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La partida

La celebración de todos santos o “Día de muertos” en México se ha revitalizado en los años recientes. La euforia por rescatar los altares de muertos, ir a los panteones así como las recientes innovaciones de las exposiciones en la vía pública de cráneos decorados, personas desfilando vestidas de calaveras por el Paseo de la reforma y en las alamedas o plazas y las infaltables “Catrinas” con sus originales atuendos que fueron inmortalizados por el grabador artista y periodista José Guadalupe Posada.

En la reciente película de Lady Gaga, “Nace una Estrella” la letra de una de las canciones: “Maybe its time” (quizás es tiempo) d se menciona:
Nobody knows what waits for the dead
Nobody knows what waits for the dead
Some folks just believe in the things they’ve heard and the things they read
Nobody knows what awaits for the dead

Nadie sabe que le espera a los muertos.  Nadie sabe que le espera a los muertos. Algunos “cuates” solo creen en aquellas cosas que han escuchado y de lo que han leído.  Nadie sabe que le espera a los muertos

Lo que nos remite a que en muchas de las películas ha sido representada visualmente la agonía. La muestran como un tunel oscuro con una intensa luz blanca en el fondo y un vertiginoso movimiento hacia la luz.

Estoy casi seguro que es una representación muy cercana a la realidad ya que yo la he experimentado tres veces en mi vida.

La primera de ellas cuando estuve internado más de quince días y tendría escasamente cinco años. Es un recuerdo lejano y mi madre me dice que en efecto estuve a punto de morir.

La segunda fue a los trece años a raíz de un choque anafiláctico.

Estaba de excursión con mi padre en la selva Lacandona. De tantas picaduras de moscos empecéa tener algo más que una intensa comezón y ví como me inflamaba todo mi cuerpo, mis dedos y manos parecían como los guantes de latex inflados ya que su hinchazón me impedía moverlos. Se me fueron cerrando los párpados de losojos por la hinchazón, mi respiración se dificultaba y me quedé inconsciente. Sin embargo, recuerdo haber visto ésas imágenes del tunel y sentí que flotaba. Iba a una velocidad impresionante. Me acercaba a la luz resplandeciente mientras que e me venían imágenes de distintos episodios de mi vida. En és aro de luz intenso percibía unas siluetas difusas como de personas que supongo me esperaban. Una especie de recepción. Es una sensación de extremada paz, tranquilidad y placer. Es un viaje sumamente grato.

La tercera ocasión fue después de un paro respiratorio durante una cirugía de garganta (uvolotomía). Me regresaron del tunel y estaban los médicos alrededor de mi seguramente haciendo las maniobras de reanimación. Ellos no quisieron decirme de ése episodio pero yo lo asociaba por su similitud con mis experiencias anteriores y después, platicando con un buen amigo, el Dr. Sergio Graham me explicó que seguramente era eso porque es una cirugía que compromete fácilmente al sistema respiratorio

La partida o la agonía es un proceso que suena a algo demasiado fuerte y que nos aterra a la mayoría. Los que hemos tenido cerca de nosotros el presenciar la agonía de una persona querida sabemos que es un momento muy dramático que nos deja huella para toda la vida y más aún, cuando las asociamos a nuestras propias experiencias como las que mencioné.

Creo que presenciar la agonía de quienes amas es áun más fuerte que la tuya propia.

La primera vez que viví esa experiencia fue con mi abuela materna. Quizás tendría un poco más de los dieciocho años. Ella había estado en terapia intensiva y la bajaron a su habitación, inconsciente y entubada. Su respiración por la boca impactaba con su sonido y ver que las mucosas se le resecaban con los equipos de respiración asistida.

Aunque todo mundo dice que cuando la persona está en coma no se da cuenta, comprobé que era falso. El sentido del oído es muy poderoso y se mantiene alerta. Me quedé solo con ella sentado junto a su cama por espacio de un tiempo razonable. Le tomé su mano y acariciándosela le dije que si me ella podía escucharme por favor me respondiera con un leve movimiento de uno de sus dedos.

Le pregunté: “¿Hay una razón por la que no te quieres ir?” Noté que intentaba abrir sus ojos ya que levemente se movieron sus cejas pero por la debilidad que tenía no pudo hacerlo.

Nuevamente le hablé: “¿Me escuchas?”

Y quedé maravilado cuando con su dedo meñique sentí el movimiento de afirmativo sobre la palma de mi mano.

–¿Estás esperando a despedirte de tu hijo?—y me volvió a mostrar el movimiento.

Le dije que venía de los Estados Unidos, que su vuelo llegaba a las 23 hrs. Y que calculaba estaría con ella a las 24 hrs.

Le agaradecí lo maravillosa que había sido conmigo manifestándole que la amaba.

Me respondió con un leve movimiento de sus dedos como si fuese una despedida.

Mi tío llegó a las 12 de la noche y en menos de cinco minutos mi abuela tuvo un estertor final y falleció. Lo había esperado para despedirse de él.

La otra ocasión fue la partida de mi madre.

Ella estaba en su recámara en fase terminal. Le puse un dvd de música clásica que le encantaba. La tarde empezaba a dar paso a la noche. La enfermera que nos ayudaba en aplicarle su quimioterapia había ido a una visita de rutina y aunque la encontró muy bien, habíamos notado que tenía unos movimientos involuntarios en una de sus piernas. Le llamé a su médico y me indicó que si continuaban esas leves convulsiones le diera cierto medicamento. Mi mamá empezó a mostrarse muy inquieta –nerviosa, agitada—, la cuidadora y la enfermera me dijeron en voz baja que posiblemente ya era su partida.

De pronto me paralicé sin saber qué hacer. Mi amigo Arturo se colocó junto a ella, pasó el brazo alrededor de su espalda y empezó a hablarle con una ternura infinita pidiéndole que se relajara.

Poco a poco ella empezó a entrar en un sopor como si se estuviera arrullando. De súbito hizo un ronquido profundo.

Arturo nos miró asintiendo con la cabeza.

Me acerqué a ella y traté de sentir su pulso. Era tanto mi nerviosismo que yo mismo me engañaba diciendo que estaba viva. Me hicieron ver que era mi propio pulso lo que yo sentía. Fue hasta que le pusieron un espejo y al ver queel vidrio no se empañaba me convencí que ella ya se había ido.

Nadie sabe qu le espera a los muertos pero gracias a nuestra ancestral cultura y forma festiva de celebrarlos hacemos que la partida sea menos lúgubre.

Nuestra partida de este plano o dimensión puede aligerarse si la vemos como una oportunidad de transitarla con gratitud por lo vivido e ilusión por lo que posiblemente estamos iniciando con nuestra propia muerte.

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