Los humanos siempre hemos estado obsesionados por medir el tiempo. El tiempo lo vinculamos primeramente con la alternancia del día y de la noche. A partir de ello contabilizamos nuestras vidas.
En el campo fisiológico hemos llegado a dividir los períodos de desarrollo en: lactante o bebé, infante, niño, pre- adolescente, adolescente, joven, adulto y finalmente adulto de la tercera edad.
Pocas veces nos detenemos a pensar en las edades o etapas psicológicas o mentales que realmente tenemos. De algo estamos seguros, de que cuando vemos ciertas reacciones en los adultos, inmediatamente decimos que es “tan caprichoso como si fuera un niño”.
Las emociones gobiernan en un altísimo porcentaje nuestro comportamiento. De ahí que nuestro organismo responda con infinidad de “ocurrencias” afectivas. Estos arrebatos son continuos provocadores de conflictos en nuestras vidas.
Es a través del aprendizaje o de nuestra evolución psicológica como vamos adquiriendo la habilidad de frenar esos instintos o berrinches emocionales, ya sea que los modificamos, les suavizamos, los logramos someter por completo o los alternamos y se nos acusa de ser cambiantes o impredecibles.
La realidad es que tenemos tres edades de maduración cerebral.
La primera –llamésmosle edad—es donde se manifiesta la personalidad que recibimos genéticamente de nuestros padres. Es la que genéticamente está condicionada por nuestra herencia. La empezamos a manifestar desde que somos bebés y se va convirtiendo en un juego emocional donde los adultos califican a la criatura como tranquilo, caprichoso, berrinchudo, de mal carácter, etc. Es el juego de la vida donde el individuo solo quiere comer, dormir y llamar la atención para recibir afecto o cariño por parte de los adultos. Es un ente que vive de buscar satisfactores. Son las funciones intelectuales básicas, el temperamento y el sexo lo que nos define en esa etapa.
Se caracteriza uno por ser vulnerable, estamos propensos a los miedos, tenemos pesadillas y afectividad negativa: Nos enojamos de súbito, rechazamos a las personas que no nos complacen lo que deseamos y nos atraen solo ciertas cosas.
La segunda edad viene a ser cuando aprendemos a socializarnos y adquirimos la manifestación clara de nuestro carácter. Adquirimos un conjunto de hábitos tanto emocionales o afectivos, como operativos para desenvolvernos en la familia, escuela o sociedad y desarrollamos nuestras capacidades cognitivas.
Nuestra naturaleza se manifiesta a través de la estabilidad y nuestros miedos en lo general son aprendidos por el entorno. Miedo a la inseguridad, miedo a no tener las cosas materiales que pensamos son necesarias y miedo a lo que socialmente nos inducen. Un claro ejemplo de esto es el de tantas personas que hablan de inseguridad aunque nunca la han padecido pero que lo escucharon en la radio, en la tv, en los memes y redes sociales o en conversaciones de amigos. Por un lado somos estables afectivamente pero vulnerables por inducción de otros. Podemos decir que en esta etapa somos más bien lo que los otros quieren que nosotros seamos y eso lo hacemos por “acomodarnos” y por sentirnos socialmente aceptados o asimilados.
Podríamos decir que es la etapa donde consolidamos nuestro carácter el cual lo domamos para poder apoyarnos en los otros, ya sea la pareja, la familia, los amigos o consejeros. Estamos en una etapa donde el “que dirán” y el “buscar consejo” nos resultan dos variables que norman nuestro comportamiento. Generalmente es la etapa en donde se busca una pareja estable y quizás el matrimonio.
Finalmente la tercera edad o etapa es la que elegimos por voluntad propia y es el resultado de nuestra madurez. Es la forma como nos conectamos con los otros y deseamos que los otros así nos perciban. Es el “fuera máscaras” y yo soy como soy. Si me quieren así, que me acepten y si no que se vayan de mi vida. Son frecuentes los rompimientos emocionales, los divorcios o la apatía y desagrado por nuestra propia pareja. Pero otros consolidan de por vida su relación afectiva y como dice el cuento “vivirán felices para siempre”.
Es la etapa en donde tenemos definido nuestro proyecto de vida, definimos nuestros valores, optamos por nuestros gustos propios y consolidamos nuestros procesos para enfrentar dificultades. Podemos decir que es la etapa en que maduramos nuestro temperamento y la afectividad para dar un perfil claro de nuestro carácter.
Al tener nuestro carácter definido somos propensos a eliminar la afectividad negativa que encontramos en los otros, nos volvemos muy firmes en nuestras decisiones pero también somos frágiles ante las depresiones puesto que ya no descansamos en los otros para resolver nuestros propios conflictos.
Si todo fuera así de esquemático, no seríamos individuos. Muchos habremos de tener regresiones y pasaremos indistintamente de una edad de inmadurez y egocentrismo a otra de madurez con carácter, etc. Estas fluctuaciones o regresiones son en su mayoría, comunes a nosotros. Así veremos a personas que llegan a la etapa senil y se vuelven tan demandantes como un caprichoso bebé o bien otros ancianos que tienen un carácter intolerable con profundos cuadros de depresión.
La única forma de mejorarnos en nuestro desempeño afectivo es la auto-consciencia, es el desarrollar la capacidad de analizarnos y con objetividad criticarnos a nosotros mismos. Es muy difícil pero necesario si es que deseamos concluir nuestras vidas con respeto, dignidad hacia nosotros y hacia los demás con los que hemos decidido compartir nuestra existencia.
¿Cuál es tu edad?
imagen internet: Rostbif
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