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Confía en las estrellas

Desde pequeño, mi Padre nos enseñó a mirar al firmamento y procuraba entrenarnos para que siempre supiéramos orientarnos, aún prescindiendo de brújula o mapa. Así fue como me acostumbré a que la brillante estrella que aparecía en el firmamento justo al anochecer, en el oeste, era venus.

En alguna ocasión nos llevó a a una huerta de naranjas cerca de Tamazunchale y cuya característica era que todos los árboles eran del mismo tamaño y estaban perfectamente alineados. La circundaba una carretera curva por lo que los sonidos de los camiones y autos te confundían. Sería inútil orientarte por el sonido. Ya oscura la noche solo quedaba mirar hacia las estrellas y confiar en ellas. Nuestra misión era llegar al auto donde mi papá estaría esperándonos. Costó trabajo pero lo logramos.
Nunca me imaginé lo útil que sería ésta experiencia unos años después cuando mi compañero de preparatoria me invitó a que fuésemos a estrenar su recién adquirido Volkswagen, de los llamados “vochitos”.

–¡Vámonos de viaje!, me dijo con entusiasmo!
Acordamos que exploráramos la península de Baja California pues era desértico y había una nueva carretera transpeninsular. Era un doble reto, descubrir una zona poco conocida y poner a prueba un auto que no tenía radiador ni requería de agua.

Esteban, mi amigo, era un chico recién llegado d una escuela militarizada norteamericana. Estricto, meticuloso y muy cuadrado al estilo militar.

Del viaje podría ampliarme muchísimo pero lo que importa en este relato es lo que nos sucedió en las alturas de las montañas, después de haber trepado por agrestes caminos de terracería desde Loreto con destino a una Misión jesuita olvidada: San Javier. Llegamos a la imponente Misión en ruinas justo al atardecer. Debíamos buscar la forma de llegar a Ciudad Constitución y el único camino disponible, si es que a eso se le puede llamar camino, era el lecho de un río seco y arenoso. Pronto la oscuridad de la noche nos devoró y el tanque marcaba la reserva. Angustiado, Esteban apagó el auto, sacó sus mapas, una linterna y con gran desesperación descubrimos que estábamos perdidos en el desierto y sin forma de comunicar nuestra existencia a cualquier persona que nos ayudara.

 

Después de la debacle, encontrándose mi amigo en un estado de angustia, le dije:
“Apaga todas las luces, y confía en las estrellas”
Ya sin linterna encendida ni los faros del auto pude ver claramente la bóveda celeste.. Con gran alegría vi a Venus y le dije donde quedaba el oeste. Sobre el cofre del auto giramos el mapa y trazamos la ruta deseando que llegáramos con el escaso combustible.
Cuando el auto iba materialmente tosiendo por falta de gasolina, nos detuvimos. A lo lejos se veían luces de algún poblado. Caminamos unos cientos de metros hasta encontrar una cancha de basketball de una escuela. Por el horario permanecía oscura. Estábamos rendidos y tensos por lo que decidimos acostamos a dormir sobre la plancha de cemento y esperar al amanecer para buscr ayuda .
Al abrir los ojos en el nuevo día un grupo de niños, escolares todos ellos, nos observaban con curiosidad.
Amodorrado, les pregunté dónde estábamos.
Respondieron al unísono: Ciudad constitución.

Estábamos a salvo. Reímos de felicidad. Y volví a recordar la frase de mi Padre: “Confía en las estrellas”.

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