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La amargada

Cuando hacíamos trabajos escolares en equipo solíamos juntarnos en alguna de nuestras casas. En esa ocasión tocó en casa de Jorge. Su madre era española. Nos recibió con su estentórea voz y nos sirvió una espléndida comida. Al terminar subimos a la planta alta para trabajar en el cuarto de mi compañero que estaba al fondo.

Al pasar por la puerta de una de las habitaciones pregunté:

–¿Y aquí quién duerme?

A lo que Jorge respondió: ¡Ay! Mi hermana la amargada. Tiene un genio terrible, ésa pobre nunca se va a casar. Trabaja en un banco. Afortunadamente descansaré de ella dos meses porque se va de vacaciones a Europa.                  Al dar un rápido vistazo de su habitación vi que justo donde estaba el espejo y un buró, cerca de la puerta tenía una estatua de San Antonio.

Hicimos la tarea y ya de regreso íbamos por el corredor en fila india, yo en la retaguardia. Pasé junto a la habitación y sin que me vieran, me metí rápidamente al cuarto, tomé al San Antonio y lo puse de cabeza recargándolo en el espejo y me salí.

Nadie lo notó.

Al bajar la señora tenía ya recogida su cocina, le agradecí sus atenciones depidiéndonos. La felicité por su rapidez en limpiar la cocina y me dijo que la había dejado “rechinando de limpio” explicándome que la loza cuando está bien lavada, le pasas un dedo y debe rechinar. Yo en esa época trabajaba medio tiempo en la agencia de publicidad y me tocaba hacer los anuncios de Axión.

Pasaron dos meses cuando me acordé del incidente y le pregunté a Jorge:

–¿Y tu hermana ya regresó?

Sorprendido me dijo sonriendo y me dijo:

¿No te conté lo que pasó el día que fueron a hacer el trabajo en mi casa?

–No–, respondí con curiosidad.

“Esa noche mi hermana regresó de trabajar y empezó a dar tremendos gritos en su recámara. Mi madre corrió de inmediato para ver qué pasaba y yo luego llegué a su cuarto.  Estaban hincadas, lloraban abrazadas y rezaban.

Mi madre me dijo que había sucedido un milagro.

¿Qué pasó les pregunte? Y me explicaron que una figura de San Antonio se había puesto de cabeza”.

Tragué saliva, tratando de no delatarme.

Jorge continuó con su relato:

–Pues nada que mi hermana se fue a Europa y estando en la Isla de Capri, una tarde gris del fin de verano entró a una tienda de ésas que venden cristal de Murano y que lucía vacía. Sólo estaba el joven dueño de la tienda. Un muchacho italiano bastante simpático y guapo. Platicó con mi hermana. ¿Y qué crees? ¡Ya se van a casar! San Antonio nos hizo el milagro. Van a vivir seis meses en Murano y seis meses en Toluca ya que en esos sitios vacacionales de Italia suelen cerrar en la temporada invernal.

–Bueno–, repuse sintiéndome bastante confuso y dudando si confesaba mi delito o no. Cuando Jorge me ahorró la confesión y dijo: ¡San Antonio me libró de la amargada! Así que ahora le soy muy devoto.

 

 

 

Seguiremos con las travesuras de San Antonio.

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