Cuando utilicé la palabra “identidad” inicialmente fue cuando empecé a escribir los primeros manuales de identidad corporativa que empezaban a ponerse de moda entre las empresas. Todas querían tener su logotipo y su propia personalidad.
La identidad es el conjunto de rasgos o características que nos diferencian a unos de otros. Normalmente nos quedamos en el plano de la imagen externa, es decir, en nuestros rasgos antropométricos.
Sin embargo la identidad va más allá e incursiona en lo intangible o no medible. Es nuestra forma de pensar, de reaccionar, actuar, gesticular, de movernos. Hay microexpresiones que aunque pretendamos ponernos una máscara de falsa identidad, nos muestran tal y como somos.
La identidad psicológica va desde si te sientes a gusto con quién eres y cómo eres hasta cuestiones de tu temperamento y carácter que muchas veces no podrás controlar.
Hoy en día está de moda el término “robo de identidad” y resulta ser cosa seria porque te quitan información privada y personal para usarla con otros fines, ya sea mercantiles o de actividades delictivas.
Cuando los niños empiezan a reconocerse como únicos y diferentes, normalmente es su recámara o su espacio más íntimo lo que llegan a atesorar. Ahí guardan sus juguetes o “cositas” que las ordenan a su propio entender y cuando su madre decide “ordenarle” el cuarto, se produce un choque frontal. Le están alterando su identidad.
Cuando les ponen ropa que les disgusta y que no sienten identificarse con ellas, se produce un rechazo a la prenda y a la persona que lo obliga. Pueden ser esos ridículos uniformes de las escuelas que parecen haberse quedado atascadas en el siglo XVIII.
El otro día recibí una llamada desde Nueva York. La voz de mujer se identificó y me dijo quién era yo, cuáles eran mis teléfonos, mis publicaciones, mi actividad, mi domicilio, materialmente todo lo que jamás te imaginarías que un extraño puede conocer sobre ti.
Pretendía venderme un sistema de cómputo para escuchar a los otros, para espiar materialmente a los demás. Me horrorizó.
Es verdad que la implosión de los medios digitales nos acerca unos a los otros y nos permite diversificar el uso de herramientas ya sea para estudio, trabajo, entretenimiento y socialización. Pero también se han convertido en un arma de doble filo. Nuestra identidad está expuesta, está en peligro de ser usada, chantajeada, manipulada por propios o extraños e inclusive por los gobiernos.
En una cuenta bancaria ahora tendrás que entregar todos tus datos antropométricos para que ellos lo tengan y te administren tu dinero o tus deudas. ¿Se imaginan lo que podrán hacernos? Si con los simples números telefónicos día y noche nos martirizan ofreciéndonos tarjetas de crédito, planes vacacionales, préstamos y cuanta estupidez se les antoje. Ahora con nuestra identidad en manos de estos “banqueros” podemos ser presa fácil de innumerables abusos.

Estamos en la era del “big borther” que Aldous Huxley vislumbró en su novela “Un Mundo Feliz”. Otro visionario fue Anthony Burguess con su novela “Naranja Mecánica” que llevó genialmente a la pantalla el cineasta Stanley Kubrick.

Nuestra identidad está indefensa como lo están quienes van a las oficinas del registro civil o a los juzgados y quieren cambiar de sexo. Hoy publican en los diarios que han decrecido la demanda de estos servicios porque los mismos empleados discriminan y maltratan a las personas.
El sistema de control de identidades es una grotesca burla que se usa en todo el mundo para atemperar las campañas de miedo inducido que han orquestado gobiernos, dictadores, iglesias, sociedades elitistas, etc.
La identidad es privada, es nuestra y es el último reducto de nuestra propia libertad.
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