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La hoguera deja cenizas

Cuando me subí al auto, esa tarde gris en la funeraria, coloqué a mi madre en el asiento del copiloto, le dije: “Hoy no te abroches el cinturón”
Observé su urna y pensé: “¿Cómo puede haber tanto amor, tantos recuerdos y tantas caricias en esa pequeña cajita?”
La vida nos lleva aceleradamente a confundirnos y posiblemente descuidamos lo fundamental que es vivirla. Y cuando damos la vuelta, nos detenemos para mirarla, descubrimos que de la apasionada hoguera sólo quedan rescoldos, cenizas.
A un año de su partida que no es muerte, la recuerdo sin derramar lágrimas. De algo estoy seguro, yo no me dejé atropellar por la velocidad de la vida y a mi madre le dediqué además de tiempo, un gran caudal de mis emociones.
Cuando inviertes en avivar el fuego interno de las personas que amas, quieres o respetas, lo único que puedes obtener es ése cálido sentimiento que una hoguera bien controlada te puede dar: amor.

Para muchos, después de una noche de fuego, la chimenea sólo les puede dejar cenizas.

Para mi no.


Las noches de intenso frío que he tenido la oportunidad de estar junto a una hoguera, o las fantásticas veladas en que mi padre nos sentaba junto a la chimenea a escuchar música clásica con sus narraciones fabulosas, e inclusive en las románticas veladas que se disfrutan con el chirriar de los troncos y los sorbos de vino rojo, la hoguera me ha dado físicamente calor pero emocionalmente gratificado con algo invaluable que posee la mente: los recuerdos.

Juan Okie G.

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