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Matermorfosis

Mater es madre en latín.

Ella había ido a la Universidad y en alguna de las materias le habían indicado que leyera “La Metamorfosis de Franz Kafka”.

Le había impresionado muchísimo el relato y lo atesoraba en su memoria como uno de los relatos que dejan huella en la vida. Otro de sus tesoros que celosamente albergaba en su mente era su relación con su madre.

Sabía que era una de las miles de millones de mujeres que viven en el planeta y que contaron con la fortuna de tener una buena mamá.

Su madre le había cuidado con esmero desde el comienzo del embarazo y su mamá le contaba que un buen día, después del ultrasonido le informaron que sería niña –lo que le entusiasmó sobremanera—y dispuso todo para recibirla.

Los maternales cuidados fueron gratas experiencias para la niña que desde pequeña recordaba las caricias, los besos, la ternura con la que la bañaba o arrullaba. La madre siempre vigilante de su salud y de darle lo mejor en todos los sentidos.

Toda su niñez fue de mimos. Su madre se esmeraba en acicalarla y enviarla siempre –muy bien arregladita–, a la escuela o a sus fiestas infantiles.

No niega que tuvieron sus diferencias durante la adolescencia. Son etapas de desarrollo que toda relaciíon sana de madre e hija se da, pero el buen juicio de la madre atemperaba los conflictos y transitaron sin mayor rispidez hasta que ella decidió independizarse y juntarse con el chico que sería posteriormente su esposo.

A pesar de ya no vivir juntas la relación continuaba cercana, ya fuera con las visitas regulares o las diarias llamadas telefónicas.

Un día las cosas empezaron a cambiar.

–Mami, no te veo bien. Te voy a llevar al médico.

–Mami, ¿Cómo amaneciste? ¿Te tomaste tus pastillas?

Lenta pero inexorablemente se empezó a dar la “matermorfosis”.

La hija se convirtió en madre de su madre. Y su madre se convirtió en hija de su hija.

Ella se acordó del relato de Kafka y cada día fue sintiéndose más cercana a la experiencia de transformarse.

Cuidaba de su Mamá como si fuera su bebé.

Finalmente la convenció para que se fuera a vivir a su casa y la madre –a regañadientes–, terminó por mudarse con sus recuerdos, sus memorias físicas, sus retratos, la cobijita para sus piernas, sus babuchas, en fin todo lo que le quedaba de una vida de buena esposa y buena madre.

Ambas transitaron hacia la “matermorfosis” y ahora que su mamá había partido a la otra dimensión, ella se sentó en la mecedora que tanto le gustaba a su mamá.

Tomó el libro de Franz Kafka y se dispuso a re-leerlo, no sin antes cubrirse sus piernas con la cobijita que tanto atesoraba su mamá.

Se le antojó descalzarse.

Jaló las babuchas afelpadas de su madre metiendo los pies para abrigarlos.

La vieja gatita que siempre ronroneaba a los pies de la mecedora, se acomodó, ahora junto a sus pies. Se notaba que extrañaba también a su anterior ama.

Comenzó a leer el libro nuevamente y pensó para sus adentros:

“Ya no falta mucho para que mi hija y yo transitemos hacia la “matermorfosis

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