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El funeral de las muñecas

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Manuelita aún no cumplía los siete años y los viernes nunca iba a la escuela.

Su abuelo la trepaba en el caballo. Desde muy temprano acondicionaba su silla de montar con una almohada y manta. Se la llevaba a recorrer sus tierras para revisar las cosechas. Luego iban a cobrar lo que había comerciakizado. Realizaba las tareas de un hombre de campo modestamente rico que había logrado labrarse un porvenir para él y su familia.

Manuelita tenía fascinación por su abuelo y las escapadas del día viernes eran siempre esperadas.

En su travesía lo acompañaban dos perros, uno grande –que a veces lo confundían con gran danés– por su tamaño y que era el preferido del abuelo. Se llamaba “Firpo” y era un animal bien entendido que parecía comprender instintivamente los deseos del amo hasta con solo ver su mirada.

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La niña ya arregladita para la escuela, llevaba su cabellera de bucles dorados amarrada con listones de colores pastel. Su vestido rematado de olanes, sus calzones de tipo “bloomers” terminados en encajes blancos hacían juego con sus calcetas y zapatillas de charol blanco. Parecía una muñeca de tan bonita. Abría sus ojos azules azorada al ver la disputa entre su abuela, su madre y el abuelo consentidor. Enfurecidas la madre y la abuela refunfuñaban protestando que la estaba convirtiendo en una “marota”.

–¡La estás echando a perder!–, reclamaba furiosa la abuela.

Y con una voz más taimada, la madre de Manuelita remataba: ¡Va a perder el año escolar!

El abuelo imponía su voluntad, acolchonaba con la manta el lugar donde iría sentadita la niña, para que no se lastimara con el trote del hermoso caballo alazán.

Feliz, la pequeña se sujetaba de la cabeza de la silla con sus manitas, aunque en realidad no necesitaba asirse a nada porque el brazo protector de su abuelo la llevaba bien abrazada.

–¿Abuelito, me vas a convidar de los duraznos en la huerta?—le preguntaba con su vocecita sabiendo que –a ella–, su abuelo no le negaba nada y se saldría con la suya.

Para media mañana, su vestido lucía lamparones de mugre. Ya fuera por los jugosos duraznos o los jitomates arrancados de la mata cuyos líquidos se habían escurrido hasta salpicarla o quizás se ensuciaba con el zacate donde se sentaban a tomar el fresco debajo de un frondoso árbol. Ella retozaba con los perros.

El abuelo se echaba una siesta tan reparadora que la niña –ya cansada– se quedaba también bien dormidita junto a él y solo Firpo permanecía atento, vigilante para que nadie se acercara.

Ya en una ocasión habían tenido un altercado peligroso. Todo por culpa de los amoríos del tío Juan, hijo del abuelo. El tío Juan era muchacho por demás atravesado, pendenciero y dedicado a andar enamorando a las muchachas del pueblo. Era tan cínico que en una ocasión se dio un gran altercado. Resulta que un padre enfurecido fue a sorprender al abuelo para reclamarle lo de su hijo Juan. El muy mujeriego había enamorado a su hija, lo tuvo y luego el sinvergüenza no le cumplía. Fue en un descampado del campo donde lo encontró. El enfurecido padre apuntó al abuelo reclamándole que su hijo Juan había deshonrado a su hija. Con la escopeta bien encañonada en cualquier momento mataría al abuelo junto con la niña que iba sentada justo enfrente del abuelo. Si no hubiera sido por Firpo, quizás el desenlace hubiera sido fatal. El enorme animal saltó prendiendo al agresor con tal ferocidad que lo obligó a soltar el rifle. Al caer del caballo, su bota quedó atorada a uno de los estribos. El caballo reparó desbocándose y se llevó arrastrando al que por un momento hubiera cegado la vida del abuelo y su nietecita.

Así transcurrían los días viernes cuando se llevaba a la nieta de “pinta”. Era siempre una aventura de la cual regresaban todos mugrosos con su habitual alegría. Ya cuando iba pardeando la tarde, entraban a la casa solariega por un gran portón. En el patio del casería había una especie de glorieta con unos “pollos” o bancas de concreto que rodeaban unos árboles de granada y era donde a esa hora las mujeres de la casa se sentaba a bordar. Hacían punto de cruz, crochet o deshilados.

Cruzando el patio había un amplio corredor con arcadas de columnas de cantera y de ellas colgaban una infinidad de jaulas con aves cantoras que hacían un verdadero concierto de trinos como si fuera concurso de canto entre las aves.

