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Chipote

¿Cuántas veces no nos caímos de niños?

¿Y qué pasaba?

Seguramente tu mamá, papá, abuelos o nana te sobaban mientras te calmaban y buscaban que dejaras de llorar.

¿Y luego que podía pasarte?

Te salía un chipote.

Al poco tiempo la inflamación desaparecía y tu regresabas a jugar, a hacer las travesuras de todos los días y olvidabas que habías tenido un chipote.

Un chipote es resultado de un golpe inesperado, de un accidente. Es fruto de un determinado estresor.

Existen innumerables chipotes que uno va teniendo a lo largo de la vida. Le podemos llamar: problemas, fracasos, desánimos, traiciones, engaños, pérdidas o duelos. Hay muchas palabras para denominar los “chipotes emocionales” de la vida.

Si hacemos una analogía con la experiencia de niños, encontramos que para sanar nuestros chipotes es fundamental contar con el acompañamiento de alguien. Alguien que te sobe mentalmente, que te escuche, que te entienda y que te hable bonito. Sí, hablar bonito es acariciar con las palabras, es en palabras del nahuatl: Apapachar.

El manejo de los duelos, pérdidas o heridas emocionales es más fácil si contamos con alguien que nos de ése acompañamiento.

Desgraciadamente a veces las personas que tenemos más cerca cuando les manifestamos la causa de nuestro chipote en lugar de darnos un bálsamo de palabras y de cobijamiento, nos empiezan a sermonear y a dar consejos de cómo hubiera estado mejor haber manejado el asunto.

El pasado ya no existe y de nada sirve querer prevenir algo que ya es acto consumado.

Lo que uno necesita para sanar los “chipotes emocionales” es la compañía de alguien, del “otro” que no necesariamente te hable pero que al menos sientas que está contigo y te comprende.

Yo, un día empecé a perder cabello y el típico fleco que cubría generalmente mi frente desapareció y descubrí que tenía un chipote en mi frente. Mis amistades –médicos internistas o dermatólogos–, me preguntaban que cómo me lo hice y la verdad yo no recordaba su origen. Llegué a la suposición que se había producido en un desafortunado accidente de auto donde posiblemente mi cabeza golpeó al volante. Fuera de ese recuerdo no existía otro significativo. Me sugirieron limar el hueso del craneo mediante una sencilla cirugía. Después de pensarlo decidí no hacerlo.

Prefiero portar orgullosamente mi chipote en la frente como un recordatorio de lo frágiles que somos y de la importancia de contar con buenos vínculos emocionales con los otros para que tengamos la capacidad de comprender y ayudar a paliar lo que sufren los que nos rodean.

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