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La venganza

NOTA: Este cuento continúa la saga de Pasiones Mullidas también publicado en este blog.

Estaba muy molesto. Se enteró de la vida de su hermano “Rey” a partir de la publicación del libro que fuera presentado al principio del mismo mes de diciembre. Aunque había sido en la FIL de Guadalajara y “Junior” vivía en un hotel de Oaxaca, las noticias habían llegado hasta él.

Se acordaba vagamente de su hermano. Habían nacido el mismo día en dos diferentes líneas de producción en la fábrica de colchones. Estuvieron apilados por unas horas en la bodega y después se distanciaron de por vida.

Pero la sangre llama. Aunque la relación filial fuese muy fugaz, existía un sentimiento solidario por su hermano y su azarosa vida, eso sin contar el duelo natural al enterarse de la trágica muerte de “Rey”.

Dicen que no hay coincidencias en la vida y precisamente esa noche llegó a la habitación 111 el escritor que había narrado la biografía de su hermano.

Al reconocerlo, Junior sentía que la sangre le hervía. El escritor tuvo el descaro de dejarle sobre su superficie un par de libros donde venía precisamente la biografía de su hermano “Rey”. El autor se puso un rompevientos y salió a merendar.

Esa hora sirvió para que Junior tramara la venganza.

Cuando el escritor regresó a la habitación. Junior ya tenía perfectamente organizada su estrategia. Esperó pacientemente a que el individuo se aseara y lavara los dientes. Ya desnudo se metió entre las sábanas y tomó un libro para leer.

Ahí comenzó la tortura.

El escritor no encontraba postura cómoda para disfrutar de su lectura. La débil iluminación de la habitación complicaba el asunto. Finalmente el sujeto se dio por vencido. Dejó el libro, apagó la luz y se arrellanó en la cama disponiéndose a dormir.

La venganza fue sutil.

La rigidez del colchón fue el primer signo para hacerle insoportable la noche. Los resortes empezaron a hacer de las suyas al provocarle  una sistemática molestia en todo el cuerpo del agotado  escritor que por cierto, había manejado desde la Ciudad de México hasta Oaxaca –por más de seis horas–, a través de una sinuosa carretera en medio de precipicios envueltos por densa niebla.

Los músculos del escritor recibían punzantes golpes en forma aleatoria, de tal suerte que no había parte del cuerpo que no empezara a sentir dolor e incomodidades extremas. La nuca, el cuello, los hombros hasta las plantas de los pies fueron sometidos a la cruel venganza.

Todavía no amanecía cuando el escritor, fastidiado, se levantó de la cama hecho un guiñapo. Se duchó y al regresar para vestirse, se quedó contemplando el colchón que lo había martirizado toda la noche.

Nunca se imaginó que ése era el comienzo de su pesadilla. Agotado, reinició su periplo hacia el Istmo de Tehuantepec. La carretera hizo el resto.

La venganza estaba consumada.

La prima de Rey, una colchoneta que padecía anorexia –escasamente mullida instalada en una camilla–,  acogió al  cuerpo inconsciente del escritor cuando lo subieron a la ambulancia.

A lo lejos se escuchó la voz del comandante de la policía de caminos que reportaba:

–El accidentado seguramente se durmió por fatiga o cansancio, supervivencia de pronóstico reservado.

 

 

 

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