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Alexander von Humboldt

El nombre de Alexander von Humboldt lo conozco desde que tengo memoria por dos situaciones especiales: Mi madre estudió en el colegio alemán Alexander von Humboldt hasta que México entró a la II Guerra Mundial y todos sus maestros de origen alemán fueron llevados al campo de concentración que estaba en Cofre de Perote, Ver. En ese colegio –ella decía—, fueron sus mejores años escolares.
La otra situación se relaciona con mi Padre, un hombre culto, amante de la lectura y enamorado de México.

En la sala de la casa nos sentaba a todos con música de fondo y habiendo encendido la chimenea, tomaba uno de los grandes volúmenes del “Ensayo político sobre el reino de la Nueva España” de Alexander von Humboldt (Edit. Pedro Robredo 1941 México con notas de Vito Alessio Robles) y nos cautivaba con la lectura de pasajes del primer viaje científico que realizó este portentoso hombre, naturalista alemán (1769-1859) pionero de la divulgación sobre ecología, evolución, naturaleza y sustentabilidad. En realidad podríamos considerarlo como fundador de lo que llamamos ciencias naturales. Recientemente Andrea Wulf publicó en editorial Taurus: “La invención de la Naturaleza (El nuevo mundo de Alexander von Humboldt)”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para la imaginación de un niño de escasos ocho o nueve años, las aventuras ecológicas de Humboldt narradas por mi padre dejaron imborrable huella. Una calle olvidada del centro de la ciudad de México lleva el nombre del alemán y paseando por la alameda central podemos encontrar un sencillo monumento a tan importante científico.

Alexander, en sus periodos previos a su viaje a América, frecuentaba el círculo íntimo del célebre poeta Goethe y de Schiller que se reunían en la casa de Goethe en Weimar o en la ciudad universitaria de Jena donde vivía su único hermano. Empleó toda su herencia para financiar su viaje de exploración y se hizo acompañar por Aimé Bonpland, un médico científico francés también interesado en la anatomía comparada y el naturalismo.
Con mulas cargadas de cajas conteniendo –los entonces mejores–, equipos de estudio y observación europeos, así como con su fomación de ingeniero en minas, éste joven aristócrata alemán recorre Venezuela, la selva del Orinoco, llega a Ecuador. Posteriormente se embrcarían hacia la Nueva España (México) finalizando su viaje en la naciente capital de Washington.

En su periplo sudamericano y posteriormente en la Nueva España, lo acompaña también José –un criado local contratado en Cumaná—quien fielmente sorteaba los peligrosos caminos consiguiendo guías locales y auxiliando a los europeos que no llevaban ni ropa ni zapatos adecuados para tales latitudes. Después de recorrer el río Orinoco deciden escalar los Andes y llegar a subir más de 5,000 metros de altura del volcán Chimborazo. Un difícil recorrido en medio de acantilados. Los exploradores bajan y llegan a Quito donde conocen a la hija del Gobernador Rosa Montúfar –descrita por muchos como una mujer de extraordinaria belleza y gran amabilidad que les da hospedaje y todo género de atenciones.

Alexander era joven, guapo, muy atractivo para las también jóvenes provincianas de la localidad. Su presentación en sociedad causa inmediatamente el interés de la elite quiteña prodigándolo en invitaciones a diversos eventos. Sin embargo, von Humboldt no era afecto a cenas, fiestas y convites. El alemán prefería la naturaleza y su libertad desdeñando la posibilidad de relacionarse con alguna de ellas empezó a rechazar las invitaciones.

Sin embargo, se hizo muy amigo de Carlos Montúfar, el joven hermano de Rosa, mismo que se unió a los expedicionarios para acompañarlos en sus siguientes recorridos, fascinado por el exhaustivo trabajo de recopilar especies vegetales, animales, documentarlos en los sitios más inaccesibles y clasificarlos con estricta metodología.

Luego se embarcan hacia lo que era la Nueva españa (México) y que había logrado tener un pasaporte de España que le autorizaba el acceso a todas las bibliotecas y fuentes de información, algo inusual para el Reino de España. Gracias a todas estas facilidades, trabaja árduamente en los archivos de la antigua Tenochtitlán y va recopilando la valiosa información que plasmaría en su monumental obra literaria-científica y poética. Posteriormente va a la Unión Americana donde se convierte en amigo de Thomas Jefferson dado que los intereses del entonces presidente de Estados Unidos de Norteamérica eran muy similares por la botánica y la naturaleza .

El legado intelectual de Alexander von Humboldt no tiene parangón en la historia de la ciencia en la América de esos tiempos pero quizás el más importante legado que nos deja es el de cobrar cabal conciencia de la riqueza natural y los recursos de nuestro país, sirviendo como una semilla que habría de germinar por el amor a México.

Alexander von Humboldt

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