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El enterrador

La vida en el pueblo era tan rutinaria como las campanadas que daba el reloj de la iglesia.
Ismael había crecido rodeado de féretros, candelabros y olor a parafina. El aroma de los muertos era más adulzado y semejante al perfume que despiden las varitas de nardo. Desde que su padre había fallecido, Ismael era el único enterrador en Santa María del Jaguey. Se había encargado del negocio por inercia. Para él no existía otro horizonte laboral que la sepultura de quienes morían en su pueblo y rancherías aledañas. El camposanto había sido el lugar donde de niño jugaba. Aprendió a leer repasando los nombres, fechas y epitafios grabados sobre mármoles y granitos de las tumbas. Las letras R,I,P se repetían con frecuencia. Ya de adolescente descubrió que eran abreviaciones en latín para “descanse en paz”.
El muchacho frisaba los veinticuatro años, delgado, con una cabellera azul negra como el plumaje de los cuervos. Aunque de facciones angulosas, su piel blanca contrastaba con sus ojos azabache y unas ojeras permanentes que hacían de su mirada una triste expresión de abandono. Por respeto a clientes y dolientes, siempre vestía pantalón negro y chaquetín obscuro, sólo una camisa blanca raída del cuello contrastaba en su atuendo. Sus botines siempre terminaban polvosos por la faena de remover la tierra de las sepulturas.
Casi no salía a la calle a menos que fueran menesteres de su profesión. Ir a casa del difunto, amortajarlo adecuadamente y montarlo en su carroza fúnebre jalada por dos jamelgos: la Tórtola y Estrellita. Ya en su establecimiento, procedía al desangrado del muerto y en algunos casos, les acomodaba las tripas cuando hubiesen muerto por arma blanca. Rara vez los embalsamaba. Era laborioso y caro, casi nadie podía pagar un trabajo tan fino. Eso sí, después de ponerles las prendas que las familias disponían como las últimas que usaría el finado, les acomodaba el rostro para que se viesen lo más tranquilo posible y en el caso de las mujeres, les pasaba el carmín en labios y mejillas. Con una dulzura inusitada maquillaba a las damas. A todos sus muertos les metía en las narinas y orificios de los oídos, unas torundas de algodón impregnadas de una fórmula heredada por su Padre. Así retrasaba la descomposición interna y la velación podía resistir la llegada de los parientes que venían de lejos. Normalmente la velación era de un día de duración. Le daba tiempo de cavar la tumba y tener todo listo para el funeral. El personalmente se encargaba del enterramiento.
Cuando doblaban las campanas al vuelo, le traía a su memoria la alegría que reinaba en su casa. Era motivo de fiesta porque habría dinero para pagar deudas y comprar carne y que su madre –también fallecida—preparase un buen estofado
En los días en que no había muerto que atender, Ismael se sentaba junto a la ventana de su modesta funeraria. Abría de par en par los tablones de madera que servían de persianas y observaba a través del vidrio a los parroquianos que iban y venían por esa calle que era la principal.
Invariablemente todos los días pasaba la bella Angélica. Iba a la misa de doce y regresaba por la misma acera pasada la una menos cuarto. Llevaba misal, rosario y velo en mano. Siempre de vestido largo, ceñido a su delicada cintura con telas estampadas con motivos de flores en sutiles colores.
Era hermosa, parecía una muñequita de porcelana con un cutis rozagante, fresco, sin polvo o cosmético que le ocultara la delicada piel. Sus labios carnosos de un rojo casi violáceo mantenían una tímida sonrisa que emana alegría y bondad.
Si en el camino se le acercaba algún pordiosero, detenía su paso, abría un pequeño monedero y con sus delgadas manos entregaba un par de monedas. Cuando el clima le exigía mayor abrigo, usaba un chal tejido a mano con estambres gris y rosa.

Ismael no faltaba a la cita. Desde media hora antes, su corazón palpitaba de emoción por el fugaz encuentro. Ella habría de pasar y voltear hacia el ventanal.
Ismael pensaba que ella lo miraba, aunque viéndolo desde la calle, el luminoso reflejo del vidrio servía de espejo para que Angélica se detuviera y ajustara algún detalle en su vestimenta o se acomodase el cabello que caía en dorados rizos sobre sus hombros.

