Su mirada traslucía un abandono de sí misma, buscaba una lejanía que quizás la remontara a sus años felices, quizás esperaba el arribo de un imaginario tren para abordarlo en su final partida.
A lo largo de su vida había sido una persona dócil y bien intencionada. Del amor que sentía por sus padres se volcó hacia el de su marido. Ese hombre, era su sol y su vida giraba en torno a él. Los hijos no le importaban en el momento en que él estuviese presente. Voluble, indecisa, cambiaba de actitud y obedecía a lo que él le indicara. Eso le generaba conflictos con sus hijos, que sentían lo cambiante de sus decisiones y las contra-órdenes que finalmente acababan con lo ya acordadado.
A pesar de su edad, setenta y nueve años, conservaba una juvenil hermosura en su rostro y cuerpo. Un cuerpo desvalido por la enfermedad que la iba consumiendo poco a poco. Su rostro ovalado, se deformaba cada 21 días cuando dejaba de surtir efecto la quimioterapia. Entonces su blanca piel se inundaba de un rosa encendido y junto a su quijada, aparecía el maligno ganglio infartado. Los médicos le llamaban linfoma de no hudchkin, ella creía que era una inflamación temporal que cedía con el medicamento. A pesar de la quimioterapia periódica, conservaba su cabello, cuyas canas teñía con un castaño claro, tratando de imitar el color original.
Sus ojos color miel, tenían destellos de verde dependiendo de la luz, la habitación o la ropa con la estuviese vestida. Sus delgados labios temblaban en esos momentos y unas gotas de sudor se agolpaban en el borde de los mismos.
Su afinada nariz empezó a producir un cada vez más fuerte resoplido, se agitaba la respiración aún cuando en las narinas se le había colocado la transparente y delgada manguera que la proveía de oxígeno.
Abrió la boca y empezó una especie de ronquido que auguraba algo grave. Era como el sonido de la locomotora acercándose al andén, una sala de espera, pero no de un viaje, sino de la muerte.
Sus delicadas manos, consumidas por el tiempo comenzaron a temblar. ¡Qué lejanos estaban esos días, cuando virtuosamente tocaba el piano! Ahora solo quedaban delgadas espigas. En el dedo anular conservaba el anillo de oro, recuerdo de su enlace matrimonial, inseparable joya de toda su vida de casada.
Los brazos eran ya tan delgados e inermes, que con dificultad los movía, sin embargo la rítmica temblorina los fue invadiendo.
Pasaron escasamente treinta minutos, su boca abierta, su rostro enfilado a un costado de la cama.
El tren había llegado a la estación. En silencio, los pasajeros lo abordaron. Ella ya no recuperó su mirada de la lejanía.
Era la noche de su partida.
Juan Okie G.
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