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Abandono

El abandono es un acto muy cotidiano en nuestras vidas. A veces imperceptible pero que se agudiza con el tipo de vida consumista a la que nos hemos ido acostumbrando. Ahora desechamos por instinto adquirido.

Abandonar es dejar, descuidar, olvidar a las cosas, ideas, animales o personas a las que en cierto momento les dimos atención prioritaria.

El abandono de las cosas empieza en nuestro propio closet, ropero o cajones. Mucha ropa o calzado que está en desuso, que en cierto momento nos ilusionaba usar y de pronto, los fuimos dejando en el rincón. Abrir de vez en cuando el closet y descubrir tantas prendas olvidadas debe ser una rutina esencial para el buen mantenimiento del hogar y tomar decisiones como si ya no te interesa utilizarlas, desprenderte de ellas y no acumular de forma enfermiza.

Ese abandono también se refleja en las habitaciones y en la misma casa. Le dejamos de dar mantenimiento. Hay un término que me gusta mucho: Ceguera del taller. Describe perfectamente lo que es el abandono en que caemos , ya no vemos el tiradero o amontonadero de las cosas.

Asimismo existe el abandono de las ideas. ¿Cuántas veces no escuchamos sobre los buenos propósitos? Estudiar, leer más, eschchar tus discos favoritos, seguir participando en las ideas colectivas de ayudar a ciertos grupos vulnerables, hacer labores altruistas, inclusive el gimnasio o rutina deportiva. Abandonamos nuestras ideas y principios y empezamos a navegar en el olvido de ellas.

La novedad que causa una mascota recién llegada a casa a veces termina en su abandono en la azotea o en el peor de los casos se le abandona en la calle. Es terrible ver los acuarios sucios, las perreras amontonadas, los trastes del pobre animal más sucios que el alma de sus dueños.

El episodio más dramático en el que incurrimos los seres humanos es en el abandono de las personas. El olvidarlas, arrinconarlas, dejarlas en una permanente ausencia. Es tan común que hasta se ha tenido que legislar como delito el “abandono de personas”.

El otro día, un noticiero narraba cómo había sido abandonada una niña con parálisis cerebral y que murió en la vía pública. Aún recuerdo las imágenes que me impactaron muchísimo al ver desde la ventana del auto que conducía mi padre, a las personas con enfermedades mentales que se encontraban en el patio de un sanatorio (manicomio) camino a las pirámides. Creo que era en Tepexpan. Tristes personas de cabezas rapadas, algunos envueltos en mantas, sábanas o semidesnudos. Fámélicos cuerpos semejantes a las terribles imágenes que hemos visto del Holocausto.

En un asilo de adultos mayores ubicado en el centro de la ciudad es muy frecuente que lleguen autos con ancianos y los familiares los bajan del auto con el argumento de que van a ir a estacionar el vehículo. Los dejan con una bolsita de tela o plástico donde traen su pequeño guardarropa.

–¡Espérenos abuelito, vamos al estacionamiento y ya venimos. Así no tiene que caminar tanto!

A las 7 de la tarde, los encargados del asilo, antes de cerrar sus puertas meten a los ancianos que llevan horas esperando en la plazoleta. Ellos saben que fueron abandonados y que nadie regresará por ellos. Lo más probable es que ya tengan deficiente memoria y no recuerden los datos básicos para buscar a los responsables.

En el Bosque de Chapultepec –cada domingo–, se encuentran bebés abandonados en los cestos de basura o en los sanitarios, o personas con deficiencias mentales o ancianos deambulando sin rumbo.

Pero no tenemos que irnos a grados extremos, nuestras múltiples ocupaciones nos hacen ir lentamente olvidando a nuestros abuelos, tías o parientes ancianos. Siempre estamos con la idea de que: “Tengo que ir a verlos algún día de estos”.

Sin embargo, ése día nunca llega.

Más pronto nos llega la noticia de que ya se fueron.

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