—¡Me ha mirado! – pensaba el joven Ismael, mientras Angélica continuaba su camino hacia el templo.
—¿ Y si un día de estos salgo a saludarla? De seguro le interesaría hacerme conversación y hasta podría yo acompañarla a misa.
Sin embargo, la extremada timidez de Ismael lo frenaba manteniéndolo siempre junto al alfeizar, pasivamente observando.
De que pasaban otras mujeres, pasaban. Algunas igual o más jóvenes que Angélica, pero a él no le provocaban la misma sensación que esta mujer que caminaba como si flotara, con un garbo fuera de lo común.
En cuanto la noche se acercaba, Ismael recobraba energía del letargo cotidiano, salía hacia el camposanto para cerrar el portón y darle un último vistazo a las tumbas. Recorría todo el panteón a través de las calzadas flanqueadas por enormes cipreses. Las noches de luna le emocionaban. Las tumbas lucían bellísimas con esa luz blanca intensa que se tornaba en azul cuando la niebla despuntaba. Al final del cementerio había una suave colina que descendía donde pasaba el río. Bordeando su cauce unos enormes sauces llorones dejaban caer sus ramas cuyas delgadas hojas acariciaban la superficie del agua, dejando mágicas rayas en el espejo de plata.
—¡Tan pronto pueda, he de terminar de pagar mi lote en esta parte del cementerio!- pensaba Ismael — así estaré separado de las ánimas de los otros difuntos.

El muchacho se las había ingeniado para averiguar el nombre de ella, sus gustos, el ambiente familiar en el que se desenvolvía y el tipo de amistades que la frecuentaban. En una libreta escribía la fecha, la hora precisa y la frase que se repetía: “Angélica me miró y con su sonrisa refrendó el amor que por mi tiene.”
En las fiestas de carnaval las calles se saturaban de parroquianos que en alegres y bulliciosos grupos celebraban las “carnes tolendas”. Angélica no faltaba con su grupo de amigas, todas de la misma edad. Si el sol era intenso llevaban sombrillas y en la noche se hacían acompañar por farolas de papel que asemejaban acordeones verticales. Mientras duraba el jolgorio Ismael fantaseaba en la posibilidad de acercarse a ella portando una máscara y susurrarle tiernas palabras al oído.
Ensayaba una y otra vez las frases que habrían de detonar abiertamente el amor que existía entre ambos.
En las posadas se volvían a reunir los tumultos. Angélica llevaba un cirio que le iluminaba el rostro y para las fiestas patrias solía trenzarse el cabello con listones de los colores de la bandera. Pero en cualquiera de las ocasiones la rodeaban sus amigas y servían para resaltar la belleza de Angélica.
Para Ismael no tardaría mucho en que Angélica sería su prometida. Eso le constaba porque nunca había visto que hubiera algún muchacho que la cortejara.
Era lógico–pensaba Ismael, — suele sucederle a las mujeres más hermosas que se convierten en inaccesibles y pocos hombres tienen el atrevimiento de acercarse y entablar una conversación.
Estaba resuelto a pedir la mano de la bella doncella y garantizar a sus padres la solvencia de su negocio. Recordaba la trillada frase que solía usar su Padre: “En la funeraria, como en la casa del jabonero, el que no cae, resbala,” y aunque no fuera un negocio demasiado lucrativo, Ismael podría demostrar que era una actividad honesta donde invariablemente todos, tarde o temprano, tendrían que solicitar sus servicios.

