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La Tina

Nunca había estado en San Salvador. Una ciudad centroamericana semi-tropical donde el desordenado crecimiento urbano ha deslavado su sabor local transformándola en una urbe cosmopolita de gris personalidad.
Amanecí en un hotel como cualquier hotel de cinco estrellas del mundo. Me asomé por la ventana y ví destacándose en la esquina de una plaza comercial, un Kentucky Fried Chicken, como cualquier otro del resto del globo.
Anoche llegué en un vuelo comercial desde la Ciudad de México. Eran pasadas las diez de la noche. Estaba cansado no tanto por el vuelo sino por la larga fila de migración donde se tenía que pagar diez dólares antes de pasar a que le revisaran a uno el equipaje.
Tomé un taxi para ir al hotel donde me registré. Ya tenían lista mi reservación por lo que el trámite fue muy rápido. Me sorprendió un poco el recepcionista que apenas me acerqué a su mostrador me había saludado familiarmente con mi nombre y apellido.
El bell boy llevó mi equipaje y me entregó la llave electrónica. Le di su propina de rigor y cerré la puerta. Realmente estaba cansado.
Sólo entré al baño a cepillarme la boca. La blanca y felpuda cortina estaba completamente corrida, supuse que había una tina.
Después de desnudarme, apagué la luz y dormí sin sobresaltos.
Era un nuevo día, me desnudé y me dispuse a bañarme.
Entré al baño y al recorrer la cortina descubrí que la tina estaba llena de sangre como si fuera un estanque rojo y se asomaban partes de un cadáver cuyas extremidades eran de un blanco casi transparente.
Horrorizado no supe que hacer.
Me preguntaba si debía llamar a la policía pero, ¿cómo explicar que toda la moche había pasado con un cadáver en mi cuarto sin que me hubiese percatado?
Luego pensé en huir pero rápidamente lo deseché pues tenían todos mis datos, numero de pasaporte y es más, el recepcionista me había nombrado con esa extraña familiaridad que me había sorprendido.
¿Sería una trama?
Ahora bien, si me iba al aeropuerto, desconocía los horarios y vuelos para alejarme del país, sin embargo dejaba yo la evidencia de mi presencia en ése cuarto y me declaraba automáticamente culpable de un crimen que yo no había cometido.
Además de un momento a otro llegaría la mucama a asear el baño, por lo que opté en vestirme, colgar la tarjeta de NO MOLESTAR en la manija de la puerta e irme a desayunar procurando ser muy visible a todo el personal y transmitir una seguridad que sería prueba de mi inocencia Ya en el restaurante, tenía poca hambre, más bien me invadía un tremendo asco. Terminé firmando la cuenta y al subir ví que la habitación contigua estaba abierta. De pronto pensé en la coartada perfecta. Mover el cadáver a ésa habitación. Alcé la mirada rastreando la posibilidad de detectar cámaras de vigilancia. Hasta donde mi vista alcanzaba no existía alguno de ésos dispositivos.
Un carrito de ropa sucia e implementos de aseo se encontraba junto a la puerta de seguridad. Lo tomé y rápidamente lo metí a mi habitación. Quité sábanas y toallas del contenedor. Drené la tina y cargué el inerte bulto con gran dificultad hasta meterlo en el carrito.
Me asomé por el corredor. No había “moros en la costa”.
Saqué el cadáver y lo introduje rápidamente en la tina de la habitación contigua. Procuré no dejar huellas mías en el cerrojo.
Devolví el carrito con toda la ropa sucia a su lugar de origen.
Me serené. Lavé escrupulosamente el baño. Me bañé y volví a vestir.
Era hora de irme a una cita de trabajo que tenía en el centro de la ciudad.
Ya en la tarde regresé. El recepcionista me saludó cordialmente y subí a mi habitación. No había nada irregular, ni sellos de esos que pone la policía cuando realizan la investigación de un crimen.
Mi cuarto estaba perfectamente aseado, la cama tendida y me cercioré de que en la tina no hubiera otro cadáver.
Prendí la televisión y esperé al corte informativo para ver si no salía nota sobre el crimen.
No hubo mención alguna.
Merendé en el restaurante y me subí a dormir apaciblemente. Me parecía que todo había sido una pesadilla y estaba fatigado por tanta descarga de adrenalina.
Acabo de despertar y al dirigirme al baño me encuentro con la terrible sorpresa de que ahora en la tina estaba otro cadáver. Es de una mujer joven, delgada y de cabello castaño.
¿Habrá otra habitación abierta? ¿Un carrito de ropa sucia?
Afortunadamente tú que estás con mayor serenidad que yo, me puedes aconsejar. ¿Qué hacemos?

Eternas enemigas

Se tenían que reunir tarde o temprano.
La situación se había tornado ya imposible.
No era ajustar cuentas o reclamar imprecisiones; se trataba de definir,
De una vez por todas, los límites de acción de una y de otra.

La vida estaba ya cansada de los arrebatos de la muerte.
Y ésta se sentía profundamente molesta ante la persistencia de la vida por aferrarse a su situación y negarse al cambio.

Terminaría la reunión sin llegar a ningún acuerdo.
Dios esbozó una sonrisa y para continuar su sueño se tapó el rostro con una nube.

Juan Okie G.

