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Adversidad

Todos nosotros, en las diferentes etapas de la vida enfrentamos situaciones de adversidad. Nuestra mente siempre busca olvidar esos episodios como si fuese una forma de bálsamo. Pero la lección se aprende, la huella o cicatriz queda.

Nuestra natural aversión hacia las situaciones adversas hace que la angustia y el estrés negativo nos perjudiquen poniéndonos en un estado de depresión. Sin embargo, cada organismo cuenta con una valiosa reserva para recuperar el equilibrio. A ésa capacidad de amortigüamiento se le ha denominado recientemente como resiliencia.
La palabra se acuña en la industria para describir los diferentes niveles que tienen los materiales para después de ser estresados recuperar su forma original. El mejor ejemplo que yo siempre expongo es el del hule espuma, el típico acojinamiento de sofas, almohadas y cojines. Cuando se oprime a este material, se le está estresando pero cuando dejamos de ejercer presión en el vemos como materialmente va recuperando su forma original.
Claro, todo depende del material del que esté hecho y la calidad del mismo.
Eso mismo pasa en nuestro organismo y en nuestra mente. Sufrimos la situación adversa, nos estresa, oprime, angustia y dependiendo de nuestra propia capacidad, podemos reponer la energía y recuperar nuestro equilibrio (homeostasis).

Un buen ejercicio de la memoria constituye tratar de recordar una situación adversa por la que hemos vivido y reflexionar en la forma como la enfrentamos y finalmente resumir en el resultado obtenido.

En la mayoría de los casos vamos a descubrir que el saldo no fue tan negativo como el oscuro panorama que percibíamos dentro de la tormenta y que después de todo logramos salir fortalecidos.

Recuerdo por ejemplo, cuando tendría quizás cinco años y estaba muy feliz de haber comprado mi libro de “El gato con botas”. Corrí emocionado para enseñárselo a mis abuelos que recién llegaban para comer en nuestra casa. Al entrar rápidamente a mi recámara pisé el tapete que se deslizó sobre el piso y me catapultó sobre la reja de la cama. Pero la cama tenía un barandal que durante las noches lo subían para evitar que me cayera dormido. Era la época en que uno transita de la cuna a la cama. Mi frente fue a dar precisamente al gancho donde sujetaban el barandal y me abrió luna escandalosa herida. Usualmente la piel del rostro sangra mucho.

Rápidamente me llevaron al consultorio de mi padre donde amorosamente hizo un surcido invisible. Ya recuperado, gozaba viendo las ilustraciones coloridas del gato con botas. Me sentía cobijado por la ternura de mis padres y abuelos. Tenia la sensación de estar seguro, de que aún ante la adversidad tenía yo la dicha de ser protegido.
Al observarme en el espejo, después de que me retiraron los puntos, pude descubrir que nuestra piel, nuestro cuerpo, hace siempre todo lo posible para recuperar el estado de equilibrio y eso contribuye a ayudarnos a enfrentar la adversidad.

 

 

Un día, un joven sentado junto al lecho de muerte de su Padre, éste último le balbuceó unas palabras:
“Perdóname mi hijo por haber sido tan duro contigo. Te confieso que fui demasiado enérgico…” y sus ojos se humedecieron de lágrimas.
El joven le respondió: “No papá, gracias por haber sido como fuiste, sin tu disciplina y amorosa energía no sería hoy lo que soy…lo que parecía adversidad se transformó en fortaleza”.

Así es la adversidad. Una serie de eventos terribles que nos aturden en la crisis pero que nos hacen más fuertes cuando logramos superarlos.

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