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Temporada de lluvias

Cursaba pre-primaria y junto a mi pupitre se sentaba Martha González. Ella platicaba que vivía junto a los Viveros de Coyoacán y lo describía como un hermoso y húmedo bosque donde había muchas ardillas y habitaban duendes.
¿Duendes?– le pregunté
–¡Sí como los de los cuentos y los que ves en las películas o en la tele! – me respondió con seguridad para continuar diciéndome: “Yo tengo una familia de duendes en mi cuarto, juego con ellos, les hago sus ropitas…son muy lindos”.
Ante la fantástica idea de tener un duende en mi recámara le pregunté la forma de cómo conseguirlo.


Ella, muy amablemente me dijo que los vendía a 100 pesos. Pero que yo tendría que preparar el hogar de mi duende para que cuando llegara a vivir conmigo, lo encontrara confortable y no se fuera a ir de la casa, porque eran muy especiales.

 

En mi familia se tenía la idea de que los niños no debíamos manejar dinero y eso implicaba un gran problema pues no teníamos ni mesada ni domingo.

Sin embargo, mi abuela materna, como toda buena abuela era conspiradora y de vez en cuando nos daba a escondidas dinero.

Así que me propuse pedirle que me refaccionara (sin mencionarle para qué lo quería) lo máximo que te daban en esa época eran cinco pesos y tendría que esperar a mi cumpleaños para me dieran un cofrecito que acostumbraba ella con cien pesos “de plata” acomodados en perfectas líneas.
Haciendo mis cuentas, negocié con Martha el irle pagando en abonos de cinco pesos.

Yo llevaba la cuenta escrupulosamente y me invadía la emoción el irme acercando a la meta. Finalmente cubrí los cien pesos.
En mi recámara ya tenía armada en una cajita de zapatos la que iba a ser la camita para mi duende.


Mis muchachas del servicio habían tejido las colchitas y hasta unos sweatercitos para abrigarlo cuando llegara. Tenía dos almohadas pequeñas que estaban rellenas de algodón por lo que se veían muy confortables. Además me agencié unos carretes de hilo, de esos que tenían su eje de madera para que el duende tuviera sus silloncitos donde reposar y le hice una mesita en la misma proporción, con pedacitos de madera adherida con pegamento de tal manera que estuviera en un verdadero hogar.

–¿Cuándo me traes a mi duende?—le pregunté a Martha y ella me pidió que tuviera paciencia porque tenía que ir al bosque y esperar con sigilo hasta atrapar al duende con una pequeña red de las que usan en los acuarios.
Así cada lunes, yo esperaba ansioso la llegada de mi duende.

Lamentablemente Martha me informaba distintas noticas, que si se le había escapado, que no apareció en el fin de semana, que estuvo a punto de capturarlo pero una ardilla lo salvó, etc.
Pasaba el tiempo y me sentía impaciente. Apremiándola ya con verdadera insistencia, finalmente me dijo:
–Es temporada de lluvias y cuando llueve, los duendes se esconden protegiéndose del agua y el granizo, así que tendrás que esperarte hasta que pasen las lluvias.

Desconsolado, me resigné a que pasaran las lluvias.

Ya de regreso de las vacaciones, en temporadas de estío o secas, regresé a la escuela.
La mala noticia fue que Martha ya no estaba en mi escuela.

Han pasado demasiadas temporadas de lluvia , hasta la ciudad se ha inundado pero Martha no aparece y mi duende tampoco.

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