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Dinero

Yo escuchaba en casa la frase: “Los niños no deben andar jugando con dinero”, “O los niños no necesitan andar con dinero, lo que quieran que nos lo pidan y nosotros los adultos se los compramos”.

En mi caso mis papás no nos daban “domingos” ni “cuelgas”. Sin embargo, mis abuelos maternos nos daban dinero a escondidas y con ése dinero yo inicié mis primeros negocios. Vendía chocolates y chicles en una “tiendita” que instalé en mi propia casa y posteriormente con la pandilla de mi colonia instalamos un cine que redituaba jugosas ganancias haciendo sustentable la producción de nuestras “peliculitas”.

Pero los padres de nuestra generación no nos enseñaron a manejar el dinero. Lo que sí debo reconocer en el caso de mi papá es que desde la secundaria me hizo responsable de hacer los trámites administrativos de la escuela.

Me sorprende mucho –aún hoy en día–, ver papás que teniendo hijos ya en secundaria, preparatoria e inclusive en Universidad los tienen tan sobreprotegidos que les acompañan a ciertas actividades en las que normalmente los jóvenes deberían hacer ya ellos solos como el inscribirse, pagar colegiaturas, recoger sus boletas de calificaciones y otros trámites.

Cada mes, mi papá me daba el dinero para que yo fuese a pagar mi colegiatura. Era una responsabilidad bastante sencilla. Iba a la caja, entregaba el dinero y me daban un recibo sellado que en la tarde yo se lo entregaba a mi padre.

Nunca se me va a olvidar el día en que temprano llegué a la escuela con el dinero de la colegiatura, lo puse en mi escritorio y salí a jugar con la idea de que en el recreo aprovecharía para ir a pagar. Cuál sería mi sorpresa que al regresar a mi pupitre descubrí que había peridido el dinero. Me puse muy angustiado. Cuando mi padre pasó a recogerme a la salida de clases le confesé mi tribulación y él muy molesto me empezó a sermonear y reiteraba una frase continuamente:

“¿Tu crees que yo recojo el dinero en la calle?”

Al día siguiente me dio nuevamente el dinero para la colegiatura y me volvió a atosigar con la retahila de regaños hasta que bajé del auto e ingresé a la escuela y corriendo fui a pagar.

Esa misma tarde salí del portón de mi escuela y fui a la esquina donde generalmente llegaba mi padre en el auto. Era una de esas tardes que empiezan a nublarse y hay viento, polvo y hojarasca. A dos cuadras percibí que ya venía el auto de mi papá cuando de pronto se suelta un fuerte viento que arrastraba hojas de árbol, papeles y sorpresivamente entre todo eso venían rodando muchos billetes.

Mi padre desaceleró estacionando el auto.

Aproveché para recoger los billetes armando un considerable fajo. Recogí la mochila y sonriente trepé al auto. Le di su beso.

Él me miraba extrañado.

Yo muy ufano le entregué el dinero y le dije: ”Ya ves cómo si se puede recoger dinero en la calle”.

Excuso decirles como me fue ése y los demás días por mi irreverente ironía.

Los tiempos cambian pero en general veo en la sociedad mexicana una falta de atención por parte de los padres de inculcar hábitos en sus hijos como el ahorro, la economía y la administración del dinero.

Hay muchas familias que echan la casa por la ventana para cumplir los caprichos de los hijos y el exceso de regalos y consentimientos es sorprendente. Especialmente en esta temporad de fiestas.

Aunque alguno tengamos la suerte de recoger el dinero en la calle.

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