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¿Cómo detener un avión sin ser piloto?

Cuando inicias una empresa y eres demasiado joven te enfrentas a dos situaciones:

  1. Las personas piensan que no cuentas con la capacidad suficiente por falta de experiencia y
  2. Tus recursos son tan limitados que cualquier contingencia puede llevarte a la quiebra.

Sucede que habíamos contratado para uno de nuestros primeros clientes un anuncio en una de las revistas del entonces consorcio Publicaciones de Armas (Ahora Televisa) que se imprimían en Miami. Para ello se tenían que enviar las selecciones a color (negativos y prueba de rol) con la representante. La vendedora era una mujer muy agresiva, prepotente y después de firmar la orden de inserción, nos dijo:

“Si no me entregan los materiales a las 3 de la tarde en el mostrador de la línea aérea, yo abordo el avión, les publico la página en blanco y se las cobro.”

Eso significaba –en caso de incumplir–, la quiebra de nuestra empresa. Era un pedido de extremada urgencia por parte de nuestro cliente.

Con toda esa premura había conseguido que me elaboraran el material y a las 2:30 de la tarde estaba yo recibiendo el juego de negativos en la colonia Condesa. El trayecto al aeropuerto en hora pico auguraba una tensa lucha contra el tiempo.

Abordé mi pequeño auto, sorteando el tráfico, sudando frío, escurriéndome por donde pudiera y milagrosamente llegué a las 2:50 al área de ascenso-descenso de pasajeros en el aeropuerto. Contaba con escasos 10 minutos. Boté el auto sin llevarlo al estacionamiento, esperando que seguramente al salir la grúa ya se lo hubiese llevado.  Corrí por el eterno pasillo y llegué al mostrador para encontrarme que ya se encontraba vacío e registro de pasajeros. Sólo había un chico de la línea aérea revisando papeles.

Me acerqué:

–¿Perdone, el vuelo XXX? ¿La pasajera fulana de tal?—le dije con mi voz entrecortada.

Alzó su mirada, me observó y respondió: “Ya abordaron”

Sentí que me hundía y exclamé:

–¡Oh! No…no puede ser. Me citó a las 3 de la tarde y apenas los son. ¿Qué hago?

Era mi ruina. El costo de ése anuncio representaba la quiebra de nuestra incipiente agencia de publicidad. Me recargué sobre el mostrador con la vista nublada.

El jóven tomó su radioreceptor y digitó unos números sin mediar palabra alguna.

Le respondieron.

En su jerga técnica empezó a dar instrucciones.

Regresaban la aeronave a plataforma. Conectaban el tunel (gusano) donde abordan los pasajeros.

Me preguntó el nombre de la mujer. La buscó en el enlistado y localizó el asiento. Dio los datos por el radio y ordenó que se alistaran elementos de seguridad, fueran por la paajera y la bajaran.

Me indicó que lo acompañara.

Íbamos caminando velozmente hasta llegar a la puerta de abordaje.

En medio de gritos e improperios acercaron a la mujer escoltada por los agentes que desconocían el motivo. Ella gesticulaba y manoteaba. Al verme, se violentó más.

Extendí el sobre con el juego de negativos.

Se los entregué diciéndole: “Me dijiste que me esperabas a las 3”.

Tomó el sobre enmudecida y la escoltaron de regreso al avión. No entendía cómo lo había yo logrado.

Giré mi rostro hacia el diligente chico. Me sonrió.

–¡Muchas gracias!—le dije–¡Me salvaste! Pero, ¿por qué lo hiciste? Yo jamás me hubiera imaginado tener el poder de hacer regresar un avión a plataforma…

¿Por qué lo hiciste?

Volvió a sonreír y me respondió: “Te debía un favor”.

–¿A mí?–, Respondí sorprendido.

–¡Sí, a ti!…tu eres Juan Okie ¿No?

A lo cual asentí.

–Tu a los ocho años le tenías miedo a los perros. ¿O no?

–Sí, me daban pánico.

“Esa tarde era el cumpleaños de mi hermana y yo moría de ganas por romper las dos piñatas que había en el jardín, pero tenía que hacer mi trabajo final de la escuela que consistía en un dibujo con animales de la granja.”

Por más que trataba yo de entender no recordaba la situación a la que se refería.

El continúo su narración: Tu dibujabas muy bien y me propusiste hacer mi trabajo final porque no pensabas salir al jardín donde andaba mi perro. Así que me hiciste el favor, yo rompí las piñatas y saqué 10”.

–Realmente no me acuerdo,–le respondí.

–Te diré el nombre y color de mi perro. Seguramente lo recordarás: Se llamaba Chapopote y era negro.—concluyó.

Como un torbellino, se vinieron a mi mente las imágenes de esos momentos. El jardín, los colores de las piñatas, el perro brincando y ladrando, la sala, una mesa con lápices de color prismacolor, la cartulina y los trazos que fui haciendo.

Exclamé–¡Sí! ¿Eres el hermano de Elaine Reynoso?

Sonrío y me dijo: Así es, y no sabes cómo te agradecí tu ayuda. Te debía ése favor y te lo acabo de corresponder.

No cabe duda que en el camino de la vida siempre lo bueno se nos regresa.

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