreciado lector no acude al rito de encontrarnos, poco a poco nos iremos alejando hasta que un día, lo que yo escriba no será importante para ti y el que me leas, dejará de ser importante para mí.

¿A cuántas personas has domesticado y ahora les has abandonado?

¿Porqué no haces un recuento de ellos y buscas recuperar esa “domesticación”?

Si lo hacemos, podremos descubrir que el mejor antidoto para la soledad, la tristeza o la depresión, es permanecer cerca de nuestros amigos, los “zorros” que hemos y nos han domesticado.

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