Apenas comenzaba la canícula cuando se desató una feroz epidemia de disentería. Ismael parecía a no darse a basto de tanto difunto, especialmente niños y ancianos. Los niños ocupaban féretros tapizados de raso blanco. Como “angelitos” que eran, la gente gustaba de tomarles fotografías antes de que se cerraran los ataúdes.
El magnesio usado como flash para iluminar los retratos fotografiados con el daguerrotipo dejaba una nube de humo blanco que causaba escozor a los que lo respiraban. Esas noches se volvían infernales para Ismael que padecía de asma. Se le cerraba la traquea y comenzaba con un interminable silbido que le causaba angustia.
No dormía, tenía que pasar toda la velada sentado entre cojines y bebiendo con frecuencia la infusión de epazote de zorrillo. Esa hierba milagrosa que su Abuela le había enseñado como eficaz remedio para el asma y que la recolectarla entre las tumbas. La conocía tan bien que la sabía diferenciar de los otros epazotes silvestres.
También su abuela le había enseñado dónde encontrar el “zapatito de la virgen”, una planta que era útil para curar dipsomanías. Claro que se debía usar en la dosis adecuada y dependiendo mucho de si había sido un año seco o muy lluvioso. Más de cinco borrachos habían perecido por descuido de quien se las suministrase. Los que la libraban no volvían a beber en su vida. Y si por error les arrimaban algún trago, con sólo olerlo, se les desataba un vómito recurrente por varias horas.

Ismael sólo conversaba con dos personas: El médico y el párroco. El cura se entendía bien con él porque Ismael convencía a quienes solicitaban sus servicios de enterrador que era imprescindible contratar tanto misas de cuerpo presente como novenarios y si el presupuesto alcanzaba, las misas mensuales de rigor. Ahora bien, el funeral nunca estaba completo sin que el cura encabezara el cortejo y rociara de agua bendita al catafalco antes de que se lo tragara la tierra.
—Es por el bien del difunto— les decía Ismael, ya que sin esa última bendición, se corría el peligro de que el muerto no quedara en santo reposo y fuese utilizado por alguna persona de las que son dilectas a la brujería. Esta gente de oficio negro buscaba en las madrugadas alborotar a las ánimas y hasta les arrojaban prendas o fotografías para que las almas en pena hicieran el maligno trabajo. Así que con tales argumentos, Ismael y el cura hacían un mejor negocio.
El médico era otra cosa. Su conversación siempre era para alertar a Ismael de que se protegiera de los gérmenes cuando el cadáver portaba alguna infección contagiosa. En esos casos, el enterrador sellaba el ataúd y no permitía que permaneciese destapado durante el velorio.
A Ismael le asombraba el morbo de muchos de los dolientes. Esa compulsión de ver cómo quedó el muertito, destapar la caja y quedarse observándolo. Los comentarios que se repetían: “¡Qué tranquila quedó!” o el típico —¡Mira, se ve contento…ya está acompañando a Nuestro Señor!”
Cuando ya había amainado la epidemia y todo parecía que volvía a la normalidad, Ismael entró en un gran desasosiego. Angélica había dejado de ir a la misa de doce. Eso lo perturbó en demasía. No habían transcurrido tres días cuando se decidió por ir hasta donde ella habitaba. Para que no fuese observado por los siempre metiches parroquianos, tramó irse por las azoteas, cruzar por la alameda y volverse a trepar hasta la casa solariega de Angélica.
Y así lo hizo. No dejaron de ladrar los perros ante el intruso que ágilmente saltaba y se deslizaba entre tejados, y azoteas de mampostería. Era noche de luna nueva por lo que la obscuridad reinaba y el había guardado cuidado de vestirse todo de negro.
Al llegar a casa de Angélica descubrió que todas las habitaciones estaban cerradas y sólo el velador dormitaba junto al zaguán. Guardó silencio tratando de penetrar los muros de la casona. Procuró disminuir la frecuencia de su respiración como si con ése esfuerzo lograse escuchar con mayor fidelidad. Nada se escuchó.
Con las manos sudorosas y el corazón palpitándole, retornó a la funeraria. Ya en la madrugada, al filo de las cinco de la mañana, no pudo aguantarse más y fue a donde el Médico vivía y tenía su dispensario contiguo.
—¿Qué te sucede Ismael? ¿Pasaste mala noche?¿Te duele algo?-lo interrogó el galeno.
—No médico, estoy en perfecta forma– repuso el joven enterrador.
—¿Entonces, ¿ qué se te ofrece?
—Mire médico, a decir verdad, yo soy amigo de la señorita Angélica, la hija de Ángel Espinoza, el talabartero.
—Sí, los conozco bien. Bella muchacha tu amiga.
—Resulta que siempre la saludo cuando va a misa de doce, pero ya van para cuatro días que no pasa y eso me ha inquietado. Pasé a visitarla a su casa pero nadie me respondió.
—¡Ah, qué muchacho! ¿No te avisó que se ausentaron unos días porque se fueron a la capital? -repuso el médico con un dejo de displicencia.