A Manuelita, el abuelo le compraba las más bellas muñecas del pueblo y ella las atesoraba colcándolas encima de un baúl de blancos.

La niña elegía algunas de sus muñecas para sacarlas al patio y jugar ya fuera a la comidita, a imaginarse que estaban en recreo o en un festival escolar. Nunca jugaba a ser maestra ni a darle clases a las muñecas porque eso, de la estudiada, no se le daba a Manuelita.

Una noche, el abuelo terminó de merendar como habitualmente lo hacía, pidió permiso para retirarse y se sentó en su cama, Cerró los ojos, suspiró y dejó de respirar.

Esa noche, a la niña se la llevaron al cuarto de una de sus tías y no la dejaron salir mientras duró la velación todo el día siguiente. Acompañada en la recámara por una de sus primas, se preguntaban lo que estaría sucediendo y querían saber la razón que había venido a cambiar su rutina diaria.

Ya en la mañana del otro día partió el cortejo funebre. Se les advirtió a las niñas que debían quedarse en casa.Manuelita no encontraba la razón del por qué no iban a ir con todos los dolientes y acompañar al abuelo que se había quedado dormido dentro de una caja de madera. Ella pensaba que podía despertarlo sabiendo que su vocecita era lo más adorado que le gustaba escuchar al viejo. A unos cuantos minutos que el cortejo se había alejado, Manuelita convenció a la prima de que se fueran corriendo por los campos hasta alcanzarlos en el cementerio. Desgarrándose la ropa con los abrojos, rasguñándose las piernas, salpicando lodo y tierra llegaron al panteón y sudorosas se treparon en un montículo, escondidas y ocultas de las miradas de los dolientes, vieron cómo la tierra se tragaba el cajón entre sollozos, rezos y lágrimas de los adultos.

 

Menuda fue la regañada cuando regresaron a casa.

A Manuelita se le asignó otra recámara y pasaba las noches en vela. Extrañaba a su abuelo y entre sus sollozos ella decía que sentía que: “ya se iba a morir”.

Ése viernes tuvo que reanudar el ir a la escuela. En la primaria, sólo le interesaba participar en los bailables y festivales. Para ella sacarse cero en matemáticas o lenguaje era cosa común y no le afectaba gran cosa.

Al sábado siguiente de la muerte del abuelo, la niña no pudo contener su desesperación y salió muy temprano de su recámara. Corrió hacia el ropero donde se guardaban las cajas de cartón grandes que eran las que venían con las botas de hombre. Tomó una caja, metió dos muñecas y se fue a enterrarlas cerca del gallinero por donde estaba la cerca que daba a la huerta. Escarbó la tierra lo suficiente para que cupiera la caja de cartón con las dos muñecas y echándole tierra encima, la aplanó. Luego puso unas ramitas de flores de geranio encima de la tumba. Como se había ensuciado sus zapatos nuevos, se los quitó aventándolos al corral donde estaba la gallinaza. Ya descalza regresó a la casa. A media mañana la sorprendieron que andaba descalza y le interrogaron preguntándole por sus nuevos zapatos. Ella solo se concretó en decir que como le apretaban mucho no se los había puesto esa mañana y que seguramente los zapatos “se fueron a pasear”.Transcurrió una semana hasta que muy de mañana y de forma misteriosa se fue acompañada por los grandes perros hacia la tumba de las muñecas. Escarbó hasta desenterrar la caja y justo en el momento en que la destapaba fue sorprendida por su mamá y su abuela.

–¿Qué haces aquí niña? –preguntó la abuela.

Sorprendida Manuelita respondió: “Vine a ver a mis muñecas. Las enterré porque quiero ver qué es lo que pasa después de un funeral”

Y sin darles mayor importancia, giró y cargó a una de las muñecas que estaba medio sucia de tierra, la sacudió. Con una inocente sonrisa se volteó a ver a su abuela y le dijo: “¡Ay! Entonces mi abuelito está muy bien en su caja, un poco sucio, pero contento.” La madre y la abuela asintieron con gran pena y se la llevaron a que desayunara.

Manuelita quedó mucho más tranquila después del funeral de las muñecas sabiendo que cuando uno se mete a dormir en una caja, lo único que pasa es que te ensucias con un poco de tierra y duermes en paz.

 

 Basé esta historia en la narración oral de Manuela Elizabeth. Forma parte de una compilación que estoy trabajando de “Narrativa oral: Todos contamos historias”.

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