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Pap

Así abreviaba la palabra PAPA cuando era niño. Se volvió costumbre y toda la vida le dije “Mi PAP”.
Es mi padre.
Nunca digo era, porque para mi la muerte no existe, a quienes amamos simpre los tenemos presentes y su energía está reintegrada al cosmos.
Además, el siempre ha mantenido la idea de que los hijos son la mejor manifestación de que la rencarnación existe. Eso puede granatizar que el 50% de mi padre está presente en cada una de las células de mi cuerpo y no se diga del torrente sanguíneo. En mis venas corren unidos el amor de mi padre y mi madre.

Mi PAP es todo un personaje y quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo no dejeran que mienta:
Fuerte, voluntarioso, culto, inteligente, tosco, tierno, amoroso, gran conversador, excelente lector y muy estricto.

Hay muchas otras palabras que lo pudieran describir.
El mismo se describía como “el guapo del barrio” y a decir de mi madre, observar las fotos cuando joven y de las mujeres que lo acosaban, debemos admitir que tenía su “sex appeal”.

En este sentido me acuerdo cuando yo cursaba la primaria. Mi Pap procuraba acudir a recogernos todos los días, a las dos de la tarde – a excepción cuando tenía operación o urgencias – llegaba a tiempo, con un libro o revista en mano. Aguardaba de pie, en el corredor a la salida de la escuela. Leía mientras esperaba a que llegáramos sus cinco pingüinos.
A veces me presentaba yo primero.
No faltaba alguna de las maestras o de las mamás de compañeros que estuviesen “platicando” con él.
Yo, evidentemente, no sabía nada de lo que era el flirteo, pero sentía las extrañas vibras que emanaban esas mujeres, platicadoras, curiosas y finalmente coquetas.

Mi padre fue discreto pero de que hubo más de una que se le “lanzó”, ahora de grande lo entiendo.
Luego él mismo confesaría, poco antes de morir, que fue muy mujeriego pero que el único amor de su vida era mi madre.

Mi PAP era una combinación de sibarita (Bon vivant) y monje cartujo. Igual podías estar viajando hospedándote en el mejor hotel o comiendo en el más exclusivo restaurante, que estar bebiendo desesperadamente agua junto a un abrevadero de mulas después de una calurosa, intensa y agotadora “excursión burrera” como él las autodenominaba.
Un día antes de morir me dijo: “Lo único que lamento de lo que viene, es que ya no podré estar junto a ti, hijo mío”.

Extendió sus brazos para que lo abrazara. Estaba muy delgado y postrado en la cama. Habíamos luchado cinco años y medio contra el cáncer, sin que nunca se quejara de dolor alguno. Estoico, había soportado el dolor en silencio.

Aguantándome el llanto le dije: “Al contrario Pap, estaremos más cerca porque la energía ya no tendrá barreras ni físicas ni espaciales. Estaremos más juntos que nunca”

No quería dejar pasar éste día, comercialmente publicitado como Día del Padre, para rendirle un pequeño homenaje al hombre que me enseñó a amar a México, amar la vida y a enfrentar los retos que el destino nos depara día con día.

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