Ismael pidió disculpas por haber sido inoportuno y se retiró a su oscura funeraria.
Pasaron dos días más y su corazón volvió a recobrar la alegría. Pasó junto a la ventana más radiante que nunca y con un nuevo atuendo, la hermosa Angélica.
Así se renovó el ritual de Ismael: Esperar cotidianamente el momento en que la amada pasara caminando junto a su ventana y retornara de misa con su alma reconfortada.

Si las miradas se cruzaban a través del vidrio, ambos guardaban un profundo silencio. Sólo las campanas de la iglesia servían de referencia y como si fueran vasos comunicantes, la emoción que recorría por sus venas, provocaba una exquisita sensación en Ismael.
Las campanas que doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste, era música para los oídos del lánguido enterrador.
Cortaba los tablones, usaba el berbiquí, ajustaba los féretros para luego tapizarlos por dentro con acolchados aparentes y barnizarlos por fuera. Luego ponía los herrajes y finalmente el Cristo doliente de metal dorado o plateado según combinara con el diseño.

No faltaban sus recorridos nocturnos por el panteón y a esperar a que llegara un familiar alarmado, solicitando sus servicios urgentes cuando hubiese fallecido alguno en la comunidad.

Pasarían algunas semanas cuando de pronto se volvió a notar la ausencia de Angélica.

No tardó ni un par de horas cuando llegó Ángel el talabartero con el rostro desencajado. Abrazó al muchacho sin poder contener el llanto. Un llanto desgarrador
—¡Mi hija, mi hermosa niña, ha muerto!
La noticia fue un balde de agua para Ismael.
Confuso, sin saber qué hacer, sentía que su cabeza le daba vueltas.
Respiró profundo y dándole palmadas al angustiado padre de su adorada Angélica le dijo: –Yo me encargo del funeral, usted busque la resignación en Cristo.

Ismael se esmeró en preparar el féretro más bello que se hubiese construido en Santa María. Adosó unos ángeles labrados en madera que tenía desde tiempos de su abuelo. Acojinó el interior con las mejores telas y se cercioró de que no le faltara nada para luego ir por el cadáver de la siempre deseada muchacha.
Sus ojos estaban desorbitados cuando llegó y la vio a ella, hermosamente acostada en su lecho de muerte. Pidió que lo dejasen a solas, según dijo, para amortajarla.
Al cerrarse las puertas de la habitación, se apresuró a acercarse, la observó con un detenimiento que jamás había mostrado por cadáver alguno. La tomó en sus brazos y con un sollozo apenas imperceptible, le besó su rostro, su cuello y finalmente sus labios.
Hubiera deseado no separarse un instante de ése frío y aún suave cuerpo.
No te alejes de mí—musitaba el muchacho.
Pronto estaré contigo.

La familia le había pedido que la amortajara en casa y así lo hizo. No se despegó del catafalco ni un instante. Veló junto con los demás dolientes, como si fuera uno más de la familia.
Encabezó el cortejo junto con el cura. Era de tanto impacto la noticia de la muerte de Angélica que materialmente el pueblo entero, observó como pasaba el cortejo, lento y rítmico por la calle principal.
Ismael se afanó en que la sepultura quedara en la colina que tanto anhelaba como última morada.
Los dolientes se fueron alejando y el permaneció de pie, observando la tumba, con la tierra fresca y un cerro de flores blancas que estaban amorosamente dispuestas.
En el crepúsculo, se retiró del panteón. En esta ocasión no cerró las rejas y con un caminar cansado, abatido por el dolor, retornó a la funeraria.