El enterrador

La vida en el pueblo era tan rutinaria como las campanadas que daba el reloj de la iglesia.
Ismael había crecido rodeado de féretros, candelabros y olor a parafina. El aroma de los muertos era más adulzado y semejante al perfume que despiden las varitas de nardo. Desde que su padre había fallecido, Ismael era el único enterrador en Santa María del Jaguey. Se había encargado del negocio por inercia. Para él no existía otro horizonte laboral que la sepultura de quienes morían en su pueblo y rancherías aledañas. El camposanto había sido el lugar donde de niño jugaba. Aprendió a leer repasando los nombres, fechas y epitafios grabados sobre mármoles y granitos de las tumbas. Las letras R,I,P se repetían con frecuencia. Ya de adolescente descubrió que eran abreviaciones en latín para “descanse en paz”.
El muchacho frisaba los veinticuatro años, delgado, con una cabellera azul negra como el plumaje de los cuervos. Aunque de facciones angulosas, su piel blanca contrastaba con sus ojos azabache y unas ojeras permanentes que hacían de su mirada una triste expresión de abandono. Por respeto a clientes y dolientes, siempre vestía pantalón negro y chaquetín obscuro, sólo una camisa blanca raída del cuello contrastaba en su atuendo. Sus botines siempre terminaban polvosos por la faena de remover la tierra de las sepulturas.
Casi no salía a la calle a menos que fueran menesteres de su profesión. Ir a casa del difunto, amortajarlo adecuadamente y montarlo en su carroza fúnebre jalada por dos jamelgos: la Tórtola y Estrellita. Ya en su establecimiento, procedía al desangrado del muerto y en algunos casos, les acomodaba las tripas cuando hubiesen muerto por arma blanca. Rara vez los embalsamaba. Era laborioso y caro, casi nadie podía pagar un trabajo tan fino. Eso sí, después de ponerles las prendas que las familias disponían como las últimas que usaría el finado, les acomodaba el rostro para que se viesen lo más tranquilo posible y en el caso de las mujeres, les pasaba el carmín en labios y mejillas. Con una dulzura inusitada maquillaba a las damas. A todos sus muertos les metía en las narinas y orificios de los oídos, unas torundas de algodón impregnadas de una fórmula heredada por su Padre. Así retrasaba la descomposición interna y la velación podía resistir la llegada de los parientes que venían de lejos. Normalmente la velación era de un día de duración. Le daba tiempo de cavar la tumba y tener todo listo para el funeral. El personalmente se encargaba del enterramiento.
Cuando doblaban las campanas al vuelo, le traía a su memoria la alegría que reinaba en su casa. Era motivo de fiesta porque habría dinero para pagar deudas y comprar carne y que su madre –también fallecida—preparase un buen estofado
En los días en que no había muerto que atender, Ismael se sentaba junto a la ventana de su modesta funeraria. Abría de par en par los tablones de madera que servían de persianas y observaba a través del vidrio a los parroquianos que iban y venían por esa calle que era la principal.
Invariablemente todos los días pasaba la bella Angélica. Iba a la misa de doce y regresaba por la misma acera pasada la una menos cuarto. Llevaba misal, rosario y velo en mano. Siempre de vestido largo, ceñido a su delicada cintura con telas estampadas con motivos de flores en sutiles colores.
Era hermosa, parecía una muñequita de porcelana con un cutis rozagante, fresco, sin polvo o cosmético que le ocultara la delicada piel. Sus labios carnosos de un rojo casi violáceo mantenían una tímida sonrisa que emana alegría y bondad.
Si en el camino se le acercaba algún pordiosero, detenía su paso, abría un pequeño monedero y con sus delgadas manos entregaba un par de monedas. Cuando el clima le exigía mayor abrigo, usaba un chal tejido a mano con estambres gris y rosa.

Ismael no faltaba a la cita. Desde media hora antes, su corazón palpitaba de emoción por el fugaz encuentro. Ella habría de pasar y voltear hacia el ventanal.
Ismael pensaba que ella lo miraba, aunque viéndolo desde la calle, el luminoso reflejo del vidrio servía de espejo para que Angélica se detuviera y ajustara algún detalle en su vestimenta o se acomodase el cabello que caía en dorados rizos sobre sus hombros.

—¡Me ha mirado! – pensaba el joven Ismael, mientras Angélica continuaba su camino hacia el templo.
—¿ Y si un día de estos salgo a saludarla? De seguro le interesaría hacerme conversación y hasta podría yo acompañarla a misa.
Sin embargo, la extremada timidez de Ismael lo frenaba manteniéndolo siempre junto al alfeizar, pasivamente observando.
De que pasaban otras mujeres, pasaban. Algunas igual o más jóvenes que Angélica, pero a él no le provocaban la misma sensación que esta mujer que caminaba como si flotara, con un garbo fuera de lo común.
En cuanto la noche se acercaba, Ismael recobraba energía del letargo cotidiano, salía hacia el camposanto para cerrar el portón y darle un último vistazo a las tumbas. Recorría todo el panteón a través de las calzadas flanqueadas por enormes cipreses. Las noches de luna le emocionaban. Las tumbas lucían bellísimas con esa luz blanca intensa que se tornaba en azul cuando la niebla despuntaba. Al final del cementerio había una suave colina que descendía donde pasaba el río. Bordeando su cauce unos enormes sauces llorones dejaban caer sus ramas cuyas delgadas hojas acariciaban la superficie del agua, dejando mágicas rayas en el espejo de plata.
—¡Tan pronto pueda, he de terminar de pagar mi lote en esta parte del cementerio!- pensaba Ismael — así estaré separado de las ánimas de los otros difuntos.

El muchacho se las había ingeniado para averiguar el nombre de ella, sus gustos, el ambiente familiar en el que se desenvolvía y el tipo de amistades que la frecuentaban. En una libreta escribía la fecha, la hora precisa y la frase que se repetía: “Angélica me miró y con su sonrisa refrendó el amor que por mi tiene.”
En las fiestas de carnaval las calles se saturaban de parroquianos que en alegres y bulliciosos grupos celebraban las “carnes tolendas”. Angélica no faltaba con su grupo de amigas, todas de la misma edad. Si el sol era intenso llevaban sombrillas y en la noche se hacían acompañar por farolas de papel que asemejaban acordeones verticales. Mientras duraba el jolgorio Ismael fantaseaba en la posibilidad de acercarse a ella portando una máscara y susurrarle tiernas palabras al oído.
Ensayaba una y otra vez las frases que habrían de detonar abiertamente el amor que existía entre ambos.
En las posadas se volvían a reunir los tumultos. Angélica llevaba un cirio que le iluminaba el rostro y para las fiestas patrias solía trenzarse el cabello con listones de los colores de la bandera. Pero en cualquiera de las ocasiones la rodeaban sus amigas y servían para resaltar la belleza de Angélica.
Para Ismael no tardaría mucho en que Angélica sería su prometida. Eso le constaba porque nunca había visto que hubiera algún muchacho que la cortejara.
Era lógico–pensaba Ismael, — suele sucederle a las mujeres más hermosas que se convierten en inaccesibles y pocos hombres tienen el atrevimiento de acercarse y entablar una conversación.
Estaba resuelto a pedir la mano de la bella doncella y garantizar a sus padres la solvencia de su negocio. Recordaba la trillada frase que solía usar su Padre: “En la funeraria, como en la casa del jabonero, el que no cae, resbala,” y aunque no fuera un negocio demasiado lucrativo, Ismael podría demostrar que era una actividad honesta donde invariablemente todos, tarde o temprano, tendrían que solicitar sus servicios.

