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¿Cómo fabricar monstruos?

De pequeño estaba suscrito a varios “comics” y revistas en inglés. Supuéstamente para practicar el idioma. En uno de esos “comics” venía un anuncio que te vendían el paquete completo para criar “sea monkeys”, una especie de diminutos monstruos marinos.
También promovían un terrario con hormiguero.
Obvio, nunca lo pude tener porque solo enviaban los pedidos en los Estados Unidos y Canadá. Para México no estaban disponibles.
 
Todos imaginamos a los monstruos de acuerdo a los arquetipos que el cine y la TV nos han troquelado en nuestro imaginario.
Sin embargo, todos los días veo y me entero de los “monstruos” que han sido formados por sus propios padres. Ya sean niños, adolescente, jóvenes o maduros, los padres se quejan amargamente de sus hijos “monstruos”.
 
Mi amiga, Leticia Solís-Pontón, Doctora en psicología, psicoterapeuta y psicoanalista, promotora de la Parentalidad –que radica en París— y laboró en la Universidad de La Sorbona junto con el precursor de esta teoría: Serge Lebovici, siempre ha recalcado que a los hijo se les deben imponer límites y que cuando los Padres se rehusan a ponerles límites a los hijos, la vida –sabia y generosa–, se encarga de ponerles esos límites que son 4 únicamente:
1. La delegación de policía o la comisaría
2. El hospital
3. La cárcel
4. El cementerio.
 
He llegado a la conclusión de que para criar un buen monstruo en casa se necesita:
1. Concederle todos los caprichos que el potencial “monstruo” exija.
2. Festejarle todas sus majaderías y aplaudirlas con frases como: “son niños”, “están jóvenes”, “así son”, o peor aún: “los psicólogos dicen que no les des nalgadas”. Y argumentan que ellos no van a ser igual de estrictos que sus Padres lo fueron con ellos.
3. Permitir que tengan todo sin el mínimo esfuerzo.
4. Hacerse de la vista gorda ante el maltrato que hagan hacia otras personas, en especial a la sevidumbre y a los seres indefensos, mostrar la falta de educación o civismo para con los demás y que no se les llame la atención.
5. En resumen: No ponerles límites.
 
Esos individuos maltratadores y ofensivos crecen y se muestran poco a poco como “monstruos”.
Escarbando en el asunto indudablemente termino en el concepto creativo de Mary Schelley: Frankenstein. El moderno prometeo.
Ella lo publicó el 1 de marzo de 1818 como novela gótica. Sustenta su argumento narrativo en el desafío que hace la ciencia hacia la creación y destrucción de la vida, el reto que hacen los humanos hacia la divinidad. 1816 fue un año denominado –sin verano– debido a la erupción de el volcán Tambora que afectó el clima prolongando el invierno y la oscuridad.
Fue así como en un viaje a Suiza para visitar a Lord Byron, ella, su esposo y su médico personal John Polidori tuvieron una tertulia donde hablaron de fantasmas. Los amigos se retaron en escribir una historia de terror. El único que terminó su cuento fue Polidori. Pero ese evento detonó la imaginación de Mary y dos años después publicaba su aclamado Frankenstein.

frankestein

 
Pero, ¿Por qué hablo de Frankenstein si lo que hablábamos es de los hijos malcriados?
La razón es muy sencilla:
Para criar un monstruo se necesita de otro monstruo. El padre de Frankenstein era un científico deschabetado.
 
Para criar un hijo “monstruo” se necesita que el padre, la madre o ambos, inoculen el gen al pequeño. Una mala parentalidad termina generando ése tipo de hijos problemáticos. Por ello, para evitarlo o para corregir el gestante problema se necesita que el adulto asuma que es necesario tener una disciplina amorosa con sus hijos y una auto aceptación de sus propios errores como padre.
 
Digo “disciplina” porque el orden contribuye en la formación de la criatura y “amorosa” porque para educar la mejor fórmula es hacerlo con cariño, ternura, mostrar amor y argumentar claramente que las normas son importantes porque se quiere al hijo en todo lo que vale. Asimismo analizar sus fallas propias que como adulto se tienen, lo peor es el auto engaño.
 
Muchos de los actos “reptilianos” de los padres son a base de impulsos. Hoy sí, mañana no hay disciplina. Hoy te corrijo y mañana soy omiso. Esa inseguridad de conductas erráticas lleva al traste la formación del individuo. Es el mejor laboratorio para hacer de los hijos futuros machos (sean hombres o mujeres), alcohólicos, drogadictos, maltratador@s, etc.
 
Por eso, si deseamos evitar crear monstruos, empecemos por nosotros mismos. Apasigüemos a la tormentosa bestia que llevamos dentro porque habrá altísima probabilidad de que que terminemos teniendo en casa uno o varios ”Frankensteins”.

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