II.
Las doce sonaron en el reloj de la iglesia. El viento gemía entre las ramas de los cipreses, mientras que los sauces se agitaban violentamente dando latigazos al cauce del río. Con el reflejo de la luna, sus reflejos se veían como chispas plateadas en la superficie del agua.
Entre los cipreses apareció la delgada figura de Ismael. Se acercó a la tumba de Angélica y se avalanzó hacia la tierra, estrujándola, como si pudiera abrazarla con todo su cuerpo.
Se irguió y comenzó a remover la tierra.
Su corazón latía cada vez con más violencia, mientras escarbaba frenéticamente la sepultura. Las puertas de una capilla cercana se golpeaban con el viento y crujían sobre sus goznes con chirridos agudos y estridentes. Voló una lechuza blanca y se posó sobre una cruz que sobresalía entre las tumbas. La fuerza del viento erizaba el plumaje del ave nocturna.
Ismael estaba fuera de sí cuando golpeó el catafalco y el resto de la tierra lo escarbó con sus manos llegándose hasta sangrar las falanges. Una vez expuesto el ataúd, tomó un pico y empezó a golpear la madera.
Las negras nubes ocultaron el redondo y blanco disco de la luna. Comenzaba la tormenta con relámpagos que encendían más el blanco resplandor de las tumbas. Arreciaba la lluvia cuando por fin desprendió la tapa.
Un relámpago iluminó el pálido rostro de Angélica que comenzaba a humedecerse con la lluvia.
El enterrador se lanzó sobre el cuerpo, lo tomó con delicadeza inaudita y lo sustrajo de su caja. El vestido de encajes y tules se empezó a impregnar del lodo mientras él la conducía cargándola en brazos por las calzadas del cementerio.
Primero pasó por las tumbas más humildes y luego por las otras criptas o capillas más opulentas que estaban cercanas a las rejas de la entrada del camposanto. El cielo tronaba con un ruido sordo, grave y marcaba una tétrica sinfonía al ritmo de la lluvia que escurría entre los tejados y canaletas del desagüe.
El silbido del viento parecía un crispado lamento largo y desolador.
Así caminó Ismael con su amada inerte. Al atravesar el pueblo se escucharon lejanos ladridos de perros y algunas voces perdidas en el interior de las casas. Con la tormenta, nadie se asomaba por las ventanas e Ismael arreciaba el paso hasta llegar a la funeraria.
Después, un silencio; un silencio que llenaba la habitación donde la depositó con una ternura poco común.
Le acomodó su vestido. Tomó un trapo, le secó su rostro y manos. El amado le pasaba la mano por la frente con suaves caricias.
Musitaba palabras ininteligibles mientras que la duela del piso provocaba ecos de sus pasos que van y vienen trayendo los candelabros, cirios, floreros y un enorme Cristo con pedestal de plata.
El pálido enterrador empezó con su crisis de asma que parecían ahogarlo mientras las temblorosas manos se dedicaban a encender velas. Su respiración se tornó más fatigosa cuando el incienso del copal y mirra empezaron a exhalar sus nubes aromáticas. El joven empezó a tener estremecimientos involuntarios que anunciaban la cercana presencia de convulsiones. La oscuridad de la habitación se había desvanecido con las luces de los candelabros que parpadeaban produciendo extrañas sombras en paredes y techos. Angélica con su cuerpo inmóvil se veía temblorosa por el efecto de las candelas.
Ismael cayó convulsionándose sobre el cuerpo de ella.
—¡Por fin eres mía! —exclamó entre su agitada respiración asmática. Le tomó la cabeza acercándosela para darle un beso en sus labios desteñidos sin las reminiscencias rojo púrpura que tenía en vida para luego volverla a recostar. Con mucho cuidado depositó su hermosa cabeza sobre la mesa y cerrando los ojos intentó arrullarla amorosamente.
En una de sus convulsiones golpeó al candelabro cayendo éste sobre la duela cubierta de aserrín. El fuego se esparció con rapidez convirtiendo el lugar en una capilla ardiente.
Mientras caían las vigas ardiendo del techo que se derrumbaba y entre el chirrido del fuego abrazando a la madera, se escuchó a Ismael que lanzó un agudo grito.

Al día siguiente volvieron a doblar las campanas de Santa María. Nadie sabía si doblaban tristemente por Angélica, por Ismael o porque ya en el pueblo no había el enterrador que pudiera darle cristiana sepultura a habitante alguno.

Juan Okie G.

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