Apenas comenzaba la canícula cuando se desató una feroz epidemia de disentería. Ismael parecía a no darse a basto de tanto difunto, especialmente niños y ancianos. Los niños ocupaban féretros tapizados de raso blanco. Como “angelitos” que eran, la gente gustaba de tomarles fotografías antes de que se cerraran los ataúdes.
El magnesio usado como flash para iluminar los retratos fotografiados con el daguerrotipo dejaba una nube de humo blanco que causaba escozor a los que lo respiraban. Esas noches se volvían infernales para Ismael que padecía de asma. Se le cerraba la traquea y comenzaba con un interminable silbido que le causaba angustia.
No dormía, tenía que pasar toda la velada sentado entre cojines y bebiendo con frecuencia la infusión de epazote de zorrillo. Esa hierba milagrosa que su Abuela le había enseñado como eficaz remedio para el asma y que la recolectarla entre las tumbas. La conocía tan bien que la sabía diferenciar de los otros epazotes silvestres.
También su abuela le había enseñado dónde encontrar el “zapatito de la virgen”, una planta que era útil para curar dipsomanías. Claro que se debía usar en la dosis adecuada y dependiendo mucho de si había sido un año seco o muy lluvioso. Más de cinco borrachos habían perecido por descuido de quien se las suministrase. Los que la libraban no volvían a beber en su vida. Y si por error les arrimaban algún trago, con sólo olerlo, se les desataba un vómito recurrente por varias horas.

Ismael sólo conversaba con dos personas: El médico y el párroco. El cura se entendía bien con él porque Ismael convencía a quienes solicitaban sus servicios de enterrador que era imprescindible contratar tanto misas de cuerpo presente como novenarios y si el presupuesto alcanzaba, las misas mensuales de rigor. Ahora bien, el funeral nunca estaba completo sin que el cura encabezara el cortejo y rociara de agua bendita al catafalco antes de que se lo tragara la tierra.
—Es por el bien del difunto— les decía Ismael, ya que sin esa última bendición, se corría el peligro de que el muerto no quedara en santo reposo y fuese utilizado por alguna persona de las que son dilectas a la brujería. Esta gente de oficio negro buscaba en las madrugadas alborotar a las ánimas y hasta les arrojaban prendas o fotografías para que las almas en pena hicieran el maligno trabajo. Así que con tales argumentos, Ismael y el cura hacían un mejor negocio.
El médico era otra cosa. Su conversación siempre era para alertar a Ismael de que se protegiera de los gérmenes cuando el cadáver portaba alguna infección contagiosa. En esos casos, el enterrador sellaba el ataúd y no permitía que permaneciese destapado durante el velorio.
A Ismael le asombraba el morbo de muchos de los dolientes. Esa compulsión de ver cómo quedó el muertito, destapar la caja y quedarse observándolo. Los comentarios que se repetían: “¡Qué tranquila quedó!” o el típico —¡Mira, se ve contento…ya está acompañando a Nuestro Señor!”
Cuando ya había amainado la epidemia y todo parecía que volvía a la normalidad, Ismael entró en un gran desasosiego. Angélica había dejado de ir a la misa de doce. Eso lo perturbó en demasía. No habían transcurrido tres días cuando se decidió por ir hasta donde ella habitaba. Para que no fuese observado por los siempre metiches parroquianos, tramó irse por las azoteas, cruzar por la alameda y volverse a trepar hasta la casa solariega de Angélica.
Y así lo hizo. No dejaron de ladrar los perros ante el intruso que ágilmente saltaba y se deslizaba entre tejados, y azoteas de mampostería. Era noche de luna nueva por lo que la obscuridad reinaba y el había guardado cuidado de vestirse todo de negro.
Al llegar a casa de Angélica descubrió que todas las habitaciones estaban cerradas y sólo el velador dormitaba junto al zaguán. Guardó silencio tratando de penetrar los muros de la casona. Procuró disminuir la frecuencia de su respiración como si con ése esfuerzo lograse escuchar con mayor fidelidad. Nada se escuchó.
Con las manos sudorosas y el corazón palpitándole, retornó a la funeraria. Ya en la madrugada, al filo de las cinco de la mañana, no pudo aguantarse más y fue a donde el Médico vivía y tenía su dispensario contiguo.
—¿Qué te sucede Ismael? ¿Pasaste mala noche?¿Te duele algo?-lo interrogó el galeno.
—No médico, estoy en perfecta forma– repuso el joven enterrador.
—¿Entonces, ¿ qué se te ofrece?
—Mire médico, a decir verdad, yo soy amigo de la señorita Angélica, la hija de Ángel Espinoza, el talabartero.
—Sí, los conozco bien. Bella muchacha tu amiga.
—Resulta que siempre la saludo cuando va a misa de doce, pero ya van para cuatro días que no pasa y eso me ha inquietado. Pasé a visitarla a su casa pero nadie me respondió.
—¡Ah, qué muchacho! ¿No te avisó que se ausentaron unos días porque se fueron a la capital? -repuso el médico con un dejo de displicencia.

Ismael pidió disculpas por haber sido inoportuno y se retiró a su oscura funeraria.
Pasaron dos días más y su corazón volvió a recobrar la alegría. Pasó junto a la ventana más radiante que nunca y con un nuevo atuendo, la hermosa Angélica.
Así se renovó el ritual de Ismael: Esperar cotidianamente el momento en que la amada pasara caminando junto a su ventana y retornara de misa con su alma reconfortada.

Si las miradas se cruzaban a través del vidrio, ambos guardaban un profundo silencio. Sólo las campanas de la iglesia servían de referencia y como si fueran vasos comunicantes, la emoción que recorría por sus venas, provocaba una exquisita sensación en Ismael.
Las campanas que doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste, era música para los oídos del lánguido enterrador.
Cortaba los tablones, usaba el berbiquí, ajustaba los féretros para luego tapizarlos por dentro con acolchados aparentes y barnizarlos por fuera. Luego ponía los herrajes y finalmente el Cristo doliente de metal dorado o plateado según combinara con el diseño.

No faltaban sus recorridos nocturnos por el panteón y a esperar a que llegara un familiar alarmado, solicitando sus servicios urgentes cuando hubiese fallecido alguno en la comunidad.

Pasarían algunas semanas cuando de pronto se volvió a notar la ausencia de Angélica.

No tardó ni un par de horas cuando llegó Ángel el talabartero con el rostro desencajado. Abrazó al muchacho sin poder contener el llanto. Un llanto desgarrador
—¡Mi hija, mi hermosa niña, ha muerto!
La noticia fue un balde de agua para Ismael.
Confuso, sin saber qué hacer, sentía que su cabeza le daba vueltas.
Respiró profundo y dándole palmadas al angustiado padre de su adorada Angélica le dijo: –Yo me encargo del funeral, usted busque la resignación en Cristo.

Ismael se esmeró en preparar el féretro más bello que se hubiese construido en Santa María. Adosó unos ángeles labrados en madera que tenía desde tiempos de su abuelo. Acojinó el interior con las mejores telas y se cercioró de que no le faltara nada para luego ir por el cadáver de la siempre deseada muchacha.
Sus ojos estaban desorbitados cuando llegó y la vio a ella, hermosamente acostada en su lecho de muerte. Pidió que lo dejasen a solas, según dijo, para amortajarla.
Al cerrarse las puertas de la habitación, se apresuró a acercarse, la observó con un detenimiento que jamás había mostrado por cadáver alguno. La tomó en sus brazos y con un sollozo apenas imperceptible, le besó su rostro, su cuello y finalmente sus labios.
Hubiera deseado no separarse un instante de ése frío y aún suave cuerpo.
No te alejes de mí—musitaba el muchacho.
Pronto estaré contigo.

La familia le había pedido que la amortajara en casa y así lo hizo. No se despegó del catafalco ni un instante. Veló junto con los demás dolientes, como si fuera uno más de la familia.
Encabezó el cortejo junto con el cura. Era de tanto impacto la noticia de la muerte de Angélica que materialmente el pueblo entero, observó como pasaba el cortejo, lento y rítmico por la calle principal.
Ismael se afanó en que la sepultura quedara en la colina que tanto anhelaba como última morada.
Los dolientes se fueron alejando y el permaneció de pie, observando la tumba, con la tierra fresca y un cerro de flores blancas que estaban amorosamente dispuestas.
En el crepúsculo, se retiró del panteón. En esta ocasión no cerró las rejas y con un caminar cansado, abatido por el dolor, retornó a la funeraria.

II.
Las doce sonaron en el reloj de la iglesia. El viento gemía entre las ramas de los cipreses, mientras que los sauces se agitaban violentamente dando latigazos al cauce del río. Con el reflejo de la luna, sus reflejos se veían como chispas plateadas en la superficie del agua.
Entre los cipreses apareció la delgada figura de Ismael. Se acercó a la tumba de Angélica y se avalanzó hacia la tierra, estrujándola, como si pudiera abrazarla con todo su cuerpo.
Se irguió y comenzó a remover la tierra.
Su corazón latía cada vez con más violencia, mientras escarbaba frenéticamente la sepultura. Las puertas de una capilla cercana se golpeaban con el viento y crujían sobre sus goznes con chirridos agudos y estridentes. Voló una lechuza blanca y se posó sobre una cruz que sobresalía entre las tumbas. La fuerza del viento erizaba el plumaje del ave nocturna.
Ismael estaba fuera de sí cuando golpeó el catafalco y el resto de la tierra lo escarbó con sus manos llegándose hasta sangrar las falanges. Una vez expuesto el ataúd, tomó un pico y empezó a golpear la madera.
Las negras nubes ocultaron el redondo y blanco disco de la luna. Comenzaba la tormenta con relámpagos que encendían más el blanco resplandor de las tumbas. Arreciaba la lluvia cuando por fin desprendió la tapa.
Un relámpago iluminó el pálido rostro de Angélica que comenzaba a humedecerse con la lluvia.
El enterrador se lanzó sobre el cuerpo, lo tomó con delicadeza inaudita y lo sustrajo de su caja. El vestido de encajes y tules se empezó a impregnar del lodo mientras él la conducía cargándola en brazos por las calzadas del cementerio.
Primero pasó por las tumbas más humildes y luego por las otras criptas o capillas más opulentas que estaban cercanas a las rejas de la entrada del camposanto. El cielo tronaba con un ruido sordo, grave y marcaba una tétrica sinfonía al ritmo de la lluvia que escurría entre los tejados y canaletas del desagüe.
El silbido del viento parecía un crispado lamento largo y desolador.
Así caminó Ismael con su amada inerte. Al atravesar el pueblo se escucharon lejanos ladridos de perros y algunas voces perdidas en el interior de las casas. Con la tormenta, nadie se asomaba por las ventanas e Ismael arreciaba el paso hasta llegar a la funeraria.
Después, un silencio; un silencio que llenaba la habitación donde la depositó con una ternura poco común.
Le acomodó su vestido. Tomó un trapo, le secó su rostro y manos. El amado le pasaba la mano por la frente con suaves caricias.
Musitaba palabras ininteligibles mientras que la duela del piso provocaba ecos de sus pasos que van y vienen trayendo los candelabros, cirios, floreros y un enorme Cristo con pedestal de plata.
El pálido enterrador empezó con su crisis de asma que parecían ahogarlo mientras las temblorosas manos se dedicaban a encender velas. Su respiración se tornó más fatigosa cuando el incienso del copal y mirra empezaron a exhalar sus nubes aromáticas. El joven empezó a tener estremecimientos involuntarios que anunciaban la cercana presencia de convulsiones. La oscuridad de la habitación se había desvanecido con las luces de los candelabros que parpadeaban produciendo extrañas sombras en paredes y techos. Angélica con su cuerpo inmóvil se veía temblorosa por el efecto de las candelas.
Ismael cayó convulsionándose sobre el cuerpo de ella.
—¡Por fin eres mía! —exclamó entre su agitada respiración asmática. Le tomó la cabeza acercándosela para darle un beso en sus labios desteñidos sin las reminiscencias rojo púrpura que tenía en vida para luego volverla a recostar. Con mucho cuidado depositó su hermosa cabeza sobre la mesa y cerrando los ojos intentó arrullarla amorosamente.
En una de sus convulsiones golpeó al candelabro cayendo éste sobre la duela cubierta de aserrín. El fuego se esparció con rapidez convirtiendo el lugar en una capilla ardiente.
Mientras caían las vigas ardiendo del techo que se derrumbaba y entre el chirrido del fuego abrazando a la madera, se escuchó a Ismael que lanzó un agudo grito.

Al día siguiente volvieron a doblar las campanas de Santa María. Nadie sabía si doblaban tristemente por Angélica, por Ismael o porque ya en el pueblo no había el enterrador que pudiera darle cristiana sepultura a habitante alguno.

Juan Okie G.

Pasiones mullidas

Nunca he dejado de mecerme. Es el sino de mi existencia. Ahora que me siento viejo y destartalado, que he perdido mi mullida apariencia, no dejo de menearme, sujetado por unos lazos, en este desvencijado carromato. ¿A dónde me llevarán ahora? ¿Por qué toda mi vida ha sido trajinar de un lado a otro? ¿Acaso así ha sido la existencia de los otros congéneres míos?

El sol de mediodía abrasaba el pavimento, mientras que los cascos del viejo jamelgo chocaban produciendo un metálico chasquido. El caballo se sabía de memoria la ruta, mientras que su amo, igual de viejo y achacoso que él, dormitaba con el rítmico movimiento. El remolque iba pletórico de desechos. Era una extraña mezcla de basura, objetos inservibles y tesoros solamente apreciados por el ropavejero y los pepenadores. En el horizonte se veía el tiradero de basura, sin embargo por efecto óptico, el negro asfalto parecía que despedía una especie de niebla candente que lo hacía borroso.

Iba colgando de la parte trasera, un mugriento colchón que lucía lamparones de todos colores. Hacía mucho tiempo que su tela debió haberse visto limpia y reluciente pero con el paso de los años resumía todas las excrecencias humanas que en su superficie pudieron permear.
Dicen que en la antigua Grecia, en cuanto nacía una persona, sus progenitores acudían a la brevedad a consultar al Oráculo de Delfos para conocer el destino que deparaba al hijo recién nacido.*

*Las personas que acuden a adivinos y pitonisas para saber qué sorpresas les esperan en el futuro, si hubieran nacido en el siglo V antes de Cristo y hubieran vivido en Grecia, habrían ido, sin duda, al oráculo de Delfos. Porque en este lugar es donde iba todo el mundo a descubrir qué le deparaba la fortuna. Dentro del templo, una sacerdotisa llamada Pitia (de donde se deriva la palabra pitonisa) intercedía entre el consultante y el dios Apolo. ¿Qué solían preguntar? Pues un poco de todo: asuntos políticos, religiosos, morales…

Este no fue el caso del personaje que nos ocupa. No se le conocen progenitores y fue el último en nacer ése día en la fábrica. Cobró vida apenas terminaron de cortarle los hilos de la costura que unía a la tela de jacquard con los mullidos rellenos, que como si fueran intestinos, cubrían sus resortes. El colchón percibía con asombro lo que le rodeaba. Era una sensación extraña, única. Como nadie le puso nombre, pero todos se referían a él con el apelativo de King Size modelo confort, decidió autonombrarse King o su equivalente en castellano: “Rey”.

El personal que laboraba en la planta fue saliendo poco a poco. Apagaban las máquinas, los hornos donde se moldeaba el hule espuma y finalmente las luces de la línea de producción. Los potentes reflectores de cuarzo se fueron desvaneciendo para dejar que iluminaran sólo las mortecinas luces de seguridad. Estás débiles luminarias permanecían encendidas durante toda la noche y normalmente guiaban al vigilante en sus rondines. Laboraban en la fábrica tanto hombres como mujeres. Entre las obreras llamaba la atención Irene, una joven muchacha de agradables formas que escasamente tendría veintitantos años; morena, con unos bellos ojos almendrados que a veces se veían color café claro y en otras ocasiones, dependiendo de la luz, parecieran verdosos. Sus labios carnosos adquirían una extraña sensualidad especialmente cuando apenas si los mordía con sus blancos dientes. Proyectaba un gesto ambivalente: ingenuo y provocador. Al llegar a los vestidores, Irene se desató su cabello café obscuro, sacudiéndolo a la vez que se quitaba el uniforme de obrera. Se puso una playera color rosa muy ajustada, ciñéndose una falda floreada y se calzó con unas zapatillas rojas sin tacón. El conjunto armonizaba con su piel canela, resaltando sus hermosos y redondeados senos.

-¿Te esperamos compañera? inquirió con desgano Mariana, Irene le respondió con su voz suave y armoniosa: -No manita, adelántense, tengo que recoger mis trastes del almuerzo, y fingió dirigirse hacia la cocineta. Las compañeras musitaron algo que Irene no alcanzó a entender, no importa, de todos modos ni querían que me fuera con ustedes, remató Irene, mientras que las compañeras se alejaban riéndose.

Junto al reloj chocador estaba Leonardo, el joven vigilante, bien plantado sobre sus botas lustrosamente negras. El pantalón azul reglamentario le quedaba un poco apretado, develando su musculatura de muslos y nalgas. La camisola estaba abierta del cuello y se le veía la camiseta blanca. Su piel era más clara que el promedio de los obreros. Indudablemente era apuesto: de barba partida, quijada ovalada, nariz recta rematada por un bigote finamente recortado, cabello quebrado de color negro profundo y unos ojos vivaces que reforzaban su galanura.
Conforme desfilaba el personal y sellaban su tarjeta de asistencia, Leonardo se despedía de ellos por su nombre, ya que a él no le gustaba llamarlos por sus apodos ya que perdía autoridad. Al cerciorarse que todos habían ya salido, a excepción de Irene, atrancó el zaguán de acero y se dirigió hacia la línea de producción.

Irene lo aguardaba junto al colchón recién nacido. La tenue luz le bañaba su cuerpo cenitalmente, remarcando la belleza de sus curvas. A medida que Leonardo se dirigía hacia ella, él se iba desabrochando la camisola hasta quedar en camiseta. La tomó de su delgada cintura y la atrajo hacia él mientras se zafaba las botas. Con la otra mano le acarició suavemente sus muslos y lentamente fue metiendo su viril mano entre la ropa íntima hasta sujetarla con firmeza. En ese momento besó sus labios carnosos, mientras ella fingía resistirse.

Apenas habían pasado unos cuantos minutos desde que percibí por primera vez la luz cuando de pronto sentí que algo caía sobre mi acolchado cuerpo. Descubrí lo que después habría yo de identificar como hombre y mujer. La sensación fue muy extraña. Se retorcían y juntaban, un cuerpo con el otro, se entrelazaban en una especie de lucha por sujetarse pero a la vez escaparse, era una danza de atracción y rechazo. Se despojaron de las telas que los cubrían y una vez desnudos, empezaron a producir un rítmico movimiento hasta que de pronto, el hombre se centró entre las piernas de la mujer y ella produjo un ligero sonido. A partir de ése momento ella dejó de rechazarlo y él dominó su cuerpo. Con un violento movimiento pero a la vez acompasado. Así duraron por varios minutos. Gemían, musitaban palabras, se besaban y parecía que disfrutaban de todo esto que culmina con una erupción de energía, eso que los humanos denominan “orgasmo”.Yo también, empecé a descubrir el gozo de sentirlos a lo largo de mi cuerpo. Entonces comprendí –sin necesidad de un oráculo – mi misión en esta vida: Yo debía provocar placer, emoción…gozo, a quien reposara sobre mi superficie.

No todos descubrimos a temprana edad nuestra vocación, por ello, “Rey” aventajaba en mucho a sus congéneres. Irene y Leonardo reposaron abrazados unos momentos y luego se vistieron nuevamente. Leonardo la acompañó hasta el portón y se despidió de ella con un apasionado beso.

Al día siguiente en la fábrica, el bullicio comenzó desde temprano. Dos obreros colocaron a “Rey” sobre una plataforma, lo trasladaron a donde lo embalaron, apilándolo con otros colchones de su tipo. Luego vino el montacargas y al poco rato “Rey” iba ya bailoteando en el camión que lo fue a depositar en una lujosa tienda de camas y colchones.

Me sentí muy especial cuando me colocaron en el aparador, era un ventanal bien iluminado que adicionalmente tenía reflectores que destacaban – aún más – mi atractivo diseño. Las personas que pasaban por la calle, se detenían a verme como si me conocieran. No sabía lo que hablaban pero luego de un instante se alejaban. Yo estaba inquieto porque deseaba que alguien se recostara sobre mi cuerpo. Algunos de las personas entraban a la tienda, acariciaban mi superficie, se sentaban rápidamente, me tocaban o pellizcaban, pero antes de que pudiera empezar a provocarles algún deseo se ponían de pie, preguntaban sobre mi precio e iban repitiendo la rutina con mis demás compañeros.

¿Ustedes muchachos sienten lo mismo que yo? Preguntaba con interés a los otros colchones alineados a mi alrededor. Para nada, contestó uno de ellos. ¿Sentir? -dijo otro- ni que fuésemos humanos. Y remató otro con voz somnolienta, estamos hechos para descansar, para dormir.

Al llegar la noche empezaron a apagar los reflectores. Matilde, una de las vendedoras, se sentó sobre “Rey” y subió las piernas para recostarse.
Estoy cansada de tantas horas de estar de pie, además estos tacones me fastidian, me acuerdo de lo que siempre decía mi abuela: “Hay dos tipos de zapatos, los que te aprietan y los que te ayudan a caminar. En la vida uno debe buscar facilitarse las cosas y deshacerse de aquello que te molesta.”
Dicho esto, procedió a descalzarse, botando los tacones por el aire.
Apenas Matilde se hubo acostado sobre “Rey”, una extraña sensación empezó a recorrer su cuerpo. No eran bochornos pues ella apenas tendría unos treinta años. Sin embargo empezó a sentir un deseo irrefrenable, una especie de pujo. Especialmente sentía un húmedo calorcito en la entrepierna. Son de esas cosas que nadie se lo explica, el joven dependiente que cerraba las cortinas sin querer pasó junto a ella y le rozó ligeramente el muslo. Esa fue la provocación suficiente para que Matilde, fuera de sí, lo tomara del cuerpo y lo jalara sobre el colchón. Todo fue tan rápido, tan impetuoso, que logró excitar al mozalbete y en un abrir y cerrar de ojos ya estaban haciendo el amor sobre “Rey”.

Yo confirmaba mi vocación pero aún más, estaba descubriendo el poder sobrenatural que tenía. Estaba seguro de que quien descansara sobre mi mullida superficie, obtendría de inmediato una excitación que culminaba en el mejor orgasmo que jamás hubieran imaginado.

“Rey” no duró mucho tiempo en el aparador. Llegó un pedido grande y pronto fueron embarcados más de veinticinco de sus compañeros, incluyéndolo a él, con destino a un “Motel de paso”, según refería el chofer. Era el viejo motel “Palo Alto” en la carretera libre a Toluca, recientemente remodelado y acondicionado con jacuzzis en cada habitación.
La suite 17 se había convertido en la más solicitada. Se llegaron a dar días en que una fila de autos aguardaba su turno para que sus ocupantes pudieran entrar y hacer el amor.

El vigilante-administrador-cajero, Raúl, era un hombre de unos cincuenta años, canoso, algo regordete, parsimonioso para hablar y cuyo rostro arrugado aparentaba una mayor edad. En cambio Manuel, el mozo-camarista-chalán era un joven de escasos veinte años, moreno casi tirándole a mulato, atlético y con un corte de peinado a la moda, de los llamados raperos. Vestía una playera deslavada y unos pantalones de mezclilla muy amplios que apenas se colgaban de sus caderas dejando ver sus calzones decorados con máscaras de “lucha libre”. Tenía un arete de poco valor y el brazo mostraba una profusión desordenada de tatuajes.
Te fijas Manuel cómo solicitan la “suit” 17, ¿qué le encontrarán de diferente?, porqué se la pelean tanto, comentó Raúl, mientras Manuel apilaba las toallas y sábanas sucias para envolverlas en un paquete destinado a la lavandería, no sé Don Raúl, es el mismísimo diseño de todas las otras habitaciones, a menos que, porque le da más el sol en las tardes, sea muy calientita, y en eso de los calores, pues es el negocio, ¿o no?, respondió Manuel dejando entrever una idea morbosa, puede que tengas razón, la calentura se aviva más con el calorcito del cuarto, repuso Don Raúl, rieron ambos y continuaron con sus quehaceres.

Esa tarde el motel andaba flojo de visitantes pero finalmente llegó un muchacho, solo, sin pareja, pidió la suite 17, pagó como se acostumbraba por adelantado, se bajó del auto con su computadora lap-top y entró en el cuarto. Manuel ni siquiera recorrió la cortina para ocultar a los huéspedes de alguna mirada indiscreta.

Era un día bastante aburrido, sin acción alguna y me encontraba adormilado cuando escuché que alguien entraba a la suite. Contrario a lo de costumbre no escuché que los amantes se dirigieran palabra alguna. Al poco rato descubrí que era un visitante solitario y en lugar de acostarse sobre mi superficie, se sentó en la silla junto a una mesa, colocando su computadora. Estaba yo muy intrigado.

Al entrar a la suite 17 lo primero que hizo el joven inquilino fue conectar su lap-top y encenderla, después empezó a teclear comandos hasta que se enlazó vía web-cam. En la pantalla apareció una hermosa joven de cabellos dorados y ojos azul profundo. A lo mucho tendría unos dieciséis años. Se saludaron efusivamente y el joven le dijo: “Qué mala onda de tu jefe que no te dejó salir… ya estoy en el Motel, sólo y mi alma. Pensar que ya lo teníamos todo planeado para estar juntos”, la chica le respondió lamentándose el estar prisionera de sus padres, sin embargo, le dijo al muchacho, te escribí un pensamiento, ¿Te lo leo?, a lo que el joven repuso, entusiasmado, que la escuchaba con interés.

Amado mío, cuánto quisiera estar entre tus brazos, esperando la oscuridad de la noche, acariciándonos la piel y deseándonos fundir en un solo cuerpo. La rabia de la impotencia me consume sabiéndote mío y teniendo por obstáculo la distancia. Mi habitación se ha convertido en prisión y mi deseo de amarte, se consume en la desesperanza de saberme enjaulada por el mísero celo de mis padres. Me siento Julieta sin mi Romeo, ven a mí en cuanto se pueda, sujétame entre tus brazos hasta que el aliento de los dos, sea uno solo, hasta que nuestros labios se tornen mudos de tanto besarse.

El joven tomó la computadora y se enfiló a recostarse en la cama. Al mismo tiempo, le decía cuánto le había gustado su pensamiento, que por favor guardara el escrito hasta que se lo diera en persona.
Lo sentí cómo se trepaba a mi acolchada superficie. Despejé mi confusión, recordando mi misión en la vida y empecé a emanar los efluvios magnéticos que caracterizaban a mi don. No tardé mucho en empezar a lograr mi objetivo. El muchacho se despojó de sus vestimentas y empezó a tener una erección.

Frente a la pantalla de la computadora el joven desnudo, empezó a mostrar su miembro erecto por la web-cam. Su bella amada, abrió su blusa, comenzó a acariciarse sus pechos y luego descendió su mano hasta anidarse en la región púbica. Los dos, vía Internet, comenzaron a excitarse, diciéndose palabras dulces y emanando ternura en cada movimiento. Así continuaron hasta lograr sincronizar el orgasmo virtual.

Descendió el conductor al llegar el carromato al tiradero de basura y empezó a soltar las cuerdas que sujetaban al viejo colchón. El mismo peso fue venciendo la tirantez de las cuerdas y de golpe cayó sobre los montones de basura, desprendiéndose una ligera polvareda.

Lo que me faltaba, que me dejaran caer sin ningún comedimento. Percibo el ambiente muy cargado de olores y me siento en contacto con el suelo húmedo.s del suelo. Este lugar es para mi completamente desconocido, ni fábrica, tienda, motel, comisaría, ni hogar de menesterosos. ¿Cuántas cosas más me faltan por vivir? Parece haber transcurrido una eternidad desde el día en que por primera vez percibí mi existencia. No cabe duda de que la vida es un aprendizaje continuo que lejos de ser infinito, parece más bien una cinta de Moebius.

La fama de la suite 17 tendría que ser obligadamente efímera. Un buen día llegaron a ocuparla un Sargento de transmisiones del ejército. Bajo de estatura, complexión marcada, piel morena obscura, bronceada, corte de cabello estilo militar. Vestía de civil pero se veía a leguas su ascendencia militar. Meticulosamente se quitó la ropa acomodándola en la silla, quedño solo con la camiseta y la trusa, ambas negras con un borde rojo. De forma por demás caballerosa tomó de la cintura a su pareja y le condujo hasta la cama. Rehusó ser besado en la boca. Se quitó la ropa interior y rápidamente se montó sobre el cuerpo, iniciando de inmediato el acto sexual.

El ritual se repetía. Los sentí cómo se acomodaban sobre mi. Casi no me dio tiempo de provocarles excitación alguna, puesto que de inmediato empezaron a copular. Había algo extraño en todo esto, algo que no me parecía bien vibrado.

Al terminar, el sargento se retiró hacia el baño, no sin antes tomar su ropa. Su pareja dormitaba boca abajo sobre las sábanas revueltas. El se duchó secándose después con la afelpada toalla y se puso rápidamente su ropa interior. Sacó del pantalón una navaja de resorte y se dirigió hacia la cama. Con una velocidad sorprendente, metió y sacó la navaja infinidad de veces. El cuerpo ni siquiera tuvo tiempo de resistirse.

“Una vez que ya alguien se ha entregado a mi, no puedo permitir que sea de alguien más”. Fue lo único que dijo. Procedió a lavarse, se terminó de vestir y salió sigilosamente de la suite. El auto era de la víctima y ahí permaneció en el abandono como mudo testigo.

Pensé que estaban repitiendo el acto, hasta que percibí cómo la sangre caliente permeaba mi superficie y el cuerpo yacía inerte arriba de mi, al pasar varias horas se fue enfriando.

El revuelo fue mayúsculo cuando Manuel descubrió que los inquilinos del 17 no salían. Abrió con la llave maestra y luego corrió asustado a la oficina para avisarle a Don Raúl, quien llamó a la policía. Los servicios periciales se llevaron las evidencias del crimen, entre ellas, el colchón ensangrentado.
“Rey” fue colocado en una minúscula bodega. Los peritos, fingieron buscar restos de cabello, algo que pudiera dar con la pista; el ADN del asesino. Por meses “Rey” permaneció en completo estado vegetativo. Hasta que un día el judicial en el turno de la noche se puso a beber ron con su asistente.
Ya entrada la madrugada le dijo al muchacho que sacara el colchón y lo pusiera en el despacho para que se recostaran.

“Rey” se encargó del resto.

Lo que más le preocupaba al comandante, era la recurrencia que empezó a tener con esa fatídica combinación de ron-madrugada-colchón y asistente. Por eso decidió regalarle el colchón a la afanadora. Una mujer afable que vivía en un cinturón de miseria. Llevaron el colchón arriba de la patrulla del judicial. La mujer vivía con su marido y su anciana suegra. El colchón sería para la ancianita, así dejaría de dormir al ras del suelo.

Volví a percibir la luz mientras me trepaban en el techo de una patrulla. Llegué a mi nueva morada y me cubrieron de cobijas. Al poco rato trajeron a una anciana que apenas si se bastaba a sí misma. Continuamente me mojaba con sus orines incontinentes. Su nuera la regañaba mientras cambiaba los zarapes. La situación era insufrible para los dos. Sin embargo una noche empezó a temblar todo su cuerpo y volví a sentir mi irrefrenable instinto de complacer.

La respiración de la anciana empezó a acelerarse, una temblorina invadía sus extremidades. Se avecinaba lo peor y la calamidad era que en ése momento no había nadie en la humilde covacha que le hiciera compañía en tan difícil trance.

Si bien yo ya desde el asesinato en la Suite 17 conocía la energía de la muerte, nunca antes había experimentado la sensación de que alguien agonizara sobre mi superficie. La anciana se debatía en aferrarse a la vida o sucumbir ante la seducción de la muerte. Por ello puse mi mejor esfuerzo logrando que de pronto, la ancianita empezara a sentir los preámbulos de su mejor orgasmo. Como dicen los humanos: “A la vejez, viruelas”. Fue una agonía singular. De pronto la anciana dejó de convulsionarse y se empezó a acariciar el cuerpo, sus ajados senos, sus muslos marchitos y a sobarse la parte más íntima. Abrió desorbitadamente los ojos para luego sonreír complacida mientras entre estertor y estertor, gemía plena de placer. Así murió en medio del más intenso orgasmo.

-Fíjate viejo cómo quedó tu mamá, exclamó con sorpresa la afanadora, sí vieja…se ve que quedó muy tranquila, muy satisfecha, dijo el marido doliente, así yo también quiero morir como mi suegrita, sonriéndole a la vida, satisfecha de todo lo que hizo, reparó la afanadora. Eso sí vieja, el colchón de mi difunta madre no lo quiero ver más en la casa. No quiero estar sufriendo con sus recuerdos, dijo el marido buscando la anuencia en el rostro de su mujer.

Se comentó mucho la expresión de placer que guardaba el rostro de la difunta entre las amistades y los compadres. Pocas veces el rictus de la muerte se refleja también como un orgasmo.

Una vez más “Rey” se mudaría de casa. Pero en esta ocasión parecía que lo llevarían a un lugar definitivo. La afanadora corrió tras el carromato del ropavejero, habló con el conductor y le dio un puñado de monedas para que se encargara del viejo colchón. El hombre sacó de un morral los lazos de mecate con los que sujetaba los objetos grandes y que se pudieran caer en el trayecto. Cinchó al colchón con fuerza, se trepó en el estribo, le dio dos palmadas en las ancas a su famélico caballo e inició el camino hacia el tiradero de basura.

Una vez que descargó todas las inmundicias que llevaba en su carreta, el anciano y su caballo se alejaron, no sin antes despedirse de los pepenadores que vestían harapos mugrientos en gama de tonos sepia, café, negro y variantes. Una pareja de pepenadores se acercó a revisar la mercancía recién llegada. Levantaron un bulto de cajas de cartón y descubrieron el colchón.

Al sonreír, la mujer mostró su boca desdentada. Sus cabellos al igual que sus harapos, estaban enredados y sucios. El hombre no se quedaba atrás, era obeso con unas manos toscas con suciedad de años. Le hizo un gesto provocador, ella se levantó el jubón de harapos y se colocó sobre el colchón con los brazos extendidos. Se sujetó del colchón manteniéndose de rodillas y mostrando su sucio trasero al aire. El se colocó detrás, urgó entre sus raídos pantalones sujetados por un mecate. Se le repegó y empezó la cópula sin preámbulo amoroso.

Nunca he dejado de mecerme. Es el sino de mi existencia. Ahora abandonado en este muladar, con los hedores del desperdicio que los humanos producen y aunque me siento viejo, destartalado, sin mi mullida apariencia, no dejo de menearme, cansado de dar tanto placer.

El atardecer se aproximaba tiñendo de rosa unos alejados nubarrones. Algunos zopilotes revoloteaban entre la basura. En el horizonte de desperdicios había unos cuantos hilos de humo que emanaba la composta. Los dos pepenadores terminaron el acto sexual y al erguirse acomodándose sus sucios ropajes, el hombre sacó una daga, se la dio a la mujer y le dijo: Ábrelo a lo largo, sacas toda la borra y la juntas. Separa bien los resortes, porque esos se venden aparte y para rematar añadió: haces en tiras la tela, la anudas como lazos y con ella sujetas tanto a los resortes como a la borra y el
hulespuma.
Estaba yo muy confundido, la pepenadora parecía que me acariciaba como una especie de despedida. Cayeron sobre mí unas cuantas gotas de eso que llaman “lágrimas”. Sentí cómo me clavaba la navaja e iba abriéndome en canal.

No cabe duda, la pasión, como la energía no muere. Se transforma.

Por Juan Okie G. – Mayo 2011.