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La energía se regresa (primera parte)

De niño le tenía pavor a los perros. Aún así, llegó a mi casa un pequeño perro mestizo: Typsie. Le aprendí a querer. Luego a mi hermana le regalaron un gatitio rubio y le pusimos de nombre Beethoven que finalmente terminó llamándose Beto.  En la colonia donde vivíamos formamos una increíble pandilla, la mayoría del grupo éramos de edades similares y no existían distingos entre niños y niñas. Todos jugábamos y hacíamos deportes, funciones de teatro, filmábamos películas, etc.Esa mañana de sábado jugábamos encantados en el terreno al lado de mi casa. De pronto se detuvo el auto de un vecino, bajó su vidrio y me hizo señas paa que me acercara.

Su mirada nunca la olvidaré. Era de sadismo infinito.

Me dijo: “Busca a tu gato…por fín ya me va a dejar dormir”.

Sentí escalofrío y nos dimos a la búsqueda de Beto hasta encontrarlo cerca de la barranca muerto de un balazo.

Decirle a mi Padre éste desagradabe episodio hubiera desatado una guerra entre vecinos y yo ya conocía lo atrabancado que era mi Papá.Enterramos a Beto y parecía tener fin la historia.

Pero pasaron los días. El mencionado vecino lo sorprendimos trepado en una escalera entre los árboles que daban a su terraza. Estaba tomando los nidos de los gorriones con polluelos y los vaciaba aventándolos al piso de la banqueta y el césped. Una vez que el malvado vecino se había retirado, sigilosamente fuimos a rescatar a algunos de los moribundos pajaritos. Los que estábamos presentes sentíamos impotencia.

Otro día jugábamos con las avalanchas en nuestras empinadas calles. Un perrito callejero osó pasar frente a la casa del vecino. El hombre salió a su terraza con una pistola y le disparó. Con tan mal tino que le impactó la bala al perro en el muslo. El pobre animal gemía de dolor, aúllaba y giraba desesperado alejándose del lugar.

Un 27 de noviembre apareció mi perrito Typsie muerto. Yacía a la entrada de mi casa. Había sido arrollado por un auto. El perrito solía sentarse en la entrada de los autos por lo que fácilmente pudo haber sido alcanzado por el conductor. La colonia era demasiado tranquila como para atropellar a un perro.

Yo estaba inconsolable.

Pasaron meses, quizás un par de años. El vecino se había inscrito en un club hípico y se compró un caballo. Solía pasear por las barrancas de la tercera sección del bosque de Chapultepec. Junto al panteón civil de dolores. Un buen día salió a pasear temprano en la mañana. Al mediodía el caballo sin jinete regresó al club hípico. Después de tres días de búsqueda encontraron el cadáver del vecino en el fondo de una barranca. Con muestras evidentes de que el caballo no solo lo había tirado al suelo sino que le había estado dando de patadas hasta matarlo.

Era la época en que yo había dejado de ser niño y estaba en la transición hacia la adolescencia.  En mi mente quedó muy evidente que la energía negativa siempre se regresa.

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