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Cicatrices del corazón

“¡Se reparan cicatrices del corazón!” gritaba el pregonero mientras caminaba en un brumoso amanecer.
El empedrado brillaba color plata y sus pasos rebotaban con el eco de las paredes.
Del visillo de una ventana apenas cubierta con una cortina de tul casi transparente se asomó la joven muchacha.
Sus ojos anegados en lágrimas. Los cristalinos hilos escurrían por sus desnudos senos.
Estuvo tentada a pedir que le reparasen su corazón herido.
Su amante había quedado en pasar la noche junto a ella pero transcurrieron las horas, escuchó a la lechuza ahogar su reclamo nocturno, cantó el ave primavera al alba y su cama tendida de perfumadas sábanas estaba tan fría como su desolada alma.

“¡Se reparan cicatrices del corazón!” volvió a gritar el pregonero.
En ese momento, la delicada mujer se arropó con un chal y se salió a la calle.
Caminó sin rumbo y conforme el sol empezó a teñir los muros de dorados tonos, comprendió el sino fatídico de toda mujer: Entregarse a un hombre y prendarse de su corazón es empezar un camino desconocido donde lo único previsible es el conocer lo hondo que calan esas cicatrices.

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