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Noviembre 11

Su rostro surcado por profundas arrugas que revelaban una vida de sufrimiento y amargura. Sus pequeños ojos azules de inquietantes movimientos. Sus labios apretados por la ira o el enojo. Delgada, de cabello corto, siempre con un sweater abierto, sus lentes de armazón anticuados, cargando un pesado portafolio de cuero donde llevaba todos los trabajos, reportes y elementos necesarios para sus asignaturas.

Llegaba en su vieja camioneta color verde pistache (Chrysler station wagon 1949) y al parecer, para ayudarse en su economía llevaba a algunos alumnos como especie de servicio de transporte escolar.

Mrs. Martha De Vries era la maestra de inglés en quinto año de primaria y que por fatalidad del destino o por afortunada circunstancia al siguiente año, nos tocó nuevamente como titular del grupo y a la vez, maestra de inglés en el sexto de primaria.

Tenía fama de estricta y dura. Su nacionalidad original era inglesa. Todos los alumnos le temíamos antes de conocerla. Esto forzaba a que cuidásemos de ser muy disciplinados y obedientes. Sin embargo conmigo la relación fue ambivalente.

Un buen día me llamó la atención y me dijo: “John you are a little monkey. I shall talk today with your Father”. (Juan eres un changuito y hoy hablaré con tu padre).

La amenaza era muy factible porque mi padre siempre pasaba a recogernos y se colocaba en el largo corredor por donde desfilábamos todos hacia el zaguán. Generalmente llevaba un libro o revista y permanecía de pie leyendo mientras nos íbamos juntando sus hijos como polluelos alrededor del gallo.

A la salida de esa tarde, fue una experiencia terrorífica. Llegué, saludé de beso a mi padre y me coloqué calladamente a su costado con la conciencia intranquila de que sería reprimido.

De súbito apareció Mrs. De Vries. Con su cadencioso paso se me hizo eterno verla aproximarse hacia mi padre.   Del rabillo de su ojo percibí su mirada escrutadora. Firmemente me vió. Creí haber visto que se le humdecían ligeramente sus ojos. Con su añeja mano huesuda, llena de pecas y venas saltonas pasó su mano sobre mi cabeza acaricándome. Volteó a ver a mi padre. Le deseó buenas tardes y le dijo: “Su hijo es muy lindo, estudioso e inteligente. Lo felicito”.

Mi padre se lo agradeció. Yo quedé sorprendido y en el fondo enternecido.

Al día siguiente, era 11 de noviembre. Llegó la maestra con un inusual caminar de profundo abatimiento, casi depresivo. Me saludó y me dijo que ojalá hubiera aprendido lo importante que es portarse bien. Asentí con el rostro y le respondí: “Yes Ma´am”(era la forma como nos dirigíamos a las maestras y “Yes sir” a los maestros)

Todos los alumnos del salón nos habíamos puesto de pie y esperábamos a que ella se sentara para hacer lo mismo. En esta ocasión, ella permaneció de pie y nos pidió guardásemos un minuto de silencio. Al concluir nos dijo que Noviembre 11 era un día muy importante para el mundo ya que era el día del “Armisticio” con el cual se había puesto fin a la Primera Guerra Mundial. Sus ojos se habían enrojecido y derramó unas cuantas lágrimas mientras sacaba un pañuelito con encajes bordados es sus orillas y se limpiaba el discreto llanto. Carraspeó y nos pusimos a trabajar.

Nunca explicó aspecto alguno de su vida privada ni se “victimizó” por su experiencias en las dos guerras. Sabía yo que algo muy fuerte la había causado en sus sentimientos. Aparentemente rígida, dura emocionalmente, pero con las cicatrices de las guerras que marcan las vidas de la humanidad y esconden la ternura del ser humano.

Martha S. de Vries fue la maestra que me enseñó a entender la importancia del armisticio y que con su ejemplo personal me mostró la bondad de convivir en paz.

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