Un bello planeta nos fue obsequiado. Pletórico de diversidad, cubierto por oceános y continentes con los más diversos climas, plantas y especies animales.
Una esfera azul perdida en la inmensidad del universo que nos ha dado sustento y bebida por miles de años hoy la vemos devastada por la ambición humana.
Las natas de objetos de plástico flotan en los mares. Las nubes espumosas de los detergentes cubren los ríos y lagos. La tala inmoderada de árboles desertifica lo que antes fueran bosques y los contaminantes asfixian no solo a las ciudades grandes sino hasta en los más pequeños asentamientos humanos.
Hoy, arde la tierra.
Hace unos meses fue en la alta California y apenas unas semanas fue en la reserva de Xian Kan, Quintana Roo.
Hoy arde la tierra en el Amazonas.
Los voraces terratenientes desean acabar con el pulmón verde. El golpista Bolsonaro se hace el desentendido durante tres semanas.
Los aborígenes claman desesperados ante los periodistas internacionales y señalan al gobierno depredador.
Han destruido extensas zonas de bosque lluvioso, anegan de fertilizantes que se desembocan en el Amazonas y ya en el mar provocan que se incremente el sargazo.
La corriente de Humboldt lo arrastra hasta las costas de la riviera Maya.
El Rey del muro dice que no hay cambio climático y se le antoja comprar Groenlandia.
Mientras se deshielan los polos a velocidades insospechadas.
Estamos acabando con el regalo que nos obsequiaron para que fuésemos felices en el Paraíso siempre añorado. Un grito de dolor se escucha entre carbón y cenizas.
La tierra clama que detengamos a los salvajes depredadores que por un puñado de negocios son capaces de consumir el hogar de todos nosotros. El hogar que nos da cobijo, nutre y nos